Memoria de las afecciones del alma.
Que esto ocurra con respecto a las afecciones sensibles no tiene nada de extraño; el espíritu es una cosa y el cuerpo otra. Por eso, no me sorprende demasiado recordar con alegría un dolor que mi cuerpo ya no sufre. Pero que tal fenómeno se produzca con un sentimiento moral, eso es lo que me sorprende, pues la memoria no es otra cosa que el espíritu. Y, en efecto, si recomiendo a alguien que recuerde algo, le digo: Grábate bien en el espíritu, etc. Si me ocurre olvidar, ¿no diré acaso: No lo tenía presente..., se me pasó por la mente, etc..., dando a la memoria misma el nombre de espíritu?
Siendo así, ¿de dónde viene, pues, que cuando recuerdo con alegría mi tristeza pasada, la alegría está en mi espíritu y la tristeza en mi memoria; que el espíritu se regocija con esa alegría, sin que la memoria se entristezca por esa tristeza? ¿Es acaso la memoria independiente del espíritu? ¿Quién se atrevería a decirlo? ¿Sería como el estómago, y la alegría y la tristeza como alimentos dulces y amargos que pasan y permanecen en sus cavidades, pero desprovistos de sabor? Sería ridículo insistir más en esta comparación, que, sin embargo, no carece de verdad.
Ahora bien, cuando digo que el alma está agitada por cuatro pasiones, el deseo, la alegría, el temor y la tristeza, tomo de la memoria todos mis razonamientos sobre este tema, así como todas mis clasificaciones y definiciones según el género y la diferencia; y este recuerdo de las pasiones no me afecta con ninguna perturbación pasional. Y me habría sido imposible recordarlas si, no obstante, no hubieran estado presentes en el tesoro de donde las saco.
Que esto ocurra con respecto a las afecciones sensibles no tiene nada de extraño; el espíritu es una cosa y el cuerpo otra. Por eso, no me sorprende demasiado recordar con alegría un dolor que mi cuerpo ya no sufre. Pero que tal fenómeno se produzca con un sentimiento moral, eso es lo que me sorprende, pues la memoria no es otra cosa que el espíritu. Y, en efecto, si recomiendo a alguien que recuerde algo, le digo: Grábate bien en el espíritu, etc. Si me ocurre olvidar, ¿no diré acaso: No lo tenía presente..., se me pasó por la mente, etc..., dando a la memoria misma el nombre de espíritu?
Siendo así, ¿de dónde viene, pues, que cuando recuerdo con alegría mi tristeza pasada, la alegría está en mi espíritu y la tristeza en mi memoria; que el espíritu se regocija con esa alegría, sin que la memoria se entristezca por esa tristeza? ¿Es acaso la memoria independiente del espíritu? ¿Quién se atrevería a decirlo? ¿Sería como el estómago, y la alegría y la tristeza como alimentos dulces y amargos que pasan y permanecen en sus cavidades, pero desprovistos de sabor? Sería ridículo insistir más en esta comparación, que, sin embargo, no carece de verdad.
Ahora bien, cuando digo que el alma está agitada por cuatro pasiones, el deseo, la alegría, el temor y la tristeza, tomo de la memoria todos mis razonamientos sobre este tema, así como todas mis clasificaciones y definiciones según el género y la diferencia; y este recuerdo de las pasiones no me afecta con ninguna perturbación pasional. Y me habría sido imposible recordarlas si, no obstante, no hubieran estado presentes en el tesoro de donde las saco.
Pero ¿no sería la memoria la rumia del espíritu? ¿Por qué, entonces, el recuerdo de la alegría o de la tristeza no habría de tener amargura o dulzura en el paladar del pensamiento? ¿Es acaso esa diferencia lo que excluye toda semejanza? ¿Quién se resignaría, en efecto, a pronunciar esas palabras de tristeza y de temor, si cada vez que se hablara de ellas hubiera que entristecerse o temer? Y, sin embargo, nos sería imposible hablar de ellas si no encontráramos en nuestra memoria no solo la imagen que el sonido de esas palabras graba allí por medio de los sentidos, sino también las nociones de las realidades que entraron sin llamar a ninguna puerta carnal, y que se confiaron a la memoria por la fe en sentimientos anteriores, que a menudo ella misma conserva sin que se lo hayan encomendado.