Renuncia a su profesión.
Y decidí en Tu presencia retirar con discreción y sin estrépito el ministerio de mi palabra del comercio del lenguaje vano; ya no quería que niños indiferentes a Tu fe y a Tu paz, que solo respiraban frenesí de mentira y guerras de foro, vinieran a tomar de mi boca las armas que ella vendía a su furor.
Y, afortunadamente, faltaban muy pocos días para las vacaciones de otoño, y decidí esperar con paciencia el momento de las vacaciones anuales para no volver a poner en venta a Tu esclavo redimido. Tal era mi propósito en Tu presencia y en presencia de mis únicos amigos. Y habíamos acordado no divulgarlo, aunque, al salir del valle de lágrimas y cantar el cántico de las gradas, Tú nos habías armado con «flechas agudas y carbones encendidos» contra la lengua pérfida que nos combate, se hace pasar por consejera y nos ama como al alimento que devora.
Sal., CXIX, 4.
Habías herido mi corazón con las flechas de Tu amor; y llevaba en mis entrañas Tus palabras, que las atravesaban; y los ejemplos de Tus siervos, a quienes de las tinieblas hiciste luz y de la muerte, vida, se alzaban como una ardiente hoguera para quemar y consumir en mí esa carga de languidez que me arrastraba al abismo; y estaba penetrado de un ardor tan vivo que todo viento de contradicción, soplado por la lengua astuta, avivaba mi llama en vez de apagarla.
Y decidí en Tu presencia retirar con discreción y sin estrépito el ministerio de mi palabra del comercio del lenguaje vano; ya no quería que niños indiferentes a Tu fe y a Tu paz, que solo respiraban frenesí de mentira y guerras de foro, vinieran a tomar de mi boca las armas que ella vendía a su furor.
Y, afortunadamente, faltaban muy pocos días para las vacaciones de otoño, y decidí esperar con paciencia el momento de las vacaciones anuales para no volver a poner en venta a Tu esclavo redimido. Tal era mi propósito en Tu presencia y en presencia de mis únicos amigos. Y habíamos acordado no divulgarlo, aunque, al salir del valle de lágrimas y cantar el cántico de las gradas, Tú nos habías armado con «flechas agudas y carbones encendidos» contra la lengua pérfida que nos combate, se hace pasar por consejera y nos ama como al alimento que devora.
Sal., CXIX, 4.
Habías herido mi corazón con las flechas de Tu amor; y llevaba en mis entrañas Tus palabras, que las atravesaban; y los ejemplos de Tus siervos, a quienes de las tinieblas hiciste luz y de la muerte, vida, se alzaban como una ardiente hoguera para quemar y consumir en mí esa carga de languidez que me arrastraba al abismo; y estaba penetrado de un ardor tan vivo que todo viento de contradicción, soplado por la lengua astuta, avivaba mi llama en vez de apagarla.
Pero, tratándose de la gloria de Tu nombre, que Tú has santificado por toda la tierra, y de conseguir aprobación para mi voto y mi resolución, habría parecido algo vanidoso no esperar la próxima llegada de las vacaciones y retirarme de repente de una profesión expuesta a la mirada pública, con el riesgo de que se dijera que me había adelantado al regreso, tan próximo, de los ocios del otoño solo para darme cierta importancia. ¿Y para qué exponer mis intenciones a las temerarias conjeturas, a las vanas habladurías, y atraer la blasfemia sobre una santa inspiración?
Y aquel mismo verano, el esfuerzo extremo de la enseñanza pública había afectado mi pecho; respiraba con dificultad, y unos dolores internos daban testimonio de la lesión del pulmón; se me negaba una voz clara y sostenida. Al principio me inquietó el temor de verme obligado por necesidad a sustraerme a aquel penoso ejercicio o a interrumpirlo hasta curarme o convalecer; pero cuando se alzó y echó raíces en mí la plena voluntad «de dedicarme a Ti solo, para contemplarte, ¡oh Dios mío!», Tú lo sabes, Señor, me alegré incluso de aquella sincera excusa, para moderar el disgusto de los padres que, pensando solo en su hijo, jamás me habrían permitido ser libre.
Sal., XLV, 11.
Lleno de esta alegría, esperaba con paciencia que transcurriera el tiempo que quedaba, quizá una veintena de días; y necesitaba constancia para aguardarlos, porque se había retirado la pasión que sostenía la mitad de mi carga; y habría quedado abrumado por ella si la paciencia no hubiera ocupado el lugar de la pasión. ¿Me acusará de pecado uno de Tus siervos, hermanos míos, por haber podido sentarme aún una hora en la cátedra de la mentira? No quiero justificarme. Pero Tú, Señor, el más misericordioso, ¿no me perdonaste ese pecado y no me lo borraste en el agua santa, junto con tantas otras horrendas y mortales manchas?
Y aquel mismo verano, el esfuerzo extremo de la enseñanza pública había afectado mi pecho; respiraba con dificultad, y unos dolores internos daban testimonio de la lesión del pulmón; se me negaba una voz clara y sostenida. Al principio me inquietó el temor de verme obligado por necesidad a sustraerme a aquel penoso ejercicio o a interrumpirlo hasta curarme o convalecer; pero cuando se alzó y echó raíces en mí la plena voluntad «de dedicarme a Ti solo, para contemplarte, ¡oh Dios mío!», Tú lo sabes, Señor, me alegré incluso de aquella sincera excusa, para moderar el disgusto de los padres que, pensando solo en su hijo, jamás me habrían permitido ser libre.
Sal., XLV, 11.
Lleno de esta alegría, esperaba con paciencia que transcurriera el tiempo que quedaba, quizá una veintena de días; y necesitaba constancia para aguardarlos, porque se había retirado la pasión que sostenía la mitad de mi carga; y habría quedado abrumado por ella si la paciencia no hubiera ocupado el lugar de la pasión. ¿Me acusará de pecado uno de Tus siervos, hermanos míos, por haber podido sentarme aún una hora en la cátedra de la mentira? No quiero justificarme. Pero Tú, Señor, el más misericordioso, ¿no me perdonaste ese pecado y no me lo borraste en el agua santa, junto con tantas otras horrendas y mortales manchas?