Robo.
El robo es condenado por Tu ley divina, Señor, y por esa ley escrita en el corazón de los hombres, que ni siquiera su propia iniquidad borra. ¿Qué ladrón soporta de buen grado que lo roben? ¿Qué rico perdona al indigente empujado por la necesidad? ¡Pues bien!, yo quise robar, y robé sin necesidad, sin carencia, por aversión a la justicia, por plenitud de iniquidad; porque robé lo que tenía de mejor, y en abundancia. Y no era del objeto codiciado por mi robo, sino del robo mismo y del pecado de lo que quería disfrutar. En las cercanías de nuestros viñedos había un peral cargado de frutos que no tenían ningún atractivo de sabor ni de belleza. Fuimos, una pandilla de jóvenes malhechores, a sacudir y despojar aquel árbol, hacia la mitad de la noche, después de haber prolongado nuestros juegos hasta esa hora, según nuestra detestable costumbre, y nos llevamos grandes cargas, no para darnos un festín, aunque llegáramos a probarlos, sino, siquiera, para arrojarlos a los cerdos: simple placer de hacer lo que estaba prohibido.
¡He aquí este corazón, oh Dios!, este corazón que Tú miraste con piedad en el fondo del abismo. Aquí está, este corazón; que Te diga qué iba a buscar allí, para ser malo gratuitamente, sin otro motivo de maldad que la maldad misma. ¡Por horrible que fuera, la amé; amé perecer; amé mi deformidad; no el objeto que me volvía deforme, sino mi deformidad misma, la amé! ¡Alma mancillada, apartada de Tu apoyo para su ruina, que en la vergüenza no tenía otro apetito que la vergüenza!
El robo es condenado por Tu ley divina, Señor, y por esa ley escrita en el corazón de los hombres, que ni siquiera su propia iniquidad borra. ¿Qué ladrón soporta de buen grado que lo roben? ¿Qué rico perdona al indigente empujado por la necesidad? ¡Pues bien!, yo quise robar, y robé sin necesidad, sin carencia, por aversión a la justicia, por plenitud de iniquidad; porque robé lo que tenía de mejor, y en abundancia. Y no era del objeto codiciado por mi robo, sino del robo mismo y del pecado de lo que quería disfrutar. En las cercanías de nuestros viñedos había un peral cargado de frutos que no tenían ningún atractivo de sabor ni de belleza. Fuimos, una pandilla de jóvenes malhechores, a sacudir y despojar aquel árbol, hacia la mitad de la noche, después de haber prolongado nuestros juegos hasta esa hora, según nuestra detestable costumbre, y nos llevamos grandes cargas, no para darnos un festín, aunque llegáramos a probarlos, sino, siquiera, para arrojarlos a los cerdos: simple placer de hacer lo que estaba prohibido.
¡He aquí este corazón, oh Dios!, este corazón que Tú miraste con piedad en el fondo del abismo. Aquí está, este corazón; que Te diga qué iba a buscar allí, para ser malo gratuitamente, sin otro motivo de maldad que la maldad misma. ¡Por horrible que fuera, la amé; amé perecer; amé mi deformidad; no el objeto que me volvía deforme, sino mi deformidad misma, la amé! ¡Alma mancillada, apartada de Tu apoyo para su ruina, que en la vergüenza no tenía otro apetito que la vergüenza!