Dos órdenes de criaturas.
He considerado estas verdades, Dios mío, en la medida en que Tú me has concedido la gracia, en la medida en que me has incitado a llamar a la puerta, en la medida en que Te ha placido abrirme; y encuentro dos criaturas que hiciste fuera del tiempo, aunque ninguna de las dos sea coeterna Contigo: una tan perfecta que, en el gozo ininterrumpido de Tu contemplación, inaccesible a la impresión de la inconstancia, permanece sin cambiar, a pesar de su mutabilidad natural, y goza de Tu eternidad inmutable; y la otra tan informe que, carente del ser suficiente para acusar el movimiento o el reposo, no ofrece asidero alguno al dominio del tiempo. Pero no la dejaste en esa informidad, pues en el principio, antes de los días, formaste este cielo y esta tierra de los que hablo.
«Ahora bien, la tierra era invisible e informe, y las tinieblas cubrían el abismo». Con estas palabras se insinúa poco a poco, en las mentes que no pueden concebir la privación de forma sino como ausencia de ser, la noción de esa informidad, germen de otro cielo, de una tierra visible y ordenada, fuente de las aguas transparentes y de todas las maravillas que la tradición comprende en la obra de los días, porque las evoluciones de formas y movimientos, prescritas a su naturaleza, la someten a las vicisitudes del tiempo.
He considerado estas verdades, Dios mío, en la medida en que Tú me has concedido la gracia, en la medida en que me has incitado a llamar a la puerta, en la medida en que Te ha placido abrirme; y encuentro dos criaturas que hiciste fuera del tiempo, aunque ninguna de las dos sea coeterna Contigo: una tan perfecta que, en el gozo ininterrumpido de Tu contemplación, inaccesible a la impresión de la inconstancia, permanece sin cambiar, a pesar de su mutabilidad natural, y goza de Tu eternidad inmutable; y la otra tan informe que, carente del ser suficiente para acusar el movimiento o el reposo, no ofrece asidero alguno al dominio del tiempo. Pero no la dejaste en esa informidad, pues en el principio, antes de los días, formaste este cielo y esta tierra de los que hablo.
«Ahora bien, la tierra era invisible e informe, y las tinieblas cubrían el abismo». Con estas palabras se insinúa poco a poco, en las mentes que no pueden concebir la privación de forma sino como ausencia de ser, la noción de esa informidad, germen de otro cielo, de una tierra visible y ordenada, fuente de las aguas transparentes y de todas las maravillas que la tradición comprende en la obra de los días, porque las evoluciones de formas y movimientos, prescritas a su naturaleza, la someten a las vicisitudes del tiempo.