Catolicismo

Introducción a la vida devota, capítulo xxxv (80)

Que es necesario ser fiel en las cosas pequeñas tanto como en las grandes.
El Esposo sagrado de los Cantares dice que su esposa le ha robado el corazón con uno de sus ojos y con uno de sus cabellos. Ahora bien, de todas las partes exteriores del cuerpo humano, no hay ninguna más admirable que el ojo, ya sea por su forma, ya sea por su actividad, ni ninguna más vil que el cabello. Por eso, el divino Esposo quiere dar a entender que no solo le agradan las grandes obras de las personas devotas, sino también las más pequeñas y humildes; y que, para servirle a Su gusto, hay que procurar servirle bien, tanto en las cosas importantes y elevadas como en las cosas pequeñas y despreciables, puesto que podemos robar igualmente Su corazón de amor por unas y por otras.
Prepárese, pues, Filotea, para sufrir muchas y grandes aflicciones por Nuestro Señor, e incluso el martirio; esté bien resuelta a darle todo lo que tiene de más precioso, si le placiera tomarlo: padre, madre, hermano, marido, esposa, hijos, incluso sus propios ojos y su vida; pues su corazón debe estar dispuesto a todos estos sacrificios; pero mientras la divina Providencia no le envíe aflicciones tan grandes y sensibles, y no le pida sus ojos, déle al menos sus cabellos. Quiero decir: soporte con dulzura esas injurias, esas pequeñas contrariedades, esas pérdidas de poca importancia que le ocurren a diario; pues, aprovechando estas pequeñas ocasiones con mucho amor y caridad, ganará por completo Su corazón y lo hará enteramente suyo. Estas pequeñas obligaciones de todos los días, ese dolor de cabeza, ese dolor de muelas, ese catarro, esa rareza del marido o de la esposa, ese vaso roto, ese desprecio o ese gesto de desagrado, esa pérdida de guantes, de un anillo, de un pañuelo, esa pequeña incomodidad de acostarse temprano y levantarse de mañana para orar, para comulgar, esa pequeña vergüenza que se siente al realizar públicamente ciertas prácticas de devoción; en suma, todas estas pequeñas miserias, aceptadas y acogidas con amor, serán muy agradables a la bondad divina, que, por un solo vaso de agua dado en Su nombre, ha prometido a Sus fieles torrentes de felicidad; y, como estas ocasiones se presentan a cada momento, vea qué caudales de riquezas espirituales podemos acumular si sabemos aprovecharlas bien.
Cuando vi en la vida de santa Catalina de Siena tantos arrobamientos y éxtasis, tantas palabras de sublime sabiduría, e incluso predicaciones hechas por ella, no dudé de que, con ese ojo de contemplación, había arrebatado el corazón de su celestial Esposo; pero también sentí gran consuelo al verla en la cocina de su padre, dar humildemente vueltas al asador, avivar el fuego, preparar la carne, amasar el pan y realizar los oficios más humildes de la casa con un ánimo lleno de amor por su Dios; y no estimo menos las pequeñas y sencillas meditaciones que hacía entre ocupaciones tan humildes que los éxtasis y arrobamientos que tuvo tan a menudo, y que quizá no fueron sino la recompensa de su humildad y de su abyección. Ahora bien, así meditaba: Se imaginaba que, al preparar la cena para su padre, la preparaba para Nuestro Señor, como otra santa Marta; que su madre ocupaba el lugar de la Santísima Virgen, y sus hermanos, el de los apóstoles; de ese modo se animaba a servir en espíritu a toda la corte celestial, y se dedicaba a aquellas humildes tareas con gran consuelo, porque sabía que tal era la voluntad de Dios. He citado este ejemplo, Filotea, para que sepa usted cuán importante es realizar todas nuestras acciones, por pequeñas y humildes que sean, con el propósito de servir y honrar a la divina Majestad.
Para esto, le aconsejo cuanto puedo que imite a aquella mujer fuerte, a quien Salomón tanto alabó, la cual, ocupándose de cosas grandes, fuertes y generosas, no dejaba por eso de hilar y hacer girar el huso: _Puso su mano en cosas fuertes, y sus dedos tomaron el huso._ Ponga también su mano en cosas fuertes, ejercitándose en la oración y la meditación, en el uso de los sacramentos, en inspirar el amor de Dios al prójimo, en infundir buenas inspiraciones en los corazones y, en fin, en realizar obras grandes e importantes, según su vocación. Pero, al mismo tiempo, no olvide su huso y su rueca; es decir, practique las virtudes pequeñas y humildes, que, como sencillas flores, crecen al pie de la cruz: el servicio de los pobres, la visita a los enfermos, el cuidado de la familia con las obras que de él dependen y esa actividad preciosa que no le dejará ni un solo instante ociosa; y, en medio de todo esto, ocúpese de vez en cuando en consideraciones semejantes a las de santa Catalina de Siena, de quien acabo de hablarle.
Las grandes ocasiones de servir a Dios se presentan rara vez; pero las pequeñas son muy comunes. Ahora bien, _quien sea fiel en las cosas pequeñas_, dice el Salvador mismo, _será puesto al frente de las grandes_. Haga, pues, todas las cosas en nombre de Dios, y todas estarán bien hechas, ya coma, ya beba, ya duerma, ya juegue, ya dé vueltas al asador: con tal de que sepa administrar bien sus asuntos, aprovechará mucho ante Dios, haciendo todas estas cosas porque Dios quiere que las haga.

Fuente François de Sales, Introduction à la vie dévote (1609), Project Gutenberg #53540 — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice