De cuántas maneras puede una cosa ser anterior a otra.
Pero quien entiende el principio en el sentido de comienzo no tiene otro recurso para no apartarse de la verdad que entender por el cielo y la tierra la materia del cielo y de la tierra, es decir, la de todas las criaturas inteligentes y corporales. Pues si entendiera la creación ya formada, tendrían derecho a preguntarle: Si Dios creó al principio, ¿qué hizo después? Y, no pudiendo encontrar nada después de la creación del universo, no sabría rebatir esta objeción: «¿Cómo creó Dios primero, si después ya no creó nada?»
Pero si sostiene que la materia fue creada primero en su falta de forma, para recibir luego la forma, deja de haber absurdo; con tal de que sepa distinguir bien la anterioridad de naturaleza, como la eternidad Divina que precede a todas las cosas; la anterioridad de tiempo y de elección, como la de la flor respecto del fruto, y la del fruto respecto de la flor; la anterioridad de origen, como la del sonido respecto del canto. Las dos anterioridades intermedias se conciben fácilmente; no sucede lo mismo con la primera y la última. Pues ¿hay visión más rara, conocimiento más difícil, Señor, que el de Tu eternidad inmutable, creadora de todo lo que cambia y, por tanto, anterior a todo lo que existe?
Pero quien entiende el principio en el sentido de comienzo no tiene otro recurso para no apartarse de la verdad que entender por el cielo y la tierra la materia del cielo y de la tierra, es decir, la de todas las criaturas inteligentes y corporales. Pues si entendiera la creación ya formada, tendrían derecho a preguntarle: Si Dios creó al principio, ¿qué hizo después? Y, no pudiendo encontrar nada después de la creación del universo, no sabría rebatir esta objeción: «¿Cómo creó Dios primero, si después ya no creó nada?»
Pero si sostiene que la materia fue creada primero en su falta de forma, para recibir luego la forma, deja de haber absurdo; con tal de que sepa distinguir bien la anterioridad de naturaleza, como la eternidad Divina que precede a todas las cosas; la anterioridad de tiempo y de elección, como la de la flor respecto del fruto, y la del fruto respecto de la flor; la anterioridad de origen, como la del sonido respecto del canto. Las dos anterioridades intermedias se conciben fácilmente; no sucede lo mismo con la primera y la última. Pues ¿hay visión más rara, conocimiento más difícil, Señor, que el de Tu eternidad inmutable, creadora de todo lo que cambia y, por tanto, anterior a todo lo que existe?
Y después, ¿dónde está el espíritu lo bastante perspicaz para discernir, sin gran esfuerzo, cuál es la prioridad del sonido sobre el canto? Prioridad real, pues el canto es un sonido formado, y un objeto puede carecer de forma, mientras que lo que no existe no puede recibirla. Tal es la prioridad de la materia sobre el objeto que se extrae de ella; prioridad no de acción, puesto que ella es más bien pasiva; no de tiempo, pues no comenzamos por sonidos desprovistos de forma melodiosa para desbastarlos luego y darles forma según el ritmo y la medida, como se trabaja el roble o la plata de los que se quiere obtener un cofre o un vaso. Estas últimas materias preceden, en efecto, en el tiempo, a las formas que se les dan; pero no sucede así con el canto. Oírlo es oír el sonido: este no resuena primero sin tener forma para recibir después la del canto. Todo lo que resuena pasa, y no queda nada que el arte pueda retomar y ordenar. Así, el canto fluye en el sonido, y el sonido es su materia, porque es el propio sonido el que se transforma en canto; y, como decía, la materia o el sonido precede a la forma o el canto, no como potencia productora, pues el sonido no es el compositor del canto, sino que depende del alma armoniosa que lo produce con ayuda de sus órganos. No tiene prioridad de tiempo, pues el canto y el sonido van juntos; ni prioridad de elección, pues el sonido no es preferible al canto, ya que el canto es un sonido revestido de encanto: solo tiene prioridad de origen, porque no es el canto el que recibe la forma para convertirse en sonido, sino el sonido para convertirse en canto.
Que comprenda quien pueda, por este ejemplo, que la materia primitiva fue creada primero y llamada cielo y tierra únicamente en cuanto origen del cielo y de la tierra; y que allí no hay precedencia de tiempo, porque se necesita la forma para desarrollar el tiempo: ahora bien, ella era informe, pero estaba ya ligada al tiempo. Y, sin embargo, aunque situada en el último grado del ser (pues la informidad está infinitamente por debajo de toda forma), es imposible hablar de ella sin atribuirle una prioridad temporal ficticia. Finalmente, ella misma está precedida por la eternidad del Creador, que la hace existir de la nada.