Sus conversaciones con Alipio sobre el matrimonio y el celibato.
Alipio me disuadía del matrimonio y me representaba sin cesar que esos vínculos ya no nos permitirían vivir seguros de disponer de nuestro tiempo libre, dedicados al amor por la sabiduría, como lo deseábamos desde hacía mucho tiempo. Su castidad era tanto más admirable cuanto que en su primera juventud había tenido relaciones con mujeres; pero se había apartado de ellas, con remordimiento y desprecio, para vivir en perfecta continencia.
Y yo le oponía el ejemplo de hombres casados que habían perseverado en la práctica de la sabiduría, en el servicio de Dios y en la fidelidad a los deberes de la amistad. ¡Pero cuán lejos estaba yo de semejante fortaleza de ánimo! Esclavo de aquella fiebre carnal que me devoraba, arrastraba mi cadena en una embriaguez mortal y temía que alguien viniera a romperla; y mi herida abierta, estremecida bajo el anillo sacudido, rechazaba las palabras de un buen consejero, la mano de un libertador.
¿Qué digo? La serpiente hablaba por mi boca a Alipio; mi lengua formaba los nudos y sembraba en su camino las dulces trampas en las que su pie inocente y libre iba a enredarse. Para él era un prodigio verme a mí, a quien tanto estimaba, atrapado por el cebo de la voluptuosidad, hasta el punto de confesarle incluso, en nuestras conversaciones, que me sería imposible guardar el celibato; y para defenderme de su asombro, le decía que aquel placer que él había probado de paso, y cuyo recuerdo fugaz le hacía tan fácil despreciarlo, no tenía nada que ver con las delicias de aquella relación en la que yo vivía. Si la sanción del matrimonio llegaba a legitimar tales deleites, ¿qué motivo tendría entonces para sorprenderse de mi incapacidad para despreciar ese modo de vida? Terminó por desearlo él mismo, cediendo menos a las solicitaciones del placer que a las de la curiosidad. Quería saber, decía, qué felicidad era aquella, sin la cual mi vida, que le agradaba, ya no me parecía una vida, sino un suplicio.
Alipio me disuadía del matrimonio y me representaba sin cesar que esos vínculos ya no nos permitirían vivir seguros de disponer de nuestro tiempo libre, dedicados al amor por la sabiduría, como lo deseábamos desde hacía mucho tiempo. Su castidad era tanto más admirable cuanto que en su primera juventud había tenido relaciones con mujeres; pero se había apartado de ellas, con remordimiento y desprecio, para vivir en perfecta continencia.
Y yo le oponía el ejemplo de hombres casados que habían perseverado en la práctica de la sabiduría, en el servicio de Dios y en la fidelidad a los deberes de la amistad. ¡Pero cuán lejos estaba yo de semejante fortaleza de ánimo! Esclavo de aquella fiebre carnal que me devoraba, arrastraba mi cadena en una embriaguez mortal y temía que alguien viniera a romperla; y mi herida abierta, estremecida bajo el anillo sacudido, rechazaba las palabras de un buen consejero, la mano de un libertador.
¿Qué digo? La serpiente hablaba por mi boca a Alipio; mi lengua formaba los nudos y sembraba en su camino las dulces trampas en las que su pie inocente y libre iba a enredarse. Para él era un prodigio verme a mí, a quien tanto estimaba, atrapado por el cebo de la voluptuosidad, hasta el punto de confesarle incluso, en nuestras conversaciones, que me sería imposible guardar el celibato; y para defenderme de su asombro, le decía que aquel placer que él había probado de paso, y cuyo recuerdo fugaz le hacía tan fácil despreciarlo, no tenía nada que ver con las delicias de aquella relación en la que yo vivía. Si la sanción del matrimonio llegaba a legitimar tales deleites, ¿qué motivo tendría entonces para sorprenderse de mi incapacidad para despreciar ese modo de vida? Terminó por desearlo él mismo, cediendo menos a las solicitaciones del placer que a las de la curiosidad. Quería saber, decía, qué felicidad era aquella, sin la cual mi vida, que le agradaba, ya no me parecía una vida, sino un suplicio.
Libre de mis cadenas, su espíritu se asombraba de mi esclavitud, y de ese asombro se dejaba llevar por el deseo de probarla, para caer quizá, por esa experiencia, en la misma servidumbre que lo asombraba, ya que quería desposarse con la muerte, y que el hombre «que ama el peligro cae en él». Pues ninguno de los dos se sentía sino débilmente atraído por los deberes que son los únicos que dan cierta dignidad al matrimonio: la continencia y la educación de los hijos. En cuanto a mí, apenas amaba la embriagadora costumbre de satisfacer esa concupiscencia insaciable de la que era presa; y él iba a encontrar la cautividad en su asombro ante mi servidumbre. Así estábamos, hasta que Tu grandeza, sin abandonar nuestro fango, se compadeció de nuestra miseria y acudió en nuestra ayuda por caminos maravillosos y secretos.