Oraciones y lágrimas de su madre.
Y extendiste Tu mano desde lo alto y, de aquellas profundas tinieblas, sacaste mi alma. Pues ante Ti, Tu fiel sierva, mi madre, lloraba por mí con más lágrimas de las que otras madres derraman sobre un ataúd. Veía mi muerte para aquella fe, para aquel espíritu que había recibido de Ti, y Tú la escuchaste, Señor. La escuchaste y no despreciaste aquellas lágrimas cuyo torrente regaba la tierra ante sus ojos, dondequiera que derramaba su oración, y la escuchaste. Pues ¿de dónde podía venir aquel sueño que tanto consuelo le dio, en el que ya me veía compartiendo su morada y su mesa, de las que poco antes me había apartado, por la aversión y el horror que le inspiraban mis blasfemias heréticas?
Y extendiste Tu mano desde lo alto y, de aquellas profundas tinieblas, sacaste mi alma. Pues ante Ti, Tu fiel sierva, mi madre, lloraba por mí con más lágrimas de las que otras madres derraman sobre un ataúd. Veía mi muerte para aquella fe, para aquel espíritu que había recibido de Ti, y Tú la escuchaste, Señor. La escuchaste y no despreciaste aquellas lágrimas cuyo torrente regaba la tierra ante sus ojos, dondequiera que derramaba su oración, y la escuchaste. Pues ¿de dónde podía venir aquel sueño que tanto consuelo le dio, en el que ya me veía compartiendo su morada y su mesa, de las que poco antes me había apartado, por la aversión y el horror que le inspiraban mis blasfemias heréticas?
Ella se veía de pie sobre una regla de madera, cuando se le acercó un joven radiante de luz, sereno, que sonreía ante su dolor sombrío y profundo. Le preguntó la causa de su tristeza y de sus lágrimas diarias con ese tono que no pide información, sino que quiere enseñar; y, al responder ella que lloraba mi perdición, le ordenó que dejara de afligirse y se fijara en que, donde ella estaba, allí estaba yo también. Miró y me vio a su lado, de pie sobre la misma regla. ¡Oh!, ciertamente Tú prestabas oído a su corazón, Bondad todopoderosa, Tú que cuidas de cada uno de nosotros como si estuviera solo, de todos como de cada uno. Y, nuevo testimonio de Tu gracia, cuando, al contarme su visión, yo intentaba conducirla a la esperanza de que un día ella misma sería lo que yo era, me respondió de inmediato, sin vacilar: «No me dijeron: “Donde él está, tú estarás”, sino: “Él estará donde tú estás”». Te confieso, Señor, mi recuerdo, tal como mi memoria me lo representa, recuerdo que he evocado más de una vez; me impresionó aquella frase pronunciada por mi madre, quien, vigilante en la custodia de Tu oráculo, sin dejarse perturbar por la falsedad de una interpretación engañosa, vio al instante lo que había que ver, lo que ciertamente yo no había visto antes de su respuesta. Sí, me impresionó más aquella frase que la visión misma, presagio de sus alegrías futuras, tan tardías, y consuelo de su tristeza presente.
Porque transcurrieron todavía nueve años en los que, debatiéndome en los lodazales del abismo y las tinieblas de la mentira, después de frecuentes esfuerzos por levantarme y de crueles recaídas, me hundía cada vez más. Y, sin embargo, aquella viuda, casta, piadosa y sobria, como a ustedes les agradan, más viva en la esperanza, pero no menos asidua en llorar y gemir, no cesaba, en las horas de sus oraciones, de elevar ante ti la voz de sus suspiros por mí. Y sus oraciones llegaban hasta ti, y tú me dejabas siempre revolcarme y sumirme en la noche.