Criaturas espirituales; materia informe.
Cuando la voz de Tu Escritura habla así: «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra: y la tierra era invisible e informe, y las tinieblas cubrían la faz del abismo»; sin asignar ningún día a esta creación, pienso que por este cielo, cielo de nuestros cielos, debe entenderse el cielo espiritual donde la inteligencia no es sino una intuición que lo ve todo de una vez, «no en parte, ni en enigma, ni como en un espejo, sino con plena claridad, cara a cara», con una mirada invariable y fija; visión clara, sin sucesión, sin inestabilidad de tiempo; y el tiempo tampoco podría alcanzar esta tierra invisible e informe. Esto, luego aquello: tal es el alimento de la vicisitud; pero ¿puede haber cambio donde no hay forma? Por tanto, a mi parecer, de estas dos criaturas, producidas una en la perfección y la otra en la indigencia de forma —el cielo, por una parte, pero el cielo del cielo; la tierra, por otra, pero la tierra invisible e informe—, dice la Escritura, sin mencionar ningún día: «En el principio, Dios hizo el cielo y la tierra». Pues enseguida dice qué tierra. Y como refiere al segundo día «la creación del firmamento, que fue llamado cielo», insinúa la distinción de ese otro cielo nacido antes de los días.
I Cor., XIII, 12.
Cuando la voz de Tu Escritura habla así: «En el principio, Dios creó el cielo y la tierra: y la tierra era invisible e informe, y las tinieblas cubrían la faz del abismo»; sin asignar ningún día a esta creación, pienso que por este cielo, cielo de nuestros cielos, debe entenderse el cielo espiritual donde la inteligencia no es sino una intuición que lo ve todo de una vez, «no en parte, ni en enigma, ni como en un espejo, sino con plena claridad, cara a cara», con una mirada invariable y fija; visión clara, sin sucesión, sin inestabilidad de tiempo; y el tiempo tampoco podría alcanzar esta tierra invisible e informe. Esto, luego aquello: tal es el alimento de la vicisitud; pero ¿puede haber cambio donde no hay forma? Por tanto, a mi parecer, de estas dos criaturas, producidas una en la perfección y la otra en la indigencia de forma —el cielo, por una parte, pero el cielo del cielo; la tierra, por otra, pero la tierra invisible e informe—, dice la Escritura, sin mencionar ningún día: «En el principio, Dios hizo el cielo y la tierra». Pues enseguida dice qué tierra. Y como refiere al segundo día «la creación del firmamento, que fue llamado cielo», insinúa la distinción de ese otro cielo nacido antes de los días.
I Cor., XIII, 12.