De la necesidad de la castidad.
La castidad es el lirio de las virtudes, y desde esta vida nos hace casi semejantes a los ángeles. En ninguna parte hay nada hermoso sino por la pureza, y la pureza de los hombres es la castidad. A esta virtud se la llama honestidad, y a su práctica, honra; también se la denomina integridad, y al vicio contrario a ella, corrupción. En una palabra, tiene esta gloria, entre todas las virtudes, de ser a la vez virtud del alma y del cuerpo.
Nunca está permitido poner los sentidos al servicio de un placer voluptuoso, sea cual sea la manera, fuera de un matrimonio legítimo, cuya santidad pueda reparar, mediante una justa compensación, la pérdida que el alma pueda sufrir en ese comercio sensual; aun así, es necesario poner tanta honestidad en la intención que la voluntad no pueda recibir mancha alguna. El corazón casto se parece a la madreperla, que no recibe ninguna gota de agua que no venga del cielo; pues no admite ningún placer, sino el del matrimonio establecido por el Cielo: fuera de ahí, ni siquiera le está permitido el solo pensamiento; me refiero a un pensamiento al que la voluptuosidad inclina y al que la mente se apega voluntariamente.
En cuanto al primer grado de esta virtud, nunca, Filotea, consientas voluntariamente en nada de lo que está prohibido en todo el ámbito de la voluptuosidad; en términos generales, todo lo que se busca fuera del estado matrimonial, o incluso lo que es contrario a las reglas de ese estado.
La castidad es el lirio de las virtudes, y desde esta vida nos hace casi semejantes a los ángeles. En ninguna parte hay nada hermoso sino por la pureza, y la pureza de los hombres es la castidad. A esta virtud se la llama honestidad, y a su práctica, honra; también se la denomina integridad, y al vicio contrario a ella, corrupción. En una palabra, tiene esta gloria, entre todas las virtudes, de ser a la vez virtud del alma y del cuerpo.
Nunca está permitido poner los sentidos al servicio de un placer voluptuoso, sea cual sea la manera, fuera de un matrimonio legítimo, cuya santidad pueda reparar, mediante una justa compensación, la pérdida que el alma pueda sufrir en ese comercio sensual; aun así, es necesario poner tanta honestidad en la intención que la voluntad no pueda recibir mancha alguna. El corazón casto se parece a la madreperla, que no recibe ninguna gota de agua que no venga del cielo; pues no admite ningún placer, sino el del matrimonio establecido por el Cielo: fuera de ahí, ni siquiera le está permitido el solo pensamiento; me refiero a un pensamiento al que la voluptuosidad inclina y al que la mente se apega voluntariamente.
En cuanto al primer grado de esta virtud, nunca, Filotea, consientas voluntariamente en nada de lo que está prohibido en todo el ámbito de la voluptuosidad; en términos generales, todo lo que se busca fuera del estado matrimonial, o incluso lo que es contrario a las reglas de ese estado.
En cuanto al segundo grado, suprima usted, en la medida de lo posible, todos los deleites superfluos e inútiles de los sentidos, aunque sean honestos y permitidos.
En cuanto al tercer grado, no apegue su afecto a los que son necesarios y ordenados; pues, aunque haya que someterse a los que son propios de la institución y el fin del santo matrimonio, nunca se debe apegar a ellos el espíritu y el corazón.
Por lo demás, esta virtud es increíblemente necesaria en todos los estados. En el de la viudez, la castidad debe ser extremadamente generosa para defenderla del placer, no solo con respecto al presente y al futuro, sino también al pasado, cuyas ideas, siempre peligrosas, hacen la imaginación más susceptible a las malas impresiones. Por eso San Agustín admiraba en su querido Alipio aquella admirable pureza de alma que lo había liberado por completo de los sentimientos e incluso de los recuerdos de todos sus desórdenes pasados. En efecto, todos saben que es fácil conservar durante mucho tiempo los frutos que aún están intactos; pero, si se han marchitado o dañado un poco, el único medio de conservarlos bien es confitarlos en azúcar o miel. Digo también que hay varios medios de conservar con seguridad la castidad mientras conserva toda su integridad; pero, una vez perdida, nada puede conservarla sino una sólida devoción, cuya dulzura he comparado a menudo con la de la miel.
En cuanto al tercer grado, no apegue su afecto a los que son necesarios y ordenados; pues, aunque haya que someterse a los que son propios de la institución y el fin del santo matrimonio, nunca se debe apegar a ellos el espíritu y el corazón.
Por lo demás, esta virtud es increíblemente necesaria en todos los estados. En el de la viudez, la castidad debe ser extremadamente generosa para defenderla del placer, no solo con respecto al presente y al futuro, sino también al pasado, cuyas ideas, siempre peligrosas, hacen la imaginación más susceptible a las malas impresiones. Por eso San Agustín admiraba en su querido Alipio aquella admirable pureza de alma que lo había liberado por completo de los sentimientos e incluso de los recuerdos de todos sus desórdenes pasados. En efecto, todos saben que es fácil conservar durante mucho tiempo los frutos que aún están intactos; pero, si se han marchitado o dañado un poco, el único medio de conservarlos bien es confitarlos en azúcar o miel. Digo también que hay varios medios de conservar con seguridad la castidad mientras conserva toda su integridad; pero, una vez perdida, nada puede conservarla sino una sólida devoción, cuya dulzura he comparado a menudo con la de la miel.
