Catolicismo

Confesiones, libro tercero, capítulo X

Extravíos de los maniqueos.
En mi ignorancia, me burlaba de aquellos hombres divinos, Tus servidores y Tus profetas. ¿Y qué hacía yo al reírme de los santos, de quienes Tú preparabas reírte de mí? Poco a poco había llegado a la necedad de creer que el higo que se recoge y el árbol madre lloran lágrimas de leche; y que, si un santo según Manes hubiera comido aquel higo, inocente, sin embargo, del crimen de haberlo recogido, eran ángeles mezclados con su aliento, eran incluso partículas de Dios, las que, en los suspiros de la oración, la digestión de aquel fruto devolvía a sus labios; partículas del Dios soberano y verdadero, para siempre comprimidas en aquella sustancia vegetal, si no las hubieran liberado los dientes y el estómago del elegido. Desdichado de mí, creía que era mejor compadecerse de los frutos de la tierra que de los hombres para quienes ella los produce. Pues, si alguien que no fuera maniqueo me hubiera pedido un trozo para calmar su hambre, el don de un bocado de pan no me habría parecido expiado con suficiente rigor por la pena capital.

Fuente Saint Augustin, Confessions, trad. L. Moreau, Project Gutenberg #67320 — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice