Cómo pueden ser pecados la tentación y la delectación.
La princesa de quien hemos hablado no puede ser culpada por la propuesta que se le hace, puesto que, como hemos supuesto, le llega contra su voluntad. Pero si, por el contrario, ella se la hubiera buscado con ciertas maneras que hubieran podido hacer surgir tal pensamiento, queriendo, por ejemplo, agradar a quien la corteja, indudablemente sería culpable de la búsqueda misma; y, aunque se hiciera la delicada, no dejaría de merecer el reproche y el castigo. Así sucede a veces que la sola tentación nos hace pecar, porque somos causa de que nos sobrevenga. Por ejemplo, sé que al jugar estoy expuesto a la ira y a la blasfemia, y que el juego me sirve de tentación para ello; desde ese momento, peco cada vez que juego y soy culpable de todas las tentaciones que me sobrevienen mientras juego. Del mismo modo, sé que cierta compañía es para mí ocasión de tentación y de caída y, sin embargo, voy allí voluntariamente; es indudable que soy culpable de todas las tentaciones que allí tenga.
Cuando puede evitarse la delectación que surge de la tentación, recibirla es siempre pecado; y el pecado es mayor o menor según que el placer que se encuentra en ello y el consentimiento que se da sean grandes o pequeños, de larga o corta duración. Si esta princesa de quien hemos hablado escucha no solo la propuesta deshonesta que se le hace, sino que además se complace en ella y ocupa su corazón con alegría, es muy censurable; pues, aunque no quiera llevar a cabo lo que se le pide, consiente, no obstante, en aplicarle su corazón por el placer que encuentra en ello: ahora bien, aplicar voluntariamente el corazón a algo deshonesto es siempre censurable; y la falta consiste de tal manera en aplicar el corazón que, sin ello, la aplicación de los sentidos no puede ser pecado.
La princesa de quien hemos hablado no puede ser culpada por la propuesta que se le hace, puesto que, como hemos supuesto, le llega contra su voluntad. Pero si, por el contrario, ella se la hubiera buscado con ciertas maneras que hubieran podido hacer surgir tal pensamiento, queriendo, por ejemplo, agradar a quien la corteja, indudablemente sería culpable de la búsqueda misma; y, aunque se hiciera la delicada, no dejaría de merecer el reproche y el castigo. Así sucede a veces que la sola tentación nos hace pecar, porque somos causa de que nos sobrevenga. Por ejemplo, sé que al jugar estoy expuesto a la ira y a la blasfemia, y que el juego me sirve de tentación para ello; desde ese momento, peco cada vez que juego y soy culpable de todas las tentaciones que me sobrevienen mientras juego. Del mismo modo, sé que cierta compañía es para mí ocasión de tentación y de caída y, sin embargo, voy allí voluntariamente; es indudable que soy culpable de todas las tentaciones que allí tenga.
Cuando puede evitarse la delectación que surge de la tentación, recibirla es siempre pecado; y el pecado es mayor o menor según que el placer que se encuentra en ello y el consentimiento que se da sean grandes o pequeños, de larga o corta duración. Si esta princesa de quien hemos hablado escucha no solo la propuesta deshonesta que se le hace, sino que además se complace en ella y ocupa su corazón con alegría, es muy censurable; pues, aunque no quiera llevar a cabo lo que se le pide, consiente, no obstante, en aplicarle su corazón por el placer que encuentra en ello: ahora bien, aplicar voluntariamente el corazón a algo deshonesto es siempre censurable; y la falta consiste de tal manera en aplicar el corazón que, sin ello, la aplicación de los sentidos no puede ser pecado.
Cuando, pues, usted sea tentada por algún pecado, considere si ha dado voluntariamente motivo para ser tentada; porque entonces la misma tentación la pone en estado de pecado, a causa del peligro en que usted se ha metido; y esto se entiende si ha podido evitar cómodamente la ocasión y ha previsto o debido prever la llegada de la tentación. Pero si usted no ha dado ningún motivo a la tentación, esta no puede imputársele en modo alguno como pecado.
Cuando el deleite que sigue a la tentación ha podido evitarse y, sin embargo, no se ha evitado, siempre hay alguna especie de pecado, según cuánto se haya detenido uno en él, y según la causa del placer que se haya tomado. Una mujer que, sin haber dado motivo alguno a los galanteos, siente, no obstante, placer en ellos, no deja de ser culpable si el placer que siente no tiene otra causa que los mismos galanteos; pero si quien quiere inspirarle amor tocara el laúd a la perfección y ella sintiera placer, no por sus malas pretensiones, sino por la armonía y la dulzura del laúd, no habría pecado por su parte; sin embargo, no debería prolongar mucho ese placer, por temor a pasar al de ser cortejada. Del mismo modo, si alguien me propone una estratagema llena de ingenio y artificio para vengarme de mi enemigo, y yo no siento placer alguno ni doy ningún consentimiento a la venganza que se me propone, sino solo a la sutileza del artificio, es cierto que no peco; sin embargo, no conviene que me entretenga mucho con ese placer, por temor a que poco a poco me lleve al deleite de la venganza misma.
Cuando el deleite que sigue a la tentación ha podido evitarse y, sin embargo, no se ha evitado, siempre hay alguna especie de pecado, según cuánto se haya detenido uno en él, y según la causa del placer que se haya tomado. Una mujer que, sin haber dado motivo alguno a los galanteos, siente, no obstante, placer en ellos, no deja de ser culpable si el placer que siente no tiene otra causa que los mismos galanteos; pero si quien quiere inspirarle amor tocara el laúd a la perfección y ella sintiera placer, no por sus malas pretensiones, sino por la armonía y la dulzura del laúd, no habría pecado por su parte; sin embargo, no debería prolongar mucho ese placer, por temor a pasar al de ser cortejada. Del mismo modo, si alguien me propone una estratagema llena de ingenio y artificio para vengarme de mi enemigo, y yo no siento placer alguno ni doy ningún consentimiento a la venganza que se me propone, sino solo a la sutileza del artificio, es cierto que no peco; sin embargo, no conviene que me entretenga mucho con ese placer, por temor a que poco a poco me lleve al deleite de la venganza misma.
A veces nos sorprendemos disfrutando de la tentación, y esto no puede ser sino un pecado venial leve, que se vuelve más grave si, después de habernos dado cuenta del mal en que estamos, permanecemos algún tiempo, por negligencia, sopesando el deleite, sin saber si debemos aceptarlo o rechazarlo; y el pecado es aún más grave si, al darnos cuenta, permanecemos en él algún tiempo por verdadera negligencia y sin ninguna intención de rechazarlo; pero cuando voluntariamente y con deliberación resolvemos complacernos en tales deleites, esta deliberación es por sí misma un gran pecado, si el objeto en que nos complacemos es notablemente malo. Es un gran vicio en una mujer querer mantener amores ilícitos, aunque nunca quiera abandonarse a ellos.