Acciones de gracias.
«¡Oh, Señor, soy Tu siervo; soy Tu siervo, y el hijo de Tu sierva. Tú has roto mis cadenas, te ofreceré un sacrificio de alabanza»! ¡Que mi corazón, que mi lengua Te alaben, y que todos mis huesos exclamen: «Señor, ¿quién es semejante a Ti?» Que hablen, y respóndeme; y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». ¿Quién era yo? ¿Y qué era yo? ¡Cuánto mal había en mis acciones; y, si no en mis acciones, en mis palabras; y, si no en mis palabras, en mi voluntad! Pero Tú, Señor de bondad y de misericordia, mediste con una mirada la profundidad de mi muerte, y sacaste del fondo de mi corazón un abismo de corrupción. ¡Y, sin embargo, solo se trataba de no querer mi voluntad y de querer la Tuya!
Sal., CXV, 16, 17.
Sal., XXXIV, 10, 3.
Pero ¿dónde estaba, pues, durante el transcurso de tantos años, y de qué recónditos y profundos pliegues fue evocado de pronto mi libre albedrío, «para inclinar mi cabeza bajo Tu amable yugo, y mis hombros bajo Tu ligera carga», ¡oh Cristo, oh Jesús, mi apoyo y mi redentor! ¡Qué súbitos deleites encontré al renunciar a los deleites de las vanidades! Me había dado miedo que me abandonaran, y dejarlas fue mi alegría. Pues Tú las expulsabas de mi interior, ¡oh verdadera, oh soberana dulzura! Tú las expulsabas, y en su lugar entrabas, más amable que todo deleite, pero no para la carne y la sangre; más resplandeciente que toda luz, pero más íntimo que todo secreto; más elevado que toda grandeza, pero no para quienes se ensalzan a sí mismos. Mi espíritu ya estaba libre de la acuciante preocupación por alcanzar honores y riquezas, por revolcarme en la impureza e irritar la lepra de mis excesos; y ya gorjeaba ante Tus ojos, ¡oh Luz mía, oh mi riqueza, oh mi salvación, Señor, Dios mío!
«¡Oh, Señor, soy Tu siervo; soy Tu siervo, y el hijo de Tu sierva. Tú has roto mis cadenas, te ofreceré un sacrificio de alabanza»! ¡Que mi corazón, que mi lengua Te alaben, y que todos mis huesos exclamen: «Señor, ¿quién es semejante a Ti?» Que hablen, y respóndeme; y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». ¿Quién era yo? ¿Y qué era yo? ¡Cuánto mal había en mis acciones; y, si no en mis acciones, en mis palabras; y, si no en mis palabras, en mi voluntad! Pero Tú, Señor de bondad y de misericordia, mediste con una mirada la profundidad de mi muerte, y sacaste del fondo de mi corazón un abismo de corrupción. ¡Y, sin embargo, solo se trataba de no querer mi voluntad y de querer la Tuya!
Sal., CXV, 16, 17.
Sal., XXXIV, 10, 3.
Pero ¿dónde estaba, pues, durante el transcurso de tantos años, y de qué recónditos y profundos pliegues fue evocado de pronto mi libre albedrío, «para inclinar mi cabeza bajo Tu amable yugo, y mis hombros bajo Tu ligera carga», ¡oh Cristo, oh Jesús, mi apoyo y mi redentor! ¡Qué súbitos deleites encontré al renunciar a los deleites de las vanidades! Me había dado miedo que me abandonaran, y dejarlas fue mi alegría. Pues Tú las expulsabas de mi interior, ¡oh verdadera, oh soberana dulzura! Tú las expulsabas, y en su lugar entrabas, más amable que todo deleite, pero no para la carne y la sangre; más resplandeciente que toda luz, pero más íntimo que todo secreto; más elevado que toda grandeza, pero no para quienes se ensalzan a sí mismos. Mi espíritu ya estaba libre de la acuciante preocupación por alcanzar honores y riquezas, por revolcarme en la impureza e irritar la lepra de mis excesos; y ya gorjeaba ante Tus ojos, ¡oh Luz mía, oh mi riqueza, oh mi salvación, Señor, Dios mío!