Catolicismo

Introducción a la vida devota, capítulo xxii (67)

Todavía tengo un consejo importante que darle sobre este tema. La amistad requiere una gran comunicación entre las almas; de otro modo, no podría nacer ni subsistir. Por eso ocurre a menudo que, junto con esas comunicaciones propias de la amistad, se deslizan insensiblemente muchas otras, y hacen que pasen al corazón de los amigos los mismos afectos, las mismas inclinaciones y los mismos gustos. Pero esto ocurre sobre todo cuando estimamos mucho a la persona que amamos; pues entonces abrimos tanto nuestro corazón a su amistad que, junto con ella, sus inclinaciones y sus cualidades entran fácilmente en él por entero, sean buenas o malas. Ciertamente, las abejas que hacen la miel de Heraclea solo buscan miel; sin embargo, junto con la miel, absorben insensiblemente las cualidades venenosas del acónito, del que recogen el néctar. ¡Oh Dios! Filotea, es aquí donde hay que poner en práctica la palabra que el Salvador de nuestras almas solía decir, según nos han enseñado los antiguos: _Sean buenos cambistas y buenos acuñadores_; es decir, no reciban la moneda falsa junto con la buena, ni el oro de baja ley junto con el oro fino; separen lo precioso de lo vil. Sí, pues casi no hay nadie que no tenga alguna imperfección; ¿y qué razón hay para aceptar los defectos y las imperfecciones de un amigo junto con su amistad? Sin duda, hay que amarlo a pesar de su imperfección, pero no hay que amar ni aceptar su imperfección; pues la amistad requiere la comunicación del bien, y no la del mal. Así como quienes extraen grava del Tajo separan el oro que encuentran en ella para llevárselo y dejan la arena en la orilla, del mismo modo quienes disfrutan de las comunicaciones de una amistad buena y santa deben separar de ellas la arena de las imperfecciones y no dejarla entrar en su alma. San Gregorio Nacianceno asegura que varios amigos y admiradores de San Basilio se habían dejado llevar a imitarlo hasta en sus imperfecciones exteriores, en su hablar pausado, su aire abstraído y pensativo, e incluso en la forma de su barba y en su manera de caminar; y vemos a maridos, mujeres, hijos y amigos que, por tener en gran estima a sus amigos, sus padres, sus maridos y sus mujeres, contraen por condescendencia o por imitación mil malos hábitos pequeños en el trato amistoso que mantienen entre sí. Ahora bien, esto no debe hacerse en absoluto; cada uno ya tiene suficientes malas inclinaciones propias, sin cargarse además con las de los demás; y la amistad no solo no exige eso, sino que, por el contrario, nos obliga a ayudarnos mutuamente para liberarnos de toda clase de imperfecciones. Hay que soportar con dulzura al amigo en sus imperfecciones, pero no hay que mantenerlo en ellas, y mucho menos trasladarlas a nosotros mismos.
Aquí solo hablo de las imperfecciones, pues, en cuanto a los pecados, ni siquiera hay que soportarlos en un amigo. Es una amistad débil o malvada ver perecer a un amigo y no socorrerlo; verlo morir de un absceso sin atreverse a darle el pinchazo de lanceta que podría salvarlo. La amistad verdadera y viva no puede existir entre los pecados. Dicen que la salamandra apaga el fuego en el que se acuesta: pues bien, del mismo modo, el pecado arruina la amistad en la que se instala. Si se trata de un pecado pasajero, la amistad lo ahuyenta enseguida mediante una corrección prudente; pero si es un pecado que se instala y permanece, la amistad perece de inmediato, pues solo puede subsistir por medio de la virtud. ¡Con cuánta más razón hay que temer pecar por amistad! Un amigo se convierte en nuestro enemigo cuando quiere conducirnos al pecado, y merece perder nuestra amistad desde el momento en que quiere perdernos y condenarnos; ahora bien, el apego a una persona viciosa es la señal más segura de una falsa amistad. Si aquel a quien amamos es vicioso, nuestra amistad es, sin duda, viciosa; pues, puesto que no puede apoyarse en la verdadera virtud, necesariamente ha de apoyarse en alguna virtud frívola o en alguna cualidad sensual.
En cuanto a las asociaciones de comerciantes por interés comercial, no son más que la imagen de la verdadera amistad, pues se forman no por amor a las personas, sino por amor a la ganancia.
Por último, recuerde estas dos divinas palabras, que son como las dos grandes columnas de la vida cristiana; una es del Sabio: _Quien tiene temor de Dios, tendrá también una buena amistad_; la otra es de Santiago: _La amistad de este mundo es enemiga de Dios._

Fuente François de Sales, Introduction à la vie dévote (1609), Project Gutenberg #53540 — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice