Vanidad de las ficciones poéticas que amaba.
Pero ¿de dónde venía mi aversión a la lengua griega, ejercicio de mis primeros años? Eso es algo que todavía no puedo comprender. Me apasionaba el latín, tal como lo enseñan no los primeros maestros, sino quienes son llamados gramáticos; pues aquellos rudimentos en los que se aprende a leer, escribir y contar no me causaban menos fastidio y tormento que todos mis estudios de griego. ¿Y de dónde venía ese disgusto, sino del pecado y de la vanidad de la vida? Era carne, espíritu ausente de sí mismo e incapaz ya de volver a entrar en sí. Más seguras y mejores eran aquellas primeras lecciones que me dieron la capacidad de leer lo que me pusieran ante los ojos y de escribir lo que me placiera, que aquellas en las que aprendía las errantes correrías de no sé qué Eneas, olvidando mis propios extravíos y gimiendo por la muerte de Dido, que se suicida por amor, cuando no tenía una lágrima para lamentar, ¡oh Dios mío, oh vida mía!, esa muerte de mis días, disipados lejos de Ti. ¡Ah! ¿Qué hay más miserable que un desgraciado sin compasión por sí mismo, que llora a Dido, muerta por amar a Eneas, y no se llora a sí mismo, que muere por no amarte?
Dios, luz de mi corazón, pan de la boca interior de mi alma, virtud fecundante de mi inteligencia, Esposo de mi pensamiento, no Te amaba; Te era infiel, y mi infidelidad oía por todas partes esta voz: «¡Ánimo! ¡Ánimo!», porque el amor de este mundo es un divorcio adúltero de Ti. «¡Ánimo! ¡Ánimo!», decía aquella voz, para hacer avergonzarse a quien no es hombre como los demás. Y no era mi desgracia lo que lloraba; lloraba a Dido, exhalando el último suspiro, «entregando a la espada su último destino», mientras yo mismo me entregaba a las más ínfimas de Tus criaturas en lugar de a Ti, tierra que vuelve a la tierra. Si se me prohibía esa lectura, sufría por no leer lo que me hacía sufrir. Tales locuras pasan por estudios más nobles y fecundos que aquel que me enseñó a leer y escribir.
Pero ¿de dónde venía mi aversión a la lengua griega, ejercicio de mis primeros años? Eso es algo que todavía no puedo comprender. Me apasionaba el latín, tal como lo enseñan no los primeros maestros, sino quienes son llamados gramáticos; pues aquellos rudimentos en los que se aprende a leer, escribir y contar no me causaban menos fastidio y tormento que todos mis estudios de griego. ¿Y de dónde venía ese disgusto, sino del pecado y de la vanidad de la vida? Era carne, espíritu ausente de sí mismo e incapaz ya de volver a entrar en sí. Más seguras y mejores eran aquellas primeras lecciones que me dieron la capacidad de leer lo que me pusieran ante los ojos y de escribir lo que me placiera, que aquellas en las que aprendía las errantes correrías de no sé qué Eneas, olvidando mis propios extravíos y gimiendo por la muerte de Dido, que se suicida por amor, cuando no tenía una lágrima para lamentar, ¡oh Dios mío, oh vida mía!, esa muerte de mis días, disipados lejos de Ti. ¡Ah! ¿Qué hay más miserable que un desgraciado sin compasión por sí mismo, que llora a Dido, muerta por amar a Eneas, y no se llora a sí mismo, que muere por no amarte?
Dios, luz de mi corazón, pan de la boca interior de mi alma, virtud fecundante de mi inteligencia, Esposo de mi pensamiento, no Te amaba; Te era infiel, y mi infidelidad oía por todas partes esta voz: «¡Ánimo! ¡Ánimo!», porque el amor de este mundo es un divorcio adúltero de Ti. «¡Ánimo! ¡Ánimo!», decía aquella voz, para hacer avergonzarse a quien no es hombre como los demás. Y no era mi desgracia lo que lloraba; lloraba a Dido, exhalando el último suspiro, «entregando a la espada su último destino», mientras yo mismo me entregaba a las más ínfimas de Tus criaturas en lugar de a Ti, tierra que vuelve a la tierra. Si se me prohibía esa lectura, sufría por no leer lo que me hacía sufrir. Tales locuras pasan por estudios más nobles y fecundos que aquel que me enseñó a leer y escribir.
_Æneid._, VI, 456.
Pero que hoy, Dios mío, Tu verdad me diga y grite en mi alma: ¡No es así! ¡No es así! Estas primeras enseñanzas son las mejores. Pues aquí estoy, dispuesto a olvidar las aventuras de Eneas y fábulas semejantes antes que el arte de escribir y leer. Sin duda, hay cortinas colgadas en la entrada de las escuelas de gramática; pero ocultan menos la profundidad de un misterio que la vanidad de un error.
Que se indignen contra mí esos maestros insensatos; ya no les temo, ahora que Te confieso, Dios mío, todos los pensamientos de mi alma y me complazco en señalar el extravío de mis caminos, para amar la rectitud de los Tuyos. Que se indignen contra mí, vendedores o compradores de gramática. Les pregunto si es cierto que Eneas llegó antaño a Cartago, como afirma el poeta; los menos instruidos lo ignoran, y los más sabios lo niegan. Pero si pregunto con qué letras se escribe el nombre de Eneas, todos los que saben leer me responderán con verdad, según la convención y el uso que han determinado esos signos entre los hombres. Y si pregunto además qué olvido sería más funesto para la vida humana, si el olvido del arte de leer y escribir o el de esas ficciones poéticas, ¿quién no prevé la respuesta de cualquiera que no se haya olvidado de sí mismo?
Pero que hoy, Dios mío, Tu verdad me diga y grite en mi alma: ¡No es así! ¡No es así! Estas primeras enseñanzas son las mejores. Pues aquí estoy, dispuesto a olvidar las aventuras de Eneas y fábulas semejantes antes que el arte de escribir y leer. Sin duda, hay cortinas colgadas en la entrada de las escuelas de gramática; pero ocultan menos la profundidad de un misterio que la vanidad de un error.
Que se indignen contra mí esos maestros insensatos; ya no les temo, ahora que Te confieso, Dios mío, todos los pensamientos de mi alma y me complazco en señalar el extravío de mis caminos, para amar la rectitud de los Tuyos. Que se indignen contra mí, vendedores o compradores de gramática. Les pregunto si es cierto que Eneas llegó antaño a Cartago, como afirma el poeta; los menos instruidos lo ignoran, y los más sabios lo niegan. Pero si pregunto con qué letras se escribe el nombre de Eneas, todos los que saben leer me responderán con verdad, según la convención y el uso que han determinado esos signos entre los hombres. Y si pregunto además qué olvido sería más funesto para la vida humana, si el olvido del arte de leer y escribir o el de esas ficciones poéticas, ¿quién no prevé la respuesta de cualquiera que no se haya olvidado de sí mismo?
Pecaba, pues, de niño, al preferir así la vanidad a lo útil; o más bien, odiaba lo útil y amaba la vanidad. «Uno y uno son dos, dos y dos cuatro» era para mí una canción odiosa; y no conocía espectáculo más dulce que el fantasma de un caballo de madera lleno de hombres armados, que el incendio de Troya y la sombra de Creúsa.