De la obediencia.
La sola caridad constituye la perfección, pero la obediencia, la castidad y la pobreza son los tres grandes medios que tenemos para alcanzarla: la obediencia consagra nuestro corazón, la castidad nuestro cuerpo y la pobreza nuestros bienes al amor y al servicio de Dios. Estas son las tres ramas de la cruz espiritual, todas ellas, sin embargo, fundadas en la cuarta, que es la humildad. No pretendo hablarle de estas tres virtudes con relación a los votos solemnes que hacen quienes entran en la vida religiosa, ni con relación a los votos simples que se pueden hacer en el mundo; las consideraré solamente en sí mismas, pues, aunque el voto les añada un aumento de gracia y de mérito, bastan, no obstante, sin el voto para conducir a la perfección, con tal de que se practiquen bien.
Es cierto que los votos que se hacen sobre ellas