Dios, al ser el bien supremo, es necesariamente incorruptible.
Yo hacía, pues, todos mis esfuerzos por descubrir lo demás, así como ya había descubierto que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, reconociéndoos así como incorruptible, fuerais quien fuerais. Pues ningún espíritu pudo ni podrá concebir jamás nada mejor que Vos, Bien supremo y soberano. Ahora bien, como es de evidencia cierta que lo incorruptible es preferible a lo corruptible, preferencia que entonces no me parecía dudosa, habría podido concebir algo mejor que mi Dios si Él no hubiera sido incorruptible.
Así, convencido de la superioridad de lo incorruptible sobre lo corruptible, debía buscaros en esa excelencia; por ella debía comprender de dónde procede el mal, es decir, la corrupción misma, que de ningún modo puede alcanzar vuestra sustancia, pues la corrupción no puede afectar a nuestro Dios, ni por Su voluntad, ni por necesidad, ni por un acontecimiento fortuito, porque Él es Dios, solo quiere el bien y es Él mismo el bien esencial, y corromperse ya no pertenece a la esencia del bien. Y nada os obliga a obrar contra vuestra voluntad, porque vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder; y, para que lo fuera, sería necesario que fuerais más grande que Vos mismo, pues la voluntad, el poder de Dios, es Dios mismo. ¿Y quién puede sorprenderos a Vos, que lo conocéis todo, si nada puede existir sin vuestro conocimiento? ¿Y hay que detenerse tanto a buscar por qué esta sustancia, que es Dios, es incorruptible, si, de no serlo, no sería Dios?
Yo hacía, pues, todos mis esfuerzos por descubrir lo demás, así como ya había descubierto que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, reconociéndoos así como incorruptible, fuerais quien fuerais. Pues ningún espíritu pudo ni podrá concebir jamás nada mejor que Vos, Bien supremo y soberano. Ahora bien, como es de evidencia cierta que lo incorruptible es preferible a lo corruptible, preferencia que entonces no me parecía dudosa, habría podido concebir algo mejor que mi Dios si Él no hubiera sido incorruptible.
Así, convencido de la superioridad de lo incorruptible sobre lo corruptible, debía buscaros en esa excelencia; por ella debía comprender de dónde procede el mal, es decir, la corrupción misma, que de ningún modo puede alcanzar vuestra sustancia, pues la corrupción no puede afectar a nuestro Dios, ni por Su voluntad, ni por necesidad, ni por un acontecimiento fortuito, porque Él es Dios, solo quiere el bien y es Él mismo el bien esencial, y corromperse ya no pertenece a la esencia del bien. Y nada os obliga a obrar contra vuestra voluntad, porque vuestra voluntad no es mayor que vuestro poder; y, para que lo fuera, sería necesario que fuerais más grande que Vos mismo, pues la voluntad, el poder de Dios, es Dios mismo. ¿Y quién puede sorprenderos a Vos, que lo conocéis todo, si nada puede existir sin vuestro conocimiento? ¿Y hay que detenerse tanto a buscar por qué esta sustancia, que es Dios, es incorruptible, si, de no serlo, no sería Dios?