Algunos otros consejos sobre la manera de hablar.
Que su lenguaje sea dulce, franco, sincero, llano, sencillo y fiel. Guárdese de las duplicidades y los engaños; pues, aunque no sea bueno decir siempre toda clase de verdades, tampoco se debe hablar nunca contra la verdad: acostúmbrese a no mentir jamás a sabiendas, ya sea para excusarse o por cualquier otro motivo, recordando que Dios es el Dios de la verdad. Si miente por descuido y puede reparar enseguida su falta con alguna explicación, no deje de hacerlo; una excusa verdadera tiene mucha más gracia y fuerza para excusar que una mentira.
Aunque a veces se pueda, con prudencia y discreción, disfrazar y encubrir la verdad mediante algún artificio de palabras, no se debe recurrir a ello sino en asuntos importantes, y cuando la gloria y el servicio de Dios lo exijan claramente; fuera de eso, los artificios son peligrosos, pues, como dice la Sagrada Escritura, _el Espíritu Santo no habita en un corazón disimulado y doble_. No hay astucia mejor ni más deseable que la sencillez. La prudencia mundana y los artificios de la carne pertenecen a los hijos del siglo; pero los hijos de Dios caminan sin rodeos y tienen el corazón sin dobleces: _Quien camina con sencillez_, dice el Sabio, _camina seguro_; la mentira, la duplicidad y el fingimiento anuncian siempre un espíritu débil y vil.
Que su lenguaje sea dulce, franco, sincero, llano, sencillo y fiel. Guárdese de las duplicidades y los engaños; pues, aunque no sea bueno decir siempre toda clase de verdades, tampoco se debe hablar nunca contra la verdad: acostúmbrese a no mentir jamás a sabiendas, ya sea para excusarse o por cualquier otro motivo, recordando que Dios es el Dios de la verdad. Si miente por descuido y puede reparar enseguida su falta con alguna explicación, no deje de hacerlo; una excusa verdadera tiene mucha más gracia y fuerza para excusar que una mentira.
Aunque a veces se pueda, con prudencia y discreción, disfrazar y encubrir la verdad mediante algún artificio de palabras, no se debe recurrir a ello sino en asuntos importantes, y cuando la gloria y el servicio de Dios lo exijan claramente; fuera de eso, los artificios son peligrosos, pues, como dice la Sagrada Escritura, _el Espíritu Santo no habita en un corazón disimulado y doble_. No hay astucia mejor ni más deseable que la sencillez. La prudencia mundana y los artificios de la carne pertenecen a los hijos del siglo; pero los hijos de Dios caminan sin rodeos y tienen el corazón sin dobleces: _Quien camina con sencillez_, dice el Sabio, _camina seguro_; la mentira, la duplicidad y el fingimiento anuncian siempre un espíritu débil y vil.
San Agustín había dicho, en el cuarto libro de sus Confesiones, que su alma y la de su amigo no eran sino una sola alma, y que la vida le causaba horror desde la muerte de su amigo, porque no quería vivir a medias, y que, sin embargo, por eso mismo temía morir, por miedo de que su amigo muriera del todo. Más tarde, estas palabras le parecieron demasiado rebuscadas y afectadas, de modo que las revocó en el libro de sus Retractaciones y las llamó una necedad. ¿Ve usted, Filotea, cuán sensible es esta santa y hermosa alma a la afectación de las palabras? Ciertamente, la fidelidad, la franqueza y la sinceridad en el lenguaje son un gran ornamento de la vida cristiana: _Lo he resuelto_, decía David, _cuidaré mis caminos para no pecar con mi lengua. ¡Ah, Señor, pon una guardia en mi boca y una puerta de prudencia en mis labios._
Es un principio del rey San Luis que nunca se debe contradecir a nadie, a menos que haya pecado o algún gran perjuicio en estar de acuerdo con esa persona. Este es el medio para evitar un sinnúmero de contestaciones y disputas. Ahora bien, cuando importa contradecir a los demás y oponer la propia opinión a la suya, hay que hacerlo con gran dulzura y precaución, sin querer violentar en modo alguno su espíritu; pues, de todos modos, no se gana nada tratando las cosas con aspereza.
Es un principio del rey San Luis que nunca se debe contradecir a nadie, a menos que haya pecado o algún gran perjuicio en estar de acuerdo con esa persona. Este es el medio para evitar un sinnúmero de contestaciones y disputas. Ahora bien, cuando importa contradecir a los demás y oponer la propia opinión a la suya, hay que hacerlo con gran dulzura y precaución, sin querer violentar en modo alguno su espíritu; pues, de todos modos, no se gana nada tratando las cosas con aspereza.
La regla de hablar poco, tan recomendada por los antiguos sabios, no debe entenderse en el sentido de que haya que decir pocas palabras, sino de que no hay que decir muchas inútiles; pues, en lo que respecta a las palabras, no se atiende a la cantidad, sino a la calidad; y me parece que aquí hay que evitar dos excesos: el primero es hacerse demasiado el entendido y el severo, rehusándose a contribuir a las conversaciones familiares que tienen lugar durante la charla, porque entonces parece que falta confianza, o que hay cierta clase de desprecio; el segundo es bromear y parlotear siempre, sin dejar a los demás ni el tiempo ni la oportunidad de decir lo que quieren, porque eso revela un espíritu frívolo y ligero.
A San Luis no le gustaba que, estando en compañía, se hablara en secreto y en confidencia, sobre todo en la mesa, porque eso hacía suponer que se hablaba mal de los demás: _Quien_, decía, _está a la mesa en buena compañía y tiene alguna broma que contar, debe contarla para todos; pero, si es algo poco importante, debe callárselo y no contárselo a nadie._
A San Luis no le gustaba que, estando en compañía, se hablara en secreto y en confidencia, sobre todo en la mesa, porque eso hacía suponer que se hablaba mal de los demás: _Quien_, decía, _está a la mesa en buena compañía y tiene alguna broma que contar, debe contarla para todos; pero, si es algo poco importante, debe callárselo y no contárselo a nadie._