De los sentimientos que hay que conservar después de este ejercicio.
El día en que usted haya hecho esta renovación, y los días siguientes, debe repetir muy a menudo de corazón y de boca estas ardientes palabras de San Pablo, de San Agustín, de Santa Catalina de Génova y de otros: No, ya no soy mío; viva o muera, soy de mi Salvador. Ya no tengo nada mío ni me pertenezco: mi yo es Jesús, y lo mío es ser Suyo. ¡Oh mundo! Tú sigues siendo siempre el mismo, y yo siempre he sido el mismo; pero de ahora en adelante ya no seré el mismo. No, ya no seremos los mismos, porque tendremos el corazón cambiado; y el mundo, que tanto nos ha engañado, será engañado por nosotros; pues, al no advertir nuestro cambio sino poco a poco, siempre nos creerá Esaús, y resultará que somos Jacobes.
Es preciso que todos estos ejercicios permanezcan bien en nuestro corazón y que, dejando nuestras consideraciones y oraciones, pasemos con toda tranquilidad a nuestros asuntos, por temor a que el licor de nuestras resoluciones se derrame y se pierda; pues es preciso que empape y penetre todas las partes de nuestra alma: todo ello, sin embargo, sin esfuerzo alguno, ni de la mente ni del cuerpo.
El día en que usted haya hecho esta renovación, y los días siguientes, debe repetir muy a menudo de corazón y de boca estas ardientes palabras de San Pablo, de San Agustín, de Santa Catalina de Génova y de otros: No, ya no soy mío; viva o muera, soy de mi Salvador. Ya no tengo nada mío ni me pertenezco: mi yo es Jesús, y lo mío es ser Suyo. ¡Oh mundo! Tú sigues siendo siempre el mismo, y yo siempre he sido el mismo; pero de ahora en adelante ya no seré el mismo. No, ya no seremos los mismos, porque tendremos el corazón cambiado; y el mundo, que tanto nos ha engañado, será engañado por nosotros; pues, al no advertir nuestro cambio sino poco a poco, siempre nos creerá Esaús, y resultará que somos Jacobes.
Es preciso que todos estos ejercicios permanezcan bien en nuestro corazón y que, dejando nuestras consideraciones y oraciones, pasemos con toda tranquilidad a nuestros asuntos, por temor a que el licor de nuestras resoluciones se derrame y se pierda; pues es preciso que empape y penetre todas las partes de nuestra alma: todo ello, sin embargo, sin esfuerzo alguno, ni de la mente ni del cuerpo.