Recibe el bautismo con su amigo Alipio y su hijo Adeodato. El genio de este niño. Su muerte.
Cuando llegó el momento de alistarme bajo Tus banderas, regresamos del campo a Milán. Alipio quiso renacer en Ti conmigo; ya había revestido la humildad necesaria para recibir Tus sacramentos; intrépido domador de su cuerpo, hasta pisar descalzo aquel suelo cubierto de hielo: ¡prodigio de austeridad! Asociamos con nosotros al niño Adeodato, hijo carnal de mi pecado, naturaleza a la que Tú habías colmado de dones. Apenas tenía quince años y superaba en genio a hombres de edad y ciencia avanzadas.
Son Tus dones los que proclamo, Señor, Dios mío, Creador de todas las cosas y poderoso Reformador de nuestras deformidades. Pues en aquel hijo mío no había más que pecado; y si fue educado en Tu temor, fuiste Tú quien me lo inspiró, nadie más. Sí, son Tus dones los que proclamo. Hay un libro escrito por mí, titulado «El maestro»; mi interlocutor es este niño, y las respuestas dadas bajo su nombre son, Tú lo sabes, Dios mío, sus pensamientos a los dieciséis años. Se me reveló mediante signos aún más admirables. Aquel genio me llenaba de temor. ¿Y quién, sino Tú, podría realizar obras maestras semejantes?
Pronto hiciste desaparecer su vida de esta tierra; y lo recuerdo con tranquilidad, pues nada de aquel ser, ni en su infancia ni en su primera juventud, me deja temer por él. Lo asociamos con nosotros como hermano en Tu gracia, para educarlo ante Tus ojos; y recibimos el bautismo, y el remordimiento inquieto de nuestra vida pasada se despidió de nosotros. Y en aquellos primeros días no me saciaba de contemplar con deleite las profundidades de Tu designio para la salvación del género humano. ¡Qué torrente de lágrimas hacían brotar de mi alma, violentamente conmovida, los suaves acentos de Tu Iglesia en aquellos himnos y cánticos celestiales! Entraban por mi oído y vertían Tu verdad en mi corazón; suscitaban en mí los más vivos impulsos de amor; y mis lágrimas corrían: ¡lágrimas saludables!
Cuando llegó el momento de alistarme bajo Tus banderas, regresamos del campo a Milán. Alipio quiso renacer en Ti conmigo; ya había revestido la humildad necesaria para recibir Tus sacramentos; intrépido domador de su cuerpo, hasta pisar descalzo aquel suelo cubierto de hielo: ¡prodigio de austeridad! Asociamos con nosotros al niño Adeodato, hijo carnal de mi pecado, naturaleza a la que Tú habías colmado de dones. Apenas tenía quince años y superaba en genio a hombres de edad y ciencia avanzadas.
Son Tus dones los que proclamo, Señor, Dios mío, Creador de todas las cosas y poderoso Reformador de nuestras deformidades. Pues en aquel hijo mío no había más que pecado; y si fue educado en Tu temor, fuiste Tú quien me lo inspiró, nadie más. Sí, son Tus dones los que proclamo. Hay un libro escrito por mí, titulado «El maestro»; mi interlocutor es este niño, y las respuestas dadas bajo su nombre son, Tú lo sabes, Dios mío, sus pensamientos a los dieciséis años. Se me reveló mediante signos aún más admirables. Aquel genio me llenaba de temor. ¿Y quién, sino Tú, podría realizar obras maestras semejantes?
Pronto hiciste desaparecer su vida de esta tierra; y lo recuerdo con tranquilidad, pues nada de aquel ser, ni en su infancia ni en su primera juventud, me deja temer por él. Lo asociamos con nosotros como hermano en Tu gracia, para educarlo ante Tus ojos; y recibimos el bautismo, y el remordimiento inquieto de nuestra vida pasada se despidió de nosotros. Y en aquellos primeros días no me saciaba de contemplar con deleite las profundidades de Tu designio para la salvación del género humano. ¡Qué torrente de lágrimas hacían brotar de mi alma, violentamente conmovida, los suaves acentos de Tu Iglesia en aquellos himnos y cánticos celestiales! Entraban por mi oído y vertían Tu verdad en mi corazón; suscitaban en mí los más vivos impulsos de amor; y mis lágrimas corrían: ¡lágrimas saludables!