Teatros.
Me dejaba cautivar por el teatro, lleno de imágenes de mis miserias y de alimento para mi pasión. Pero ¿qué es esto? ¿Y cómo quiere el hombre compadecerse ante el espectáculo de aventuras lamentables y trágicas que él mismo no querría sufrir? Y, sin embargo, como espectador, quiere sufrir dolor, y ese mismo dolor es su placer. ¿Qué es esto, sino una lastimosa enfermedad del espíritu? Pues nuestra emoción es tanto más viva cuanto menos curados estamos de esas pasiones; aunque padecer se llama miseria y compadecer, misericordia. Pero ¿qué compasión es esta por ficciones escénicas? ¿Se llama al espectador para que acuda en ayuda? No, solo se le invita a afligirse, y aplaude al actor en proporción al dolor que siente. Y si la representación de esas desgracias, antiguas o imaginarias, lo deja sin impresiones dolorosas, se retira con el desdén y la crítica en los labios. Si se conmueve dolorosamente, permanece atento y llora con alegría. Pero todo hombre quiere alegrarse; ¿de dónde viene, entonces, este amor por las lágrimas y el dolor? ¿Se encuentra el placer, que la miseria excluye, en la compasión? ¿Y hace este sentimiento que se ame el dolor del que no puede prescindir?
El amor es la fuente de esas simpatías. Pero ¿adónde va, adónde fluye este torrente? Al río de pez hirviente, al abismo ardiente de los negros deleites, donde se transforma y se confunde consigo mismo, extraviado tan lejos y caído de la limpidez celestial. ¿Hay que repudiar, entonces, la compasión? De ningún modo. El dolor es, pues, a veces amable; pero guárdate de la impureza, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, Dios de nuestros padres, que debe ser alabado y exaltado por todos los siglos; guárdate de la impureza, pues hoy no estoy cerrado a la compasión. Pero entonces, en el teatro, participaba de la alegría de aquellos amantes que se poseían en el crimen, y, sin embargo, todo era fingimiento y juegos imaginarios. Cuando estaban perdidos el uno para el otro, sentía una especie de tristeza compasiva: y, sin embargo, disfrutaba de ese doble sentimiento.
Me dejaba cautivar por el teatro, lleno de imágenes de mis miserias y de alimento para mi pasión. Pero ¿qué es esto? ¿Y cómo quiere el hombre compadecerse ante el espectáculo de aventuras lamentables y trágicas que él mismo no querría sufrir? Y, sin embargo, como espectador, quiere sufrir dolor, y ese mismo dolor es su placer. ¿Qué es esto, sino una lastimosa enfermedad del espíritu? Pues nuestra emoción es tanto más viva cuanto menos curados estamos de esas pasiones; aunque padecer se llama miseria y compadecer, misericordia. Pero ¿qué compasión es esta por ficciones escénicas? ¿Se llama al espectador para que acuda en ayuda? No, solo se le invita a afligirse, y aplaude al actor en proporción al dolor que siente. Y si la representación de esas desgracias, antiguas o imaginarias, lo deja sin impresiones dolorosas, se retira con el desdén y la crítica en los labios. Si se conmueve dolorosamente, permanece atento y llora con alegría. Pero todo hombre quiere alegrarse; ¿de dónde viene, entonces, este amor por las lágrimas y el dolor? ¿Se encuentra el placer, que la miseria excluye, en la compasión? ¿Y hace este sentimiento que se ame el dolor del que no puede prescindir?
El amor es la fuente de esas simpatías. Pero ¿adónde va, adónde fluye este torrente? Al río de pez hirviente, al abismo ardiente de los negros deleites, donde se transforma y se confunde consigo mismo, extraviado tan lejos y caído de la limpidez celestial. ¿Hay que repudiar, entonces, la compasión? De ningún modo. El dolor es, pues, a veces amable; pero guárdate de la impureza, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, Dios de nuestros padres, que debe ser alabado y exaltado por todos los siglos; guárdate de la impureza, pues hoy no estoy cerrado a la compasión. Pero entonces, en el teatro, participaba de la alegría de aquellos amantes que se poseían en el crimen, y, sin embargo, todo era fingimiento y juegos imaginarios. Cuando estaban perdidos el uno para el otro, sentía una especie de tristeza compasiva: y, sin embargo, disfrutaba de ese doble sentimiento.
Hoy compadezco más la alegría en el vicio que los pretendidos sufrimientos nacidos de la ruina de una voluptuosidad perniciosa y de la pérdida de una felicidad desgraciada. Ciertamente, esa es una compasión verdadera; pero el dolor ya no es un placer. Pues si la caridad aprueba a quien se duele de un afligido, sin embargo, una piedad verdaderamente paternal preferiría que no hubiera ningún dolor que compadecer. Y, en efecto, la buena voluntad no podría querer el mal, como tampoco el verdadero misericordioso desear que haya miserables para ejercer su misericordia.
Hay, pues, cierto dolor permitido; no hay ninguno que se deba amar. ¿No es así, Señor, Dios mío, como Tú amas las almas con un amor infinitamente más puro que nosotros y con una compasión tanto más incorruptible cuanto que no sientes el golpe de ningún dolor? Pero ¿es capaz de ello el hombre? ¡Desdichado de mí!, me gustaba dolerme y buscaba motivos de dolor. En esas desdichas ajenas y falsas, esas desdichas de saltimbanquis, nunca el juego de un histrión me agradaba ni me cautivaba con un hechizo más poderoso que el de las lágrimas que brotaban de mis ojos. ¡Pobre oveja extraviada de Tu rebaño, impaciente con Tu cayado! ¿Hay que asombrarse de que estuviera cubierto de una lepra vergonzosa?
Y de ahí provenía mi amor por esos dolores, aunque no hasta el punto de desear que me penetraran más profundamente. Pues no habría amado sufrir lo que me gustaba ver; pero esos relatos, esas ficciones me rozaban vivamente la carne y, como una uña emponzoñada, pronto levantaban una hinchazón ardiente, que destilaba pus y materia corrompida. Tal era mi vida: ¿era acaso una vida, oh Dios mío?
Hay, pues, cierto dolor permitido; no hay ninguno que se deba amar. ¿No es así, Señor, Dios mío, como Tú amas las almas con un amor infinitamente más puro que nosotros y con una compasión tanto más incorruptible cuanto que no sientes el golpe de ningún dolor? Pero ¿es capaz de ello el hombre? ¡Desdichado de mí!, me gustaba dolerme y buscaba motivos de dolor. En esas desdichas ajenas y falsas, esas desdichas de saltimbanquis, nunca el juego de un histrión me agradaba ni me cautivaba con un hechizo más poderoso que el de las lágrimas que brotaban de mis ojos. ¡Pobre oveja extraviada de Tu rebaño, impaciente con Tu cayado! ¿Hay que asombrarse de que estuviera cubierto de una lepra vergonzosa?
Y de ahí provenía mi amor por esos dolores, aunque no hasta el punto de desear que me penetraran más profundamente. Pues no habría amado sufrir lo que me gustaba ver; pero esos relatos, esas ficciones me rozaban vivamente la carne y, como una uña emponzoñada, pronto levantaban una hinchazón ardiente, que destilaba pus y materia corrompida. Tal era mi vida: ¿era acaso una vida, oh Dios mío?