De la decencia de la vestimenta.
San Pablo quiere que las mujeres cristianas (lo mismo hay que decir de los hombres) vistan ropa decente, adornándose con modestia y recato. Ahora bien, la decencia de la vestimenta y de los demás adornos depende de la materia, de la forma y de la limpieza.
En cuanto a la limpieza, debe ser casi siempre la misma en nuestra vestimenta, en la cual, en la medida de lo posible, no hay que dejar ninguna clase de suciedad ni mancha. La limpieza exterior representa de algún modo la pureza interior; por eso Dios exige una gran pureza corporal de quienes se acercan a Sus altares y de quienes están consagrados de manera más particular a Su servicio.
San Pablo quiere que las mujeres cristianas (lo mismo hay que decir de los hombres) vistan ropa decente, adornándose con modestia y recato. Ahora bien, la decencia de la vestimenta y de los demás adornos depende de la materia, de la forma y de la limpieza.
En cuanto a la limpieza, debe ser casi siempre la misma en nuestra vestimenta, en la cual, en la medida de lo posible, no hay que dejar ninguna clase de suciedad ni mancha. La limpieza exterior representa de algún modo la pureza interior; por eso Dios exige una gran pureza corporal de quienes se acercan a Sus altares y de quienes están consagrados de manera más particular a Su servicio.
En cuanto a la materia y la forma de los vestidos, la decencia depende de varias circunstancias: del tiempo, de la edad, de las cualidades, de las compañías y de las ocasiones. Ordinariamente, uno se viste mejor los días de fiesta, según la importancia del día que se celebra; en los tiempos consagrados a la penitencia, como la Cuaresma, uno se descuida mucho; en las bodas se llevan vestidos nupciales; en las reuniones fúnebres, vestidos de luto; ante los príncipes se realza la propia condición; en la intimidad de la familia hay que olvidarla; la mujer casada puede y debe arreglarse cuando está con su marido y sabe que él lo desea; pero si hace lo mismo durante su ausencia, le preguntarán para qué tanto cuidado y esmero. Se permite más arreglo a las jóvenes, porque les está permitido querer agradar a varios, aunque solo sea para ganar a uno mediante un santo matrimonio. Tampoco se considera mal que las viudas casaderas se arreglen un poco, con tal de que no adopten los aires de la primera juventud; pues, habiendo pasado ya por el estado del matrimonio y por las penas de la viudez, se espera encontrarlas de espíritu maduro y sereno. Pero, en cuanto a las verdaderas viudas, es decir, las que lo son de corazón, ningún adorno les conviene, salvo la humildad, la modestia y la devoción. Pues si quieren ser cortejadas, no son verdaderas viudas; y si no quieren, ¿por qué tantas pretensiones? Quien no quiere recibir huéspedes no tiene más que quitar el letrero de su casa. Siempre se burlan de las personas mayores que quieren hacerse las bonitas; es una locura que, a lo sumo, solo se puede tolerar en la juventud.
Sea cuidadosa, Filotea, que no haya en usted nada descuidado ni desaliñado. Es despreciar a quienes nos rodean ir a verlos con un atuendo desagradable; pero guárdese sobre todo de los adornos afectados, las vanidades, las extravagancias y las necias búsquedas; manténgase siempre, en la medida de lo posible, del lado de la sencillez y la modestia: son el mayor adorno de la belleza y la mejor excusa de la fealdad. San Pedro advierte principalmente a las jóvenes que no lleven el cabello tan encrespado, rizado, ondulado y arreglado. Los hombres que son lo bastante débiles para entretenerse con tales tonterías son despreciados en todas partes por ser menos hombres que mujeres; y las mismas mujeres a quienes la vanidad ciega son tenidas por débiles en virtud; al menos, si la tienen, apenas se nota entre tantos adornos y bagatelas. Se dice que no se piensa mal al hacerlo; pero replico, como ya lo he hecho en otra parte, que el diablo siempre piensa mal. Por mi parte, quisiera que un devoto y una devota fueran siempre los mejor vestidos de la compañía, pero los menos ostentosos y afectados; y que estuvieran, como se dice en los Proverbios, adornados de gracia, decoro y dignidad. San Luis dice en pocas palabras que uno debe vestirse conforme a su condición, de modo que los sabios y prudentes no puedan decir: «Usted se excede», ni los jóvenes: «Usted hace muy poco». Y si los jóvenes no quieren conformarse con el decoro, entonces hay que atenerse al consejo de los sabios.