Aliento al alma que está en la tentación.
Estos grandes asaltos y estas tentaciones tan poderosas, Filotea, Dios nunca los permite sino contra las almas a las que quiere elevar a Su amor puro y excelente; pero no se sigue por ello que después de esto tengan asegurado alcanzarlo, pues muchas veces ha sucedido que quienes habían permanecido constantes en ataques tan violentos, al no corresponder después fielmente al favor divino, se han visto vencidos en tentaciones muy pequeñas. Digo esto para que, si alguna vez le sucede verse afligida por tentaciones tan grandes, sepa que Dios le concede un favor extraordinario, por el cual declara que quiere engrandecerla a Sus ojos, y para que, sin embargo, permanezca siempre humilde y temerosa, sin prometerse que podrá vencer las pequeñas tentaciones después de haber superado las grandes, sino mediante una fidelidad continua a los movimientos de la gracia.
Estos grandes asaltos y estas tentaciones tan poderosas, Filotea, Dios nunca los permite sino contra las almas a las que quiere elevar a Su amor puro y excelente; pero no se sigue por ello que después de esto tengan asegurado alcanzarlo, pues muchas veces ha sucedido que quienes habían permanecido constantes en ataques tan violentos, al no corresponder después fielmente al favor divino, se han visto vencidos en tentaciones muy pequeñas. Digo esto para que, si alguna vez le sucede verse afligida por tentaciones tan grandes, sepa que Dios le concede un favor extraordinario, por el cual declara que quiere engrandecerla a Sus ojos, y para que, sin embargo, permanezca siempre humilde y temerosa, sin prometerse que podrá vencer las pequeñas tentaciones después de haber superado las grandes, sino mediante una fidelidad continua a los movimientos de la gracia.
Dicho esto, algunas tentaciones que le sobrevengan y cualquier deleite que se siga de ellas, mientras su voluntad rehúse dar su consentimiento, no solo a la tentación, sino también al deleite, no se turbe en absoluto, pues Dios no se siente ofendido por ello. Cuando un hombre está desmayado y ya no da señal alguna de vida, se le pone la mano sobre el corazón; y, si se percibe el menor movimiento, se juzga que está vivo y que, con algún licor fuerte y sutil, se le puede hacer recobrar el sentido. Así sucede a veces que, por la violencia de las tentaciones, parece que nuestra alma ha caído en un desfallecimiento total de sus fuerzas y que, como desmayada, ya no tiene movimiento ni vida espiritual; pero, si queremos saber qué ocurre, pongamos la mano sobre el corazón. Consideremos si el corazón y la voluntad conservan aún su movimiento espiritual, es decir, si cumplen bien con su deber al negarse a consentir en la tentación y en el deleite; pues, mientras el movimiento de rechazo permanezca en nuestro corazón, estamos seguros de que la caridad, verdadera vida de nuestra alma, está en nosotros y de que Jesucristo, nuestro Salvador, se encuentra en nuestro corazón, aunque allí esté cubierto y oculto; de modo que, mediante la práctica continua de la oración, los sacramentos y la confianza en Dios, recobraremos las fuerzas y viviremos una vida muy dulce y muy perfecta.