Aún ignoraba la Encarnación de Jesucristo.
Y buscaba el camino por el que se encuentra la fuerza para gozar de Ti, y no lo encontraba hasta que abracé al «Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre», Dios soberano, bendito por todos los siglos, que nos llama con estas palabras: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»; alimento demasiado fuerte para nuestra debilidad, pero que se une a nuestra carne. El Verbo se hizo carne, para que Tu sabiduría, por quien creaste todas las cosas, se convirtiera en la leche de nuestra infancia.
I Tim., II, 5.
Juan, XIV, 6.
Y yo no era humilde, para conocer a mi humilde maestro Jesucristo y las profundas enseñanzas de Su debilidad. Pues Tu Verbo, la verdad eterna, que se cierne infinitamente por encima de las cumbres más altas de Tu creación, eleva hacia Sí las cosas inferiores sometidas. En las regiones bajas se construyó, con nuestro barro, una humilde morada, para hacer caer de lo alto de sí mismos a aquellos a quienes quería abatir, a fin de conducirlos hacia Sí, curando el orgullo en provecho del amor. Quiso que la confianza que tenían en sí mismos dejara de extraviarlos, que se humillaran en su debilidad al ver a sus pies, débil bajo los harapos de nuestra túnica carnal, a la misma Divinidad, y que, cansados, al recostarse sobre Ella, Ella los levantara consigo al levantarse.
Y buscaba el camino por el que se encuentra la fuerza para gozar de Ti, y no lo encontraba hasta que abracé al «Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre», Dios soberano, bendito por todos los siglos, que nos llama con estas palabras: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»; alimento demasiado fuerte para nuestra debilidad, pero que se une a nuestra carne. El Verbo se hizo carne, para que Tu sabiduría, por quien creaste todas las cosas, se convirtiera en la leche de nuestra infancia.
I Tim., II, 5.
Juan, XIV, 6.
Y yo no era humilde, para conocer a mi humilde maestro Jesucristo y las profundas enseñanzas de Su debilidad. Pues Tu Verbo, la verdad eterna, que se cierne infinitamente por encima de las cumbres más altas de Tu creación, eleva hacia Sí las cosas inferiores sometidas. En las regiones bajas se construyó, con nuestro barro, una humilde morada, para hacer caer de lo alto de sí mismos a aquellos a quienes quería abatir, a fin de conducirlos hacia Sí, curando el orgullo en provecho del amor. Quiso que la confianza que tenían en sí mismos dejara de extraviarlos, que se humillaran en su debilidad al ver a sus pies, débil bajo los harapos de nuestra túnica carnal, a la misma Divinidad, y que, cansados, al recostarse sobre Ella, Ella los levantara consigo al levantarse.