De la unión con Dios.
Pero «Tu misericordia vale más que todas las vidas»; y toda mi vida no es más que una disipación; y Tu mano me reunió en mi Señor, hijo del hombre, mediador en Tu unidad y nosotros, multitud, multiplicidad y división, para que en Él aprehenda a Aquel que me aprehendió por medio de Él, y que, reuniendo mi ser disipado por el capricho de mis antiguos días, permanezca a la zaga de Tu unidad, sin recuerdo de lo que ya no existe, sin aspiración inquieta hacia lo que ha de venir y pasar, sino recogido «en la inmutabilidad siempre presente», y arrebatado por un atractivo sin distracción a la búsqueda de esa «palma que Tu voz me promete en la gloria», donde oiré el himno de Tus alabanzas, donde contemplaré Tu gozo sin porvenir y sin pasado.
Sal. XLII, 4.
Filip., III, 13, 14.
Ahora «mis años se consumen entre gemidos», y Tú, oh consuelo mío, oh Señor, oh Padre mío, eres eterno. Y yo me he convertido en presa de los tiempos, cuyo orden me es desconocido; y ellos me han dividido; y las tormentas de la vicisitud desgarran mis pensamientos, esas entrañas de mi alma, mientras no llegue el día en que, purificado de mis manchas y fundido en el fuego de Tu amor, me derrame por entero en Ti.
Sal. XXXI, 11.
Pero «Tu misericordia vale más que todas las vidas»; y toda mi vida no es más que una disipación; y Tu mano me reunió en mi Señor, hijo del hombre, mediador en Tu unidad y nosotros, multitud, multiplicidad y división, para que en Él aprehenda a Aquel que me aprehendió por medio de Él, y que, reuniendo mi ser disipado por el capricho de mis antiguos días, permanezca a la zaga de Tu unidad, sin recuerdo de lo que ya no existe, sin aspiración inquieta hacia lo que ha de venir y pasar, sino recogido «en la inmutabilidad siempre presente», y arrebatado por un atractivo sin distracción a la búsqueda de esa «palma que Tu voz me promete en la gloria», donde oiré el himno de Tus alabanzas, donde contemplaré Tu gozo sin porvenir y sin pasado.
Sal. XLII, 4.
Filip., III, 13, 14.
Ahora «mis años se consumen entre gemidos», y Tú, oh consuelo mío, oh Señor, oh Padre mío, eres eterno. Y yo me he convertido en presa de los tiempos, cuyo orden me es desconocido; y ellos me han dividido; y las tormentas de la vicisitud desgarran mis pensamientos, esas entrañas de mi alma, mientras no llegue el día en que, purificado de mis manchas y fundido en el fuego de Tu amor, me derrame por entero en Ti.
Sal. XXXI, 11.