Hablar, y en primer lugar, cómo se debe hablar de Dios.
Los médicos adquieren un gran conocimiento de la salud o de la enfermedad de una persona al examinarle la lengua; y nuestras palabras son también verdaderos indicios de las cualidades de nuestra alma. _Por tus palabras_, dice el Salvador, _serás justificado, y por tus palabras serás condenado._
Llevamos enseguida la mano al dolor que sentimos, y la lengua al amor que tenemos. Si, pues, Filotea, tienes un verdadero amor a Dios, hablarás a menudo de Dios en las conversaciones particulares que mantengas con tus parientes, tus amigos y tus vecinos. Sí, _porque la boca del justo meditará la sabiduría, y su lengua hablará de justicia._ Y así como las abejas siempre tienen en su pequeña trompa algo de la miel que destilan, del mismo modo tu boca conservará el sabor de los buenos pensamientos que haya expresado; tu más dulce deleite será hacer brotar de tus labios las alabanzas de Dios, y experimentarás algo de aquella dulzura deliciosa que, según dicen, san Francisco tenía en la boca cada vez que pronunciaba el nombre del Señor.
Pero habla siempre de Dios como de Dios, es decir, con respeto y devoción; no haciendo la sabelotodo ni la predicadora, sino con gran espíritu de dulzura, caridad y humildad; destilando, como la esposa de los Cantares, la deliciosa miel de la devoción, y derramándola gota a gota, unas veces en el oído de uno, otras en el oído de otro, rogando a Dios en el fondo de tu alma que se digne hacer llegar ese santo rocío hasta el corazón de quienes te escuchan.
Los médicos adquieren un gran conocimiento de la salud o de la enfermedad de una persona al examinarle la lengua; y nuestras palabras son también verdaderos indicios de las cualidades de nuestra alma. _Por tus palabras_, dice el Salvador, _serás justificado, y por tus palabras serás condenado._
Llevamos enseguida la mano al dolor que sentimos, y la lengua al amor que tenemos. Si, pues, Filotea, tienes un verdadero amor a Dios, hablarás a menudo de Dios en las conversaciones particulares que mantengas con tus parientes, tus amigos y tus vecinos. Sí, _porque la boca del justo meditará la sabiduría, y su lengua hablará de justicia._ Y así como las abejas siempre tienen en su pequeña trompa algo de la miel que destilan, del mismo modo tu boca conservará el sabor de los buenos pensamientos que haya expresado; tu más dulce deleite será hacer brotar de tus labios las alabanzas de Dios, y experimentarás algo de aquella dulzura deliciosa que, según dicen, san Francisco tenía en la boca cada vez que pronunciaba el nombre del Señor.
Pero habla siempre de Dios como de Dios, es decir, con respeto y devoción; no haciendo la sabelotodo ni la predicadora, sino con gran espíritu de dulzura, caridad y humildad; destilando, como la esposa de los Cantares, la deliciosa miel de la devoción, y derramándola gota a gota, unas veces en el oído de uno, otras en el oído de otro, rogando a Dios en el fondo de tu alma que se digne hacer llegar ese santo rocío hasta el corazón de quienes te escuchan.
Sobre todo, hay que cumplir este oficio angélico con suavidad y agrado, no como una corrección, sino como una inspiración; porque es asombroso cuánto la dulzura es una buena manera de proponer las cosas y un poderoso incentivo para atraer los corazones.
Por tanto, no hable nunca de Dios ni de la devoción como por cumplir y conversar, sino siempre con atención y devoción. Digo esto para prevenirle contra una vanidad peligrosa que se encuentra en muchas personas que profesan la piedad, las cuales dicen a cada paso palabras santas y fervorosas en forma de discurso y sin pensar en absoluto en ellas; y que, después de haberlas dicho, se creen ser como sus palabras parecen indicarlo, lo cual, por desgracia, no es así.
Por tanto, no hable nunca de Dios ni de la devoción como por cumplir y conversar, sino siempre con atención y devoción. Digo esto para prevenirle contra una vanidad peligrosa que se encuentra en muchas personas que profesan la piedad, las cuales dicen a cada paso palabras santas y fervorosas en forma de discurso y sin pensar en absoluto en ellas; y que, después de haberlas dicho, se creen ser como sus palabras parecen indicarlo, lo cual, por desgracia, no es así.