Su dolor disminuye con el tiempo.
El tiempo no está ocioso; pasa, y nuestros sentimientos llevan la huella de su transcurso; obra maravillas en nuestra alma. Y llegaba, pasaba día tras día, y su corriente me traía otras imágenes, otros recuerdos, y poco a poco me devolvía el gusto por mis primeras alegrías; mi dolor cedía ante ellas, y yo sembraba en mí, si no nuevos dolores, al menos gérmenes de futuras aflicciones. Pues ¿habría penetrado el dolor tan fácilmente en lo más íntimo de mi ser, si yo no hubiera derramado mi alma sobre la arena, amando a un mortal como si no fuera a morir? Y encontraba distracción y alivio en los consuelos de mis amigos, que amaban conmigo lo que yo amaba en lugar de amarte a Ti. Larga ficción, larga mentira, placeres adúlteros del espíritu, estimulados por el trato de la palabra. Pero si alguno de mis amigos llegaba a morir, esa mentira no dejaba de vivir. Esos vínculos se apoderaban de mi alma con encantos aún más poderosos: intercambio de palabras dulces, de buen humor, de muestras de benevolencia; lecturas agradables, bromas honestas, afectuosas cortesías; raros desacuerdos, sin acritud, como los que uno tiene consigo mismo; ligero condimento de contradicción para realzar una unanimidad demasiado constante; instrucción recíproca; impacientes lamentos por los amigos ausentes, alegre acogida a su regreso: en fin, todas esas manifestaciones que los corazones amantes expresan con los labios, la lengua y los ojos, mediante mil movimientos llenos de ternura, y que son como otros tantos focos donde los espíritus se funden y se reducen a la unidad.
El tiempo no está ocioso; pasa, y nuestros sentimientos llevan la huella de su transcurso; obra maravillas en nuestra alma. Y llegaba, pasaba día tras día, y su corriente me traía otras imágenes, otros recuerdos, y poco a poco me devolvía el gusto por mis primeras alegrías; mi dolor cedía ante ellas, y yo sembraba en mí, si no nuevos dolores, al menos gérmenes de futuras aflicciones. Pues ¿habría penetrado el dolor tan fácilmente en lo más íntimo de mi ser, si yo no hubiera derramado mi alma sobre la arena, amando a un mortal como si no fuera a morir? Y encontraba distracción y alivio en los consuelos de mis amigos, que amaban conmigo lo que yo amaba en lugar de amarte a Ti. Larga ficción, larga mentira, placeres adúlteros del espíritu, estimulados por el trato de la palabra. Pero si alguno de mis amigos llegaba a morir, esa mentira no dejaba de vivir. Esos vínculos se apoderaban de mi alma con encantos aún más poderosos: intercambio de palabras dulces, de buen humor, de muestras de benevolencia; lecturas agradables, bromas honestas, afectuosas cortesías; raros desacuerdos, sin acritud, como los que uno tiene consigo mismo; ligero condimento de contradicción para realzar una unanimidad demasiado constante; instrucción recíproca; impacientes lamentos por los amigos ausentes, alegre acogida a su regreso: en fin, todas esas manifestaciones que los corazones amantes expresan con los labios, la lengua y los ojos, mediante mil movimientos llenos de ternura, y que son como otros tantos focos donde los espíritus se funden y se reducen a la unidad.