Su aversión a la lengua griega.
¿Por qué, pues, odiaba tanto la lengua griega, llena de esas fábulas? Pues Homero sobresale en urdir tales ficciones. Dulce mentiroso, era sin embargo amargo para mi infancia. Bien creo que lo mismo ocurre con Virgilio para los jóvenes griegos, obligados a aprenderlo con tanta dificultad como yo aprendía a su poeta.
La dificultad de aprender aquella lengua extranjera condimentaba con hiel el dulce sabor de las fábulas griegas. Ni una sola palabra me era conocida; y, además, terribles amenazas de castigos para obligarme a aprender. Tampoco conocía el latín cuando era niño; y, sin embargo, con solo prestar atención lo había aprendido, entre los abrazos de mis nodrizas, sus alegres juegos y sus risueñas caricias.
Así lo aprendí sin que me apremiara el peso del temor, solicitado únicamente por mi alma, afanada en dar a luz sus pensamientos, que no podía alumbrar sino con la ayuda de las palabras retenidas sin lecciones, al oírlas de boca de los demás, cuyo oído recibía las primeras confidencias de mis impresiones. Prueba de que, en este aprendizaje, una necesidad temerosa es un maestro menos poderoso que una curiosidad libre. Pero la primera contiene los caprichos fluctuantes de la segunda, gracias a Tus leyes, Dios mío, Tus leyes que, desde la férula de la escuela hasta la prueba del martirio, al darnos a beber amarguras saludables, saben hacernos volver a Ti, lejos del encanto envenenado que nos había apartado de Ti.
¿Por qué, pues, odiaba tanto la lengua griega, llena de esas fábulas? Pues Homero sobresale en urdir tales ficciones. Dulce mentiroso, era sin embargo amargo para mi infancia. Bien creo que lo mismo ocurre con Virgilio para los jóvenes griegos, obligados a aprenderlo con tanta dificultad como yo aprendía a su poeta.
La dificultad de aprender aquella lengua extranjera condimentaba con hiel el dulce sabor de las fábulas griegas. Ni una sola palabra me era conocida; y, además, terribles amenazas de castigos para obligarme a aprender. Tampoco conocía el latín cuando era niño; y, sin embargo, con solo prestar atención lo había aprendido, entre los abrazos de mis nodrizas, sus alegres juegos y sus risueñas caricias.
Así lo aprendí sin que me apremiara el peso del temor, solicitado únicamente por mi alma, afanada en dar a luz sus pensamientos, que no podía alumbrar sino con la ayuda de las palabras retenidas sin lecciones, al oírlas de boca de los demás, cuyo oído recibía las primeras confidencias de mis impresiones. Prueba de que, en este aprendizaje, una necesidad temerosa es un maestro menos poderoso que una curiosidad libre. Pero la primera contiene los caprichos fluctuantes de la segunda, gracias a Tus leyes, Dios mío, Tus leyes que, desde la férula de la escuela hasta la prueba del martirio, al darnos a beber amarguras saludables, saben hacernos volver a Ti, lejos del encanto envenenado que nos había apartado de Ti.