No podía concebir a Dios sino como una sustancia infinitamente extensa.
Y ya había muerto mi adolescencia vergonzosa y criminal; y entraba en la juventud, y cuanto más avanzaba en edad, más me extraviaba en ridículas quimeras, sin poder concebir otra sustancia que la que se ve con los ojos. Es cierto, Dios mío, que ya no Te atribuía formas humanas, desde que había comenzado a abrir el espíritu a la sabiduría; siempre me había preservado de ese error; y veía con alegría que la fe de Tu Iglesia católica, nuestra madre espiritual, lo condenaba. Pero ¿de qué otra manera concebirte? Lo ignoraba y me esforzaba por comprenderte, siendo yo un hombre, ¡y qué hombre!, mientras que Tú eras el soberano, el único y verdadero Dios. Y creía con todas las fuerzas de mi ser que Tú eres incorruptible, inviolable, incomunicable; pues, aunque ignoraba cómo y por qué, veía sin embargo con certeza que lo que está sujeto a corrupción es inferior a lo incorruptible; y prefería sin vacilar lo inviolable a lo que sufre violencia, y lo inmutable a lo mudable.
Mi corazón protestaba violentamente contra esas vanidades de mi fantasía, y buscaba disipar de un solo golpe el enjambre zumbador de impurezas que ofuscaban la mirada de mi pensamiento; apenas se alejaba, volvía de pronto a caer con más apremio sobre mis ojos cegados; y, aunque renunciaba a esa vana imaginación de forma humana, no podía, sin embargo, librarme de la idea de una sustancia corporal que penetraba el mundo en toda su extensión y se extendía, fuera del mundo, hasta el infinito; y, no obstante, le concedía, por ser incorruptible, inviolable e inmutable, la preeminencia sobre lo que está sujeto a corrupción, decadencia y cambio. Todo ser al que negaba la extensión no me parecía más que una nada, pero una nada absoluta, y no el vacío que produciría en la extensión la desaparición de todo cuerpo. Pues la extensión seguiría existiendo, a pesar de ese vacío de todo cuerpo elemental o celeste: un vacío extenso, una nada espaciosa.
Y ya había muerto mi adolescencia vergonzosa y criminal; y entraba en la juventud, y cuanto más avanzaba en edad, más me extraviaba en ridículas quimeras, sin poder concebir otra sustancia que la que se ve con los ojos. Es cierto, Dios mío, que ya no Te atribuía formas humanas, desde que había comenzado a abrir el espíritu a la sabiduría; siempre me había preservado de ese error; y veía con alegría que la fe de Tu Iglesia católica, nuestra madre espiritual, lo condenaba. Pero ¿de qué otra manera concebirte? Lo ignoraba y me esforzaba por comprenderte, siendo yo un hombre, ¡y qué hombre!, mientras que Tú eras el soberano, el único y verdadero Dios. Y creía con todas las fuerzas de mi ser que Tú eres incorruptible, inviolable, incomunicable; pues, aunque ignoraba cómo y por qué, veía sin embargo con certeza que lo que está sujeto a corrupción es inferior a lo incorruptible; y prefería sin vacilar lo inviolable a lo que sufre violencia, y lo inmutable a lo mudable.
Mi corazón protestaba violentamente contra esas vanidades de mi fantasía, y buscaba disipar de un solo golpe el enjambre zumbador de impurezas que ofuscaban la mirada de mi pensamiento; apenas se alejaba, volvía de pronto a caer con más apremio sobre mis ojos cegados; y, aunque renunciaba a esa vana imaginación de forma humana, no podía, sin embargo, librarme de la idea de una sustancia corporal que penetraba el mundo en toda su extensión y se extendía, fuera del mundo, hasta el infinito; y, no obstante, le concedía, por ser incorruptible, inviolable e inmutable, la preeminencia sobre lo que está sujeto a corrupción, decadencia y cambio. Todo ser al que negaba la extensión no me parecía más que una nada, pero una nada absoluta, y no el vacío que produciría en la extensión la desaparición de todo cuerpo. Pues la extensión seguiría existiendo, a pesar de ese vacío de todo cuerpo elemental o celeste: un vacío extenso, una nada espaciosa.
Y en esta plétora del corazón, oscureciéndome a mí mismo ante mis propios ojos, pensaba que todo lo que no se me aparecía como extensión o difusión, concentración o hinchazón, no era más que pura nada. Pues las formas por las que pasean mis ojos eran las únicas imágenes que recorría mi pensamiento, y no advertía que aquella acción interior que me figuraba esas imágenes no se les parecía en nada, y que no podía imaginarlas sin ser ella misma algo grande.
Y a Vos, ¡oh vida de mi vida!, así os creía grande; extendido, según yo, por todo el cuerpo del universo y desbordándolo por todas partes hasta el infinito, el cielo, la tierra y toda criatura os contenían, terminados en Vos; Vos, en ninguna parte. Pero así como el cuerpo del aire extendido sobre la tierra no opone resistencia a la luz del sol que lo atraviesa, que lo penetra sin desgarrarlo ni dividirlo y lo llena por entero, imaginaba que Vos pasabais así a través del cuerpo del cielo y del aire, y también del de la tierra, igualmente penetrable, en sus partes mayores y menores, a la emanación de vuestra presencia, que se mezclaba como un aliento sutil con el movimiento interior y exterior de todas vuestras criaturas.
Tales eran mis conjeturas; mi pensamiento no podía ir más allá, y eso seguía siendo un error. Pues había que admitir que una parte mayor de la tierra contenía una parte mayor de Vos, y una menor, una parte menor, distribuyéndose vuestra presencia de tal manera que cabía más en el cuerpo del elefante que en el del gorrión; al ser mucho mayor, ocupaba mucho más espacio; y así las divisiones de vuestra esencia se proporcionaban a las desigualdades de los cuerpos. Y, sin embargo, no es así; pero Vos aún no habíais iluminado mis tinieblas.
Y a Vos, ¡oh vida de mi vida!, así os creía grande; extendido, según yo, por todo el cuerpo del universo y desbordándolo por todas partes hasta el infinito, el cielo, la tierra y toda criatura os contenían, terminados en Vos; Vos, en ninguna parte. Pero así como el cuerpo del aire extendido sobre la tierra no opone resistencia a la luz del sol que lo atraviesa, que lo penetra sin desgarrarlo ni dividirlo y lo llena por entero, imaginaba que Vos pasabais así a través del cuerpo del cielo y del aire, y también del de la tierra, igualmente penetrable, en sus partes mayores y menores, a la emanación de vuestra presencia, que se mezclaba como un aliento sutil con el movimiento interior y exterior de todas vuestras criaturas.
Tales eran mis conjeturas; mi pensamiento no podía ir más allá, y eso seguía siendo un error. Pues había que admitir que una parte mayor de la tierra contenía una parte mayor de Vos, y una menor, una parte menor, distribuyéndose vuestra presencia de tal manera que cabía más en el cuerpo del elefante que en el del gorrión; al ser mucho mayor, ocupaba mucho más espacio; y así las divisiones de vuestra esencia se proporcionaban a las desigualdades de los cuerpos. Y, sin embargo, no es así; pero Vos aún no habíais iluminado mis tinieblas.