Catolicismo

Confesiones, libro décimo, capítulo XIX

Cómo recupera la memoria un objeto olvidado.
Pero ¿qué digo? Si la memoria misma deja escapar el objeto, cuando, por ejemplo, lo hemos olvidado y lo buscamos para recordarlo, ¿dónde lo buscamos, sino en la memoria? ¿Nos presenta otro y lo rechazamos, y solo cuando aparece el objeto mismo de nuestra búsqueda decimos: Aquí está? Y, para ello, hay que reconocerlo; para reconocerlo, hay que recordarlo y, sin embargo, lo hemos olvidado. No está, pues, completamente perdido; es decir, buscamos lo que se nos escapa con ayuda de lo que nos queda. La memoria se siente privada de su carga habitual y, como dislocada por la ausencia de un miembro, reclama lo que le falta.
Así, si ante nuestros ojos o en nuestro pensamiento aparece un hombre conocido cuyo nombre se nos escapa, rechazamos todo nombre que no esté ligado a la idea de esa persona, hasta que por fin se presenta aquel que se ajusta naturalmente a esa imagen que conocemos. Pero ¿de dónde vuelve, sino de la memoria? Pues, si lo reconocemos por indicación de otra persona, es ella quien lo reproduce. Ese nombre, en efecto, no es un extraño que solicita nuestra confianza, sino un huésped que regresa y que se ofrece a nuestra búsqueda. De otro modo, ¿qué indicación podría despertar un recuerdo completamente borrado de nuestro espíritu? Por tanto, no es olvidar del todo una cosa recordar que la hemos olvidado; y no podríamos buscar un objeto perdido si no nos hubiera quedado algún recuerdo de él.

Fuente Saint Augustin, Confessions, trad. L. Moreau, Project Gutenberg #67320 — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice