Catolicismo

Introducción a la vida devota, capítulo xi (97)

Sobre la inquietud.
La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la que provienen varias tentaciones. Diré, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que un dolor del espíritu que sentimos por el mal que hay en nosotros a pesar nuestro, ya sea que el mal sea exterior, como la pobreza, la enfermedad, el desprecio; ya sea que sea interior, como la ignorancia, la sequedad de corazón, la aversión al bien y las tentaciones. Así pues, cuando el alma siente que tiene algún mal, le disgusta tenerlo, y eso es la tristeza; el deseo de quedar libre del mal y de tener los medios para librarse de él sigue inmediatamente a la tristeza, y hasta ahí tenemos razón; pues cada cual desea naturalmente el bien y huye de lo que piensa que es malo.
Si el alma busca los medios para librarse de su mal por amor a Dios, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y calma, esperando su liberación más de la bondad y la providencia de Dios que de su esfuerzo, su industria y sus cuidados. Si busca su liberación por amor a sí misma, se apresura y se acalora en la búsqueda de los medios, como si ese bien dependiera más de ella que de Dios. No digo que piense eso, sino que se apresura como si lo pensara.
Pero si no encuentra enseguida lo que desea, cae en grandes inquietudes e impaciencias que, lejos de quitar el mal, no hacen más que agravarlo; y el alma, cayendo entonces en angustias y tristezas desmedidas, experimenta tal desfallecimiento de fuerzas y de ánimo que le parece que su mal ya no tiene remedio. Usted ve, pues, que la tristeza, que al principio es justa, engendra inquietud; y la inquietud engendra después un aumento de tristeza que es extremadamente peligroso.
La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir al alma después del pecado; pues, así como las sediciones y los disturbios interiores arruinan por completo un Estado e impiden que pueda resistir a sus enemigos, de la misma manera, cuando nuestro corazón está turbado e inquieto por dentro, ya no tiene fuerzas ni para conservar las virtudes que había adquirido ni siquiera para resistir las tentaciones del enemigo, que entonces hace todos sus esfuerzos por pescar, como suele decirse, en aguas turbulentas.
La inquietud proviene de un deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera; y, sin embargo, nada empeora más el mal ni aleja más el bien que la inquietud y la precipitación. Las aves quedan atrapadas en las redes y las trampas porque, al verse enredadas, se debaten y se agitan mucho para salir, con lo que no hacen más que enredarse aún más. Por tanto, cuando se vea apremiada por el deseo de librarse de algún mal o de alcanzar algún bien, antes que nada, ponga su espíritu en calma, haga reposar su juicio y su voluntad; y luego, con toda calma y suavidad, siga el impulso de su deseo, tomando ordenadamente los medios que sean convenientes; y cuando digo con toda calma, no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, sin turbación ni inquietud: de lo contrario, en vez de obtener todo el efecto de su deseo, lo echará todo a perder y no hará más que enredarse aún más.
_¡Oh, Señor!_ decía David: _mi alma está siempre entre mis manos, y no he olvidado Tu ley._ Examínese más de una vez al día, Filotea, pero al menos por la mañana y por la noche, para ver si tiene su alma entre sus manos, o si alguna pasión o inquietud se la ha arrebatado. Considere si tiene su corazón bajo su dominio, o si no se le ha escapado de las manos para entregarse a algún afecto desordenado de amor, odio, envidia, avaricia, temor, tristeza o alegría. Y si se ha extraviado, búsquelo antes que nada y tráigalo suavemente a la presencia de Dios, sometiendo sus afectos y deseos a la obediencia y dirección de Su divina voluntad; pues, así como quienes temen perder algo precioso lo mantienen bien apretado en la mano, así también nosotros, siguiendo el ejemplo de David, debemos decir siempre: _¡Oh, Dios mío! Mi alma corre peligro de perderse; por eso la llevo siempre entre mis manos, y por eso no he olvidado Tu ley._
No permita nunca que sus deseos la inquieten, por pequeños o poco importantes que sean; pues, después de los pequeños, los grandes y más importantes encontrarían su corazón más dispuesto al desasosiego y al desorden. Cuando sienta que sobreviene la inquietud, encomiéndese a Dios y resuélvase a no hacer absolutamente nada de lo que su deseo le pide hasta que la inquietud haya pasado por completo, a menos que no sea posible aplazarlo; en ese caso, debe contener con un esfuerzo suave y tranquilo la impetuosidad de su deseo, moderándolo y calmándolo lo mejor que pueda; y entonces hacer aquello, no según su deseo, sino según la razón.
Si puede comunicar su inquietud a quien guía su alma, o al menos a algún amigo prudente y sabio, no dude que enseguida se sentirá aliviada; pues comunicar las penas del corazón produce en el alma el mismo efecto que la sangría en el cuerpo de quien tiene fiebre continua: es el remedio de los remedios. Por eso el rey San Luis dio este consejo a su hijo: Cuando tenga algo en el corazón, dígaselo enseguida a su confesor o a alguna persona de confianza, y el consuelo que recibirá de ello le ayudará a llevar más ligeramente su pena.

Fuente François de Sales, Introduction à la vie dévote (1609), Project Gutenberg #53540 — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice