Pide a Dios el conocimiento de este misterio.
Mi espíritu arde por conocer este profundo enigma. Te lo suplico, Señor, Dios mío, Padre mío bueno, Te lo suplico en nombre de Cristo, no cierres a mi deseo el acceso a una cuestión tan ordinaria y tan misteriosa. Déjame penetrar en sus repliegues; que la luz de Tu misericordia los ilumine, ¡Señor! ¿A quién dirigirme? ¿A quién confesar mi ignorancia más provechosamente que a Ti, oh Dios, que no desapruebas el ardiente celo que me impulsa al estudio de Tus Escrituras? Dame lo que amo. Porque amo, y Tú me has dado amar. Dame mi amor, oh Padre que «sabes dar a Tus hijos únicamente bienes verdaderos». Dame a conocer esta verdad que persigo. Es una puerta cerrada a todos mis esfuerzos, si Tú mismo no la abres.
Mateo, VII, 2.
Por Cristo, en nombre del Santo de los santos, Te lo suplico, que nadie me perturbe aquí. Creo, «y mi fe inspira mis palabras». Espero y no vivo sino con la esperanza de contemplar las delicias del Señor. «Y has hecho perecederos mis días, y pasan». ¿Y cómo? Lo ignoro. Y tenemos continuamente en la boca estas palabras: época y tiempo. ¿Cuánto tiempo le ha llevado este discurso, esta obra? ¡Hace cuánto tiempo que no he visto eso! Y esta sílaba larga dura el doble que esta breve. Hablamos así y así nos hablan todos los días; comprendemos y nos comprenden. Nada más claro y más usual; nada, al mismo tiempo, más oculto; nada, hasta ahora, más impenetrable.
Mi espíritu arde por conocer este profundo enigma. Te lo suplico, Señor, Dios mío, Padre mío bueno, Te lo suplico en nombre de Cristo, no cierres a mi deseo el acceso a una cuestión tan ordinaria y tan misteriosa. Déjame penetrar en sus repliegues; que la luz de Tu misericordia los ilumine, ¡Señor! ¿A quién dirigirme? ¿A quién confesar mi ignorancia más provechosamente que a Ti, oh Dios, que no desapruebas el ardiente celo que me impulsa al estudio de Tus Escrituras? Dame lo que amo. Porque amo, y Tú me has dado amar. Dame mi amor, oh Padre que «sabes dar a Tus hijos únicamente bienes verdaderos». Dame a conocer esta verdad que persigo. Es una puerta cerrada a todos mis esfuerzos, si Tú mismo no la abres.
Mateo, VII, 2.
Por Cristo, en nombre del Santo de los santos, Te lo suplico, que nadie me perturbe aquí. Creo, «y mi fe inspira mis palabras». Espero y no vivo sino con la esperanza de contemplar las delicias del Señor. «Y has hecho perecederos mis días, y pasan». ¿Y cómo? Lo ignoro. Y tenemos continuamente en la boca estas palabras: época y tiempo. ¿Cuánto tiempo le ha llevado este discurso, esta obra? ¡Hace cuánto tiempo que no he visto eso! Y esta sílaba larga dura el doble que esta breve. Hablamos así y así nos hablan todos los días; comprendemos y nos comprenden. Nada más claro y más usual; nada, al mismo tiempo, más oculto; nada, hasta ahora, más impenetrable.