Vicios de su educación.
Y ese mismo año, de regreso de Madaura, ciudad vecina a nuestro lugar de residencia y mi primer peregrinaje literario y oratorio, había interrumpido mis estudios. Se preparaba el gasto de un exilio más lejano, a Cartago; mi padre, humilde ciudadano del municipio de Tagaste, atendía menos a su fortuna que a su ambición. ¡Ah! ¿Para quién este relato? No para Ti, Dios mío; pero al dirigirme a Ti, hablo a todos los hombres, mis hermanos, por pequeño que sea el número de aquellos en cuyas manos caigan estas páginas. ¿Y por qué? Para que todo lector considere conmigo desde qué profundo abismo debemos clamar a Ti. Y, sin embargo, ¿qué hay más cercano a Tu oído que confesarse de corazón y vivir de fe? ¡Cuántas alabanzas no prodigaban entonces a mi padre por sufragar, más allá de sus recursos, el viaje de estudios de su hijo! ¡Cuántos ciudadanos más opulentos que él distaban mucho de preocuparse así por sus hijos! Y ese mismo padre no se inquietaba por si yo crecía para Ti, por si era casto, con tal de que fuera elocuente, o más bien baldío sin Tu cultivo, ¡oh Dios, bueno, verdadero, único dueño del campo de mi corazón!
Y ese mismo año, de regreso de Madaura, ciudad vecina a nuestro lugar de residencia y mi primer peregrinaje literario y oratorio, había interrumpido mis estudios. Se preparaba el gasto de un exilio más lejano, a Cartago; mi padre, humilde ciudadano del municipio de Tagaste, atendía menos a su fortuna que a su ambición. ¡Ah! ¿Para quién este relato? No para Ti, Dios mío; pero al dirigirme a Ti, hablo a todos los hombres, mis hermanos, por pequeño que sea el número de aquellos en cuyas manos caigan estas páginas. ¿Y por qué? Para que todo lector considere conmigo desde qué profundo abismo debemos clamar a Ti. Y, sin embargo, ¿qué hay más cercano a Tu oído que confesarse de corazón y vivir de fe? ¡Cuántas alabanzas no prodigaban entonces a mi padre por sufragar, más allá de sus recursos, el viaje de estudios de su hijo! ¡Cuántos ciudadanos más opulentos que él distaban mucho de preocuparse así por sus hijos! Y ese mismo padre no se inquietaba por si yo crecía para Ti, por si era casto, con tal de que fuera elocuente, o más bien baldío sin Tu cultivo, ¡oh Dios, bueno, verdadero, único dueño del campo de mi corazón!
Ahora bien, a los dieciséis años, cuando asuntos domésticos interrumpieron mis estudios con un período de ocio y vacaciones, viví en casa de mis padres, y fue entonces cuando las zarzas de los deseos impuros se alzaron sobre mi cabeza, y no había mano alguna para arrancarlas. Todo lo contrario: un día, mi padre advirtió en el baño que yo había llegado a la pubertad, que ya me cubría con un manto de inquietudes estremecedoras, y, estremeciéndose como ante la vista de sus nietos, lleno de alegría, se lo comunicó a mi madre. Alegría de la embriaguez en que este mundo Te olvida a Ti, su Creador, para amar a Tus criaturas en lugar de a Ti, embriagado como está con el vino invisible de una voluntad pervertida y entregada a las bajas inclinaciones. Pero ya en el corazón de mi madre Tú habías comenzado Tu templo y echado los cimientos de Tu santa morada. Mi padre, en cambio, aún no era más que simple catecúmeno, y desde hacía muy poco. Así pues, ella se estremeció de piadoso temor y tembló; aunque yo aún no era fiel, temió por mí aquellos caminos tortuosos por los que se internan quienes Te presentan la espalda y no el rostro.
¡Ay! ¿Me atrevo todavía a decir que Tú guardabas silencio, Dios mío, cuando yo me alejaba de Ti? ¿Era así como Tú callabas para mí? ¿Y de quién eran, pues, aquellas suaves palabras que, por boca de mi madre, Tu fiel servidora, me decías al oído? Y nada de ellas descendía a mi corazón para inclinarlo a la obediencia. Ella me exhortaba con insistencia y un día me advirtió en secreto, ¡con cuánta solicitud!, lo recuerdo, que me apartara de todo amor impúdico y, sobre todo, del adulterio. Yo tomaba aquello por consejos de mujer, que me habría avergonzado de escuchar. Y eran Tuyos, y yo lo ignoraba; y pensaba que Tú callabas y que solo ella hablaba, ella por cuya boca Tú me hablabas; y eras a Ti a quien despreciaba en ella, yo, su hijo, hijo de Tu servidora y servidor Tuyo. Pero no lo sabía, y me precipitaba con tanta ceguera que, entre los de mi edad, me avergonzaba de ser menos desvergonzado; pues los oía jactarse de sus excesos y gloriarse tanto más cuanto más infames eran; y yo tenía empeño en pecar, sed de placer y sed de gloria. ¿Qué hay de censurable sino el vicio? Yo, por temor a la censura, me volvía más vicioso y, a falta de un crimen verdadero que me igualara a los más corrompidos, fingía lo que no había hecho; temía parecer tanto más despreciable cuanto más inocente era, tanto más vil cuanto más casto era.
Así corría yo las plazas de Babilonia con aquellos compañeros, revolcándome en su cieno como en aguas perfumadas con aromas de canela. Y, para atarme más victoriosamente al principio del pecado, el enemigo invisible me pisoteaba y me seducía, ¡siendo yo tan fácil de seducir! Aunque había salido del seno de la ciudad abominable, todavía avanzaba lentamente por los caminos del regreso. La madre de mi carne me advirtió que guardara el pudor, pero aquella confidencia de su marido no despertó en ella la idea de sujetar a los límites del amor conyugal, o siquiera de cortar de raíz, esos instintos apasionados cuyos gérmenes, ya tan funestos, ofrecían a sus temores el presagio de los mayores peligros. Descuidó el remedio, por miedo a que la cadena del matrimonio obstaculizara todas mis esperanzas; no aquella esperanza de la vida futura que ella, mi piadosa madre, ponía en Ti, sino la esperanza de un porvenir literario que ambos deseaban demasiado para mí: él, porque apenas pensaba en Ti y soñaba para mí vanidades; ella, porque, lejos de creer que esos estudios me fueran perjudiciales, los consideraba peldaños que debían elevarme hasta Tu posesión. Tales son las conjeturas que mis recuerdos aventuran sobre las disposiciones de mis padres. Y luego, en vez de imponer una sabia severidad, se soltaba la rienda a la multitud de mis pasiones desordenadas en mis diversiones, y una espesa niebla interceptaba sin cesar a mi vista, ¡oh Dios mío!, la luz de Tu verdad: «Y mi iniquidad nacía como de mi gordura».