De la honestidad de las palabras y del respeto que se debe a las personas.
_Si alguien no peca de palabra_, dice el apóstol Santiago, _es un hombre perfecto._ Guárdese cuidadosamente de toda palabra deshonesta; porque, aunque usted no la diga con mala intención, siempre puede suceder que quienes la oyen la interpreten de otra manera. La palabra deshonesta, al caer en un corazón débil, se extiende y se dilata como una gota de aceite sobre un paño; y a veces se apodera tanto del corazón, que lo llena de mil pensamientos y tentaciones culpables. Porque, si el veneno del cuerpo entra por la boca, el veneno del corazón entra por el oído; y la lengua que lo produce es verdaderamente homicida, pues, aunque tal vez el veneno que ha arrojado no haya surtido efecto, debido al antídoto que se haya encontrado en los corazones, siempre es cierto que no ha sido por falta de su malicia que no los haya hecho morir. Y que nadie diga que no pensó en ello; pues Nuestro Señor, que conoce los pensamientos, dijo _que la boca habla de la abundancia del corazón_. Y si nosotros no pensamos mal en ello, el demonio, sin embargo, piensa mucho, y se sirve siempre secretamente de esas malas palabras para atravesar con ellas el corazón de alguien. Se dice que quienes han comido la hierba llamada _angélica_ tienen siempre el aliento dulce y agradable; y quienes tienen bien arraigadas en el corazón la honestidad y la castidad, que es por excelencia la virtud angélica, tienen siempre en la boca palabras puras, castas y honestas. En cuanto a las cosas groseras y necias, el Apóstol no quiere siquiera que se las nombre, asegurándonos que _nada corrompe tanto las buenas costumbres como las malas conversaciones_.
_Si alguien no peca de palabra_, dice el apóstol Santiago, _es un hombre perfecto._ Guárdese cuidadosamente de toda palabra deshonesta; porque, aunque usted no la diga con mala intención, siempre puede suceder que quienes la oyen la interpreten de otra manera. La palabra deshonesta, al caer en un corazón débil, se extiende y se dilata como una gota de aceite sobre un paño; y a veces se apodera tanto del corazón, que lo llena de mil pensamientos y tentaciones culpables. Porque, si el veneno del cuerpo entra por la boca, el veneno del corazón entra por el oído; y la lengua que lo produce es verdaderamente homicida, pues, aunque tal vez el veneno que ha arrojado no haya surtido efecto, debido al antídoto que se haya encontrado en los corazones, siempre es cierto que no ha sido por falta de su malicia que no los haya hecho morir. Y que nadie diga que no pensó en ello; pues Nuestro Señor, que conoce los pensamientos, dijo _que la boca habla de la abundancia del corazón_. Y si nosotros no pensamos mal en ello, el demonio, sin embargo, piensa mucho, y se sirve siempre secretamente de esas malas palabras para atravesar con ellas el corazón de alguien. Se dice que quienes han comido la hierba llamada _angélica_ tienen siempre el aliento dulce y agradable; y quienes tienen bien arraigadas en el corazón la honestidad y la castidad, que es por excelencia la virtud angélica, tienen siempre en la boca palabras puras, castas y honestas. En cuanto a las cosas groseras y necias, el Apóstol no quiere siquiera que se las nombre, asegurándonos que _nada corrompe tanto las buenas costumbres como las malas conversaciones_.
Porque si esas palabras indecorosas se dicen a escondidas, con finura y sutileza, son todavía infinitamente más peligrosas; pues, así como cuanto más puntiaguda es una flecha, más fácilmente penetra en nuestros cuerpos, del mismo modo, cuanto más aguda es una mala palabra, más profundamente penetra en nuestros corazones; y quienes creen ser muy amables al decir tales palabras en compañía no saben para qué se reúnen las personas; pues deberían ser como enjambres de abejas reunidas para hacer la miel de alguna conversación dulce y virtuosa, y no como un montón de avispas adheridas a algo podrido. Así que, si algún necio le dice palabras indecentes, demuestre que ofenden sus oídos, ya sea apartándose, ya sea recurriendo a cualquier otro medio, según se lo sugiera la prudencia.
Una de las peores cualidades que puede tener un espíritu es ser burlón. Dios detesta sobremanera este vicio y en otro tiempo impuso por él castigos ejemplares. Nada es tan contrario a la caridad, y más aún a la devoción, como el desprecio al prójimo; ahora bien, la burla y la mofa nunca se producen sin ese desprecio. Por eso es un pecado muy grave; y los doctores tienen razón al decir que la burla es la mayor ofensa que se puede hacer al prójimo con palabras, porque las demás ofensas no impiden siempre que se estime a quien las recibe, mientras que esta va siempre acompañada de desdén y desprecio.
Una de las peores cualidades que puede tener un espíritu es ser burlón. Dios detesta sobremanera este vicio y en otro tiempo impuso por él castigos ejemplares. Nada es tan contrario a la caridad, y más aún a la devoción, como el desprecio al prójimo; ahora bien, la burla y la mofa nunca se producen sin ese desprecio. Por eso es un pecado muy grave; y los doctores tienen razón al decir que la burla es la mayor ofensa que se puede hacer al prójimo con palabras, porque las demás ofensas no impiden siempre que se estime a quien las recibe, mientras que esta va siempre acompañada de desdén y desprecio.
En cuanto a los juegos de palabras que tienen lugar entre personas de bien con una alegría dulce y modesta, pertenecen a la virtud que los griegos llaman _eutrapelia_ y que podemos llamar buena conversación: es una manera amable de recrearse, a propósito de los defectos y las pequeñas imperfecciones humanas de las que nadie está exento. Solo hay que guardarse de pasar de la broma a la burla; pues la burla provoca la risa por desprecio al prójimo, mientras que la broma la provoca por la libertad, el buen humor y la franqueza del corazón, unidos a la gentileza de unas cuantas palabras. Se cuenta de San Luis que, cuando los religiosos que tenía en su corte querían hablar de cosas serias después de la cena, él les decía: _No es el momento de razonar de ese modo, sino de recrearse con algunas ocurrencias; que cada uno diga, pues, libre y honestamente lo que quiera._ Y con ello quería dar ocasión a los nobles que lo rodeaban de recibir alguna muestra de su bondad. Por lo demás, Filotea, pasemos el tiempo recreándonos de tal manera que nos aseguremos siempre la santa eternidad mediante la devoción.