En el estado de virginidad, la castidad exige una gran sencillez de alma y una gran delicadeza de conciencia para apartar toda clase de pensamientos curiosos y elevarse por encima de todos los placeres sensuales, mediante un desprecio absoluto y total de todo lo que el hombre tiene en común con las bestias, y que ellas incluso poseen en mayor medida que él. Que jamás, pues, duden en modo alguno esas almas puras de que la castidad les es incomparablemente mejor que todo lo incompatible con su perfección; porque, como dice San Jerónimo, al no poder soportar el demonio esta saludable ignorancia del placer, trata al menos de suscitar en esas almas el deseo de este, y para ello les presenta ideas tan atractivas, aunque muy falsas, que quedan sumamente turbadas, porque, añade este santo Padre, se dejan llevar imprudentemente a estimar lo que ignoran. Así es como tantos jóvenes, seducidos por una falsa y desatinada estima de los placeres voluptuosos, y por una curiosidad sensual e inquieta, se entregan a ellos con la pérdida total de sus intereses temporales y eternos; semejantes a mariposas que, imaginando que la llama es tan dulce como hermosa les parece, van atolondradamente a quemarse en ella.
En cuanto al estado del matrimonio, es un error vulgar y muy grande pensar que la castidad no sea necesaria en él; pues lo es absolutamente, y mucho, no para privarse de los derechos de la fidelidad conyugal, sino para mantenerse dentro de sus límites. Ahora bien, así como la observancia de este mandamiento: _Enójense, pero no pequen_, presenta más dificultad que la práctica de este otro: _No se enojen_, porque es más fácil evitar la ira que dominarla, del mismo modo es más fácil privarse de todos los placeres de la carne que moderarlos. Es verdad que la licencia del matrimonio, santificado por la gracia de Jesucristo, puede contribuir mucho a extinguir la pasión natural; pero la debilidad de muchas personas que se sirven de ella las hace pasar fácilmente del permiso a la usurpación, y del uso al abuso. Y así como se ve a muchos ricos apropiarse injustamente de los bienes de su prójimo, no por indigencia, sino por avaricia, también se ve a muchas personas casadas que, pudiendo y debiendo fijar su corazón en un objeto legítimo, se dejan llevar todavía por placeres ajenos, con una incontinencia desenfrenada. Siempre es peligroso tomar medicamentos violentos, porque, si se toman en exceso o no están bien preparados, la salud sufre mucho. El matrimonio fue instituido y santificado, en parte, para servir de remedio a la concupiscencia natural; y si hay que decir que este remedio es saludable, también puede decirse que es violento y, por consiguiente, peligroso, si se usa sin moderación y sin las precauciones necesarias de la piedad cristiana.
Añadiré que la variedad de los asuntos de la vida y las enfermedades prolongadas suelen separar a dos personas que el amor conyugal ha unido; por eso este estado necesita una doble castidad: una, para abstenerse de todo placer durante los períodos de ausencia; y la otra, para moderarse durante los períodos de presencia. Santa Catalina de Siena vio entre los condenados a varias almas excesivamente atormentadas por haber profanado la santidad del matrimonio; no precisamente por la enormidad de sus pecados, pues los asesinatos y las blasfemias son más enormes, sino porque quienes los cometen no sienten escrúpulo alguno por ello y, por consiguiente, perseveran en ello durante toda su vida.
Usted ve, pues, cuán necesaria es la castidad en todos los estados. _Busquen la paz con todos_, dice el Apóstol, _y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios_. Ahora bien, observe que con la santidad entiende la castidad, según la observación de san Jerónimo y san Crisóstomo. No, Filotea, nadie verá a Dios sin la castidad; nadie habitará en estos santos tabernáculos si no tiene el corazón puro; y, como dice el mismo Salvador, los perros y los impúdicos serán desterrados de ellos. _Por eso, bienaventurados son_, nos ha dicho, _los que tengan el corazón puro, porque verán a Dios_.
Usted ve, pues, cuán necesaria es la castidad en todos los estados. _Busquen la paz con todos_, dice el Apóstol, _y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios_. Ahora bien, observe que con la santidad entiende la castidad, según la observación de san Jerónimo y san Crisóstomo. No, Filotea, nadie verá a Dios sin la castidad; nadie habitará en estos santos tabernáculos si no tiene el corazón puro; y, como dice el mismo Salvador, los perros y los impúdicos serán desterrados de ellos. _Por eso, bienaventurados son_, nos ha dicho, _los que tengan el corazón puro, porque verán a Dios_.