Sus dudas sobre el origen del mal.
Y buscaba la fuente del mal, y la buscaba mal, y no advertía el mal de mi propia búsqueda, y hacía comparecer ante la mirada de mi espíritu la creación universal y todo lo visible en toda su extensión: la tierra, el mar, el aire, los astros, las plantas y los animales mortales; y todo lo invisible, como el firmamento, los ángeles y las sustancias espirituales; y mi imaginación distribuía esas mismas sustancias en diversos lugares, como si fueran seres corporales. Y hacía de Tu creación una gran masa que clasificaba por especies de cuerpos, reales o que mi error sustituía a los espíritus. Y me la representaba inmensa, no según su inmensidad real, que me era imposible alcanzar, sino según los límites que le asignaba únicamente mi imaginación. Y me la representaba, Señor, rodeada y penetrada por todas partes de Tu esencia; y me figuraba un mar sin fondo ni orillas, solitario en el infinito, que contuviera una esponja de inmensidad finita, toda llena del inmenso mar.
Así creía que Tus criaturas eran finitas, llenas de Tu infinitud, y me decía: Aquí está Dios, ahí están Sus criaturas, Dios bueno, infinitamente mejor que ellas, pero cuya bondad solo pudo hacerlas buenas, y así las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal, de dónde viene y por dónde se ha introducido? ¿Cuál es su raíz? ¿Cuál es su germen? Pero quizá no exista. ¿Por qué, entonces, lo tememos, por qué huimos de lo que no existe? Y si nuestro temor es vano, ese mismo temor es un mal; es un mal esa nada que acosa y atormenta nuestro corazón, un mal tanto más penoso cuanto que, con menos motivo para temer, nos entrega al temor. Así, pues, o tenemos el temor del mal, o tenemos el mal del temor.
Y buscaba la fuente del mal, y la buscaba mal, y no advertía el mal de mi propia búsqueda, y hacía comparecer ante la mirada de mi espíritu la creación universal y todo lo visible en toda su extensión: la tierra, el mar, el aire, los astros, las plantas y los animales mortales; y todo lo invisible, como el firmamento, los ángeles y las sustancias espirituales; y mi imaginación distribuía esas mismas sustancias en diversos lugares, como si fueran seres corporales. Y hacía de Tu creación una gran masa que clasificaba por especies de cuerpos, reales o que mi error sustituía a los espíritus. Y me la representaba inmensa, no según su inmensidad real, que me era imposible alcanzar, sino según los límites que le asignaba únicamente mi imaginación. Y me la representaba, Señor, rodeada y penetrada por todas partes de Tu esencia; y me figuraba un mar sin fondo ni orillas, solitario en el infinito, que contuviera una esponja de inmensidad finita, toda llena del inmenso mar.
Así creía que Tus criaturas eran finitas, llenas de Tu infinitud, y me decía: Aquí está Dios, ahí están Sus criaturas, Dios bueno, infinitamente mejor que ellas, pero cuya bondad solo pudo hacerlas buenas, y así las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal, de dónde viene y por dónde se ha introducido? ¿Cuál es su raíz? ¿Cuál es su germen? Pero quizá no exista. ¿Por qué, entonces, lo tememos, por qué huimos de lo que no existe? Y si nuestro temor es vano, ese mismo temor es un mal; es un mal esa nada que acosa y atormenta nuestro corazón, un mal tanto más penoso cuanto que, con menos motivo para temer, nos entrega al temor. Así, pues, o tenemos el temor del mal, o tenemos el mal del temor.
¿Y de dónde viene esto? Pues Dios, que es todo Bondad, no hizo nada que no fuera bueno. Supremo Bien, Sus criaturas, es cierto, no son sino participaciones disminuidas de Su Bondad; pero, sin embargo, el Creador y las criaturas, todo es bueno. ¿De dónde procede, pues, el mal? ¿Acaso de la materia que Él puso en obra? Tal vez encerraba, cuando Él le dio forma y orden, algún elemento malo, que dejó en ella sin convertirlo en bien. ¿Y por qué? ¿Acaso era impotente para convertir, para cambiar la esencia de esa materia, de modo que no quedara en ella ningún vestigio de mal, Él, que es Todopoderoso? ¿Por qué quiso sacar algo de semejante materia, y por qué, con esa omnipotencia, no la redujo más bien a la nada? ¿Podía, pues, existir contra Su voluntad? Y si era eterna, ¿por qué la dejó así durante espacios infinitos de tiempo transcurrido y se decidió tan tarde a hacer algo con ella? Y si le vino de pronto la voluntad de hacer, ¿por qué no hizo más bien que dejara de existir y que solo Él existiera, como el Bien verdadero, supremo e infinito? O, finalmente, si no estaba bien que la mano de Aquel que es todo Bondad permaneciera estéril de toda obra buena, ¿no debía disipar y reducir a la nada esa materia mala para instituir una buena, de la que hubiera creado todas las cosas? Porque no sería Todopoderoso si no pudiera hacer nada bueno sino con ayuda de esa materia que Él mismo no habría hecho.
Y he aquí todo lo que agitaba mi pobre corazón, henchido de todas las mordaces inquietudes que lo penetraban: el temor a la muerte y la tristeza de no haber encontrado la verdad. Y, sin embargo, llevaba arraigada en mi alma la fe de la Iglesia católica en Tu Cristo, nuestro Salvador y Maestro; y aunque todavía fuera, en muchos aspectos, informe y vacilante con respecto a la regla de la doctrina, se mantenía, no obstante, en mi espíritu, y cada día ocupaba en él más lugar.