Abandona Tagaste.
¡Oh, demencia! ¡La de quien no sabe amar a los hombres como hombre! ¡Qué insensato era yo entonces, tan impaciente ante las aflicciones humanas! Oprimido, turbado, suspiraba, lloraba, incapaz de hallar descanso y consejo; llevaba mi alma desgarrada y sangrante, que ya no quería dejarse llevar por mí, y no sabía dónde ponerla. El encanto de los bosques, los juegos y los cantos, los perfumes, los banquetes espléndidos, los placeres del lecho y de la mesa, la lectura, la poesía, nada podía distraerla. Todo lo que no era él me resultaba insoportable y odioso, salvo los gemidos y las lágrimas, que eran lo único que daba algún descanso a mi dolor. Y en cuanto alguna distracción apartaba de él mi alma, sucumbía bajo el peso de mi miseria, que solo Tú, Señor, podías aliviar y sanar. Lo sabía, pero me faltaban la voluntad y las fuerzas, tanto más cuanto que Tú no eras para mi pensamiento nada sólido ni cierto. No eras Tú, sino un vano fantasma, mi error, lo que era mi dios. En vano quería apoyar en él mi alma; le faltaba el suelo en aquel vacío y volvía a caer sobre mí. Y yo seguía siendo para mí mismo mi único lugar, lugar de desgracia, donde no podía quedarme y del que no podía salir. ¿Adónde habría huido mi corazón de mi propio corazón? ¿Adónde me habría precipitado para salir de mí mismo? ¿Dónde me habría escondido de mi propia persecución? Y, sin embargo, abandoné mi patria, pues mis ojos lo buscaban menos allí donde no estaban acostumbrados a verlo, y de Tagaste vine a Cartago.
¡Oh, demencia! ¡La de quien no sabe amar a los hombres como hombre! ¡Qué insensato era yo entonces, tan impaciente ante las aflicciones humanas! Oprimido, turbado, suspiraba, lloraba, incapaz de hallar descanso y consejo; llevaba mi alma desgarrada y sangrante, que ya no quería dejarse llevar por mí, y no sabía dónde ponerla. El encanto de los bosques, los juegos y los cantos, los perfumes, los banquetes espléndidos, los placeres del lecho y de la mesa, la lectura, la poesía, nada podía distraerla. Todo lo que no era él me resultaba insoportable y odioso, salvo los gemidos y las lágrimas, que eran lo único que daba algún descanso a mi dolor. Y en cuanto alguna distracción apartaba de él mi alma, sucumbía bajo el peso de mi miseria, que solo Tú, Señor, podías aliviar y sanar. Lo sabía, pero me faltaban la voluntad y las fuerzas, tanto más cuanto que Tú no eras para mi pensamiento nada sólido ni cierto. No eras Tú, sino un vano fantasma, mi error, lo que era mi dios. En vano quería apoyar en él mi alma; le faltaba el suelo en aquel vacío y volvía a caer sobre mí. Y yo seguía siendo para mí mismo mi único lugar, lugar de desgracia, donde no podía quedarme y del que no podía salir. ¿Adónde habría huido mi corazón de mi propio corazón? ¿Adónde me habría precipitado para salir de mí mismo? ¿Dónde me habría escondido de mi propia persecución? Y, sin embargo, abandoné mi patria, pues mis ojos lo buscaban menos allí donde no estaban acostumbrados a verlo, y de Tagaste vine a Cartago.