Virtudes de santa Mónica.
Formada en la modestia y la sabiduría, más sometida por Ti a sus padres que por ellos a Ti, apenas llegada a la edad núbil, fue entregada a un hombre a quien sirvió como a su amo; celosa de ganárselo para Tu salvación, no empleaba otro lenguaje para demostrarle su virtud. Y Tú la embellecías con aquella belleza que le granjeó la admiración y el amor respetuoso de su marido. Soportó sus infidelidades con tanta paciencia que nunca se alzó entre ellos nube alguna por ese motivo. Esperaba que Tu misericordia le concediera, junto con la fe, la castidad. De carácter afectuoso, sabía que él era irritable y se encolerizaba con facilidad, y no oponía a sus arrebatos más que calma y silencio. En cuanto lo veía serenado y tranquilo, le explicaba oportunamente su conducta, si había sucedido que se hubiera dejado llevar demasiado ligeramente por su vehemencia.
Cuando varias mujeres de la ciudad, casadas con hombres más apacibles, llevaban en el rostro alguna huella de los malos tratos domésticos y, en la intimidad de la conversación, acusaban las costumbres de sus maridos, mi madre acusaba su lengua y les daba, con buen humor, este serio consejo: que desde el momento en que les habían leído el contrato de matrimonio, debieron considerarlo como el documento auténtico de su esclavitud, y que el recuerdo de su condición debía refrenar en ellas toda rebeldía contra sus amos. Y como aquellas mujeres, que conocían el carácter violento de Patricio, no podían dejar de asombrarse de que jamás se hubiera oído decir que él hubiese golpeado a su esposa o que su buena armonía hubiese sufrido un solo día de interrupción, le preguntaban cuál era el secreto de aquello, y ella les enseñaba el método de conducta del que acabo de hablar. Las que lo ponían en práctica tenían motivos para felicitarse; las que no le hacían caso permanecían en la servidumbre y la opresión.
Formada en la modestia y la sabiduría, más sometida por Ti a sus padres que por ellos a Ti, apenas llegada a la edad núbil, fue entregada a un hombre a quien sirvió como a su amo; celosa de ganárselo para Tu salvación, no empleaba otro lenguaje para demostrarle su virtud. Y Tú la embellecías con aquella belleza que le granjeó la admiración y el amor respetuoso de su marido. Soportó sus infidelidades con tanta paciencia que nunca se alzó entre ellos nube alguna por ese motivo. Esperaba que Tu misericordia le concediera, junto con la fe, la castidad. De carácter afectuoso, sabía que él era irritable y se encolerizaba con facilidad, y no oponía a sus arrebatos más que calma y silencio. En cuanto lo veía serenado y tranquilo, le explicaba oportunamente su conducta, si había sucedido que se hubiera dejado llevar demasiado ligeramente por su vehemencia.
Cuando varias mujeres de la ciudad, casadas con hombres más apacibles, llevaban en el rostro alguna huella de los malos tratos domésticos y, en la intimidad de la conversación, acusaban las costumbres de sus maridos, mi madre acusaba su lengua y les daba, con buen humor, este serio consejo: que desde el momento en que les habían leído el contrato de matrimonio, debieron considerarlo como el documento auténtico de su esclavitud, y que el recuerdo de su condición debía refrenar en ellas toda rebeldía contra sus amos. Y como aquellas mujeres, que conocían el carácter violento de Patricio, no podían dejar de asombrarse de que jamás se hubiera oído decir que él hubiese golpeado a su esposa o que su buena armonía hubiese sufrido un solo día de interrupción, le preguntaban cuál era el secreto de aquello, y ella les enseñaba el método de conducta del que acabo de hablar. Las que lo ponían en práctica tenían motivos para felicitarse; las que no le hacían caso permanecían en la servidumbre y la opresión.
Al principio, su suegra se había dejado prevenir contra ella por las insidiosas insinuaciones de unos esclavos; pero, desarmada por una paciencia infatigable, llena de dulzura y respeto, denunció ella misma a su hijo aquellas lenguas envenenadas que perturbaban la paz del hogar, y solicitó que las castigara. Él, accediendo a su deseo y velando por la unión y el orden domésticos, castigó a los culpables a gusto de su madre; y ella prometió igual recompensa a quien, por complacerla, hablara mal de su nuera. Esta lección desalentó la maledicencia, y desde entonces vivieron en el encanto de la más afectuosa benevolencia.
Tu fiel servidora, cuyo seno, gracias a Ti, me dio la vida, ¡oh Dios mío, mi misericordia!, había recibido también de Ti un don muy precioso. En medio de los desacuerdos y las animosidades, solo intervenía para pacificar. Confidente de aquellas palabras llenas de hiel y amargura, náuseas de invectivas con que la intemperancia del odio se desahoga contra la enemiga ausente en presencia de una amiga, no llevaba de una a otra más que las palabras que podían servir para reconciliarlas.
Esta virtud me parecería muy insignificante si una triste experiencia no me hubiera enseñado cuán infinito es el número de quienes, afectados por no sé qué contagiosa epidemia de pecados, no se contentan con referir al enemigo irritado las palabras del enemigo irritado, sino que añaden otras que este no ha dicho; cuando, por el contrario, el espíritu de humanidad no debe contentarse con abstenerse de esos malignos chismes que excitan y envenenan el odio, sino que ha de procurar extinguirlo con palabras bondadosas, como hacía ella, dócil discípula del Maestro interior. Finalmente, logró ganarse a su marido para Ti al final de su vida temporal, y el creyente ya no le dio los mismos motivos de aflicción que el infiel.
Tu fiel servidora, cuyo seno, gracias a Ti, me dio la vida, ¡oh Dios mío, mi misericordia!, había recibido también de Ti un don muy precioso. En medio de los desacuerdos y las animosidades, solo intervenía para pacificar. Confidente de aquellas palabras llenas de hiel y amargura, náuseas de invectivas con que la intemperancia del odio se desahoga contra la enemiga ausente en presencia de una amiga, no llevaba de una a otra más que las palabras que podían servir para reconciliarlas.
Esta virtud me parecería muy insignificante si una triste experiencia no me hubiera enseñado cuán infinito es el número de quienes, afectados por no sé qué contagiosa epidemia de pecados, no se contentan con referir al enemigo irritado las palabras del enemigo irritado, sino que añaden otras que este no ha dicho; cuando, por el contrario, el espíritu de humanidad no debe contentarse con abstenerse de esos malignos chismes que excitan y envenenan el odio, sino que ha de procurar extinguirlo con palabras bondadosas, como hacía ella, dócil discípula del Maestro interior. Finalmente, logró ganarse a su marido para Ti al final de su vida temporal, y el creyente ya no le dio los mismos motivos de aflicción que el infiel.
Ella era también la sierva de Tus siervos. Todos aquellos de entre ellos que la conocían Te alababan, Te glorificaban, Te amaban en ella, porque sentían Tu presencia en su corazón, atestiguada por los frutos de su santa vida. «No había tenido más que un marido; había cumplido con sus padres su deuda de gratitud y había gobernado su familia con piedad; sus buenas obras daban testimonio de ella». A sus hijos, a quienes había criado, los daba a luz tantas veces como los veía alejarse de Ti. Finalmente, cuando todos nosotros, Tus siervos, Dios mío, pues Tu generosidad nos permite llamarnos así, vivíamos juntos antes de su último sueño en la unión de Tu amor y en la gracia de Tu bautismo, ella nos cuidaba como si todos hubiéramos sido sus hijos y nos servía como si cada uno de nosotros hubiera sido su padre.