Acciones de gracias.
¿Qué le devolveré al Señor que libra mi alma del tormento de estos recuerdos? ¡Que Te ame, Señor, que Te dé gracias y confiese Tu nombre, Tú que me has perdonado tantas obras criminales y abominables! A Tu gracia, a Tu misericordia atribuyo la gloria de haber derretido el hielo de mis pecados. A Tu gracia atribuyo todo el mal que no he hecho. ¡Ah! ¿De qué no habría sido capaz, si llegué a amar el crimen sin interés alguno? Y confieso que todo me ha sido perdonado: tanto el mal que hice voluntariamente como aquel del que Tu misericordia me libró.
¿Qué mortal, al meditar sobre su flaqueza, se atrevería a atribuir a sus propias fuerzas su castidad y su inocencia, y se creería con derecho a amarte menos, como si hubiese necesitado menos de ese perdón misericordioso que Tú concedes al arrepentimiento de los pecadores? Que el hombre que, dócil a la llamada de Tu voz, ha evitado todos esos desórdenes cuyo recuerdo y confesión publico, se guarde de reírse si me ve curado por el mismo médico a quien debe no haber estado enfermo o, mejor dicho, haber estado menos enfermo; que Te ame más, reconociendo que quien me libra es el mismo que lo preservó de las mortales flaquezas del pecado.
¿Qué le devolveré al Señor que libra mi alma del tormento de estos recuerdos? ¡Que Te ame, Señor, que Te dé gracias y confiese Tu nombre, Tú que me has perdonado tantas obras criminales y abominables! A Tu gracia, a Tu misericordia atribuyo la gloria de haber derretido el hielo de mis pecados. A Tu gracia atribuyo todo el mal que no he hecho. ¡Ah! ¿De qué no habría sido capaz, si llegué a amar el crimen sin interés alguno? Y confieso que todo me ha sido perdonado: tanto el mal que hice voluntariamente como aquel del que Tu misericordia me libró.
¿Qué mortal, al meditar sobre su flaqueza, se atrevería a atribuir a sus propias fuerzas su castidad y su inocencia, y se creería con derecho a amarte menos, como si hubiese necesitado menos de ese perdón misericordioso que Tú concedes al arrepentimiento de los pecadores? Que el hombre que, dócil a la llamada de Tu voz, ha evitado todos esos desórdenes cuyo recuerdo y confesión publico, se guarde de reírse si me ve curado por el mismo médico a quien debe no haber estado enfermo o, mejor dicho, haber estado menos enfermo; que Te ame más, reconociendo que quien me libra es el mismo que lo preservó de las mortales flaquezas del pecado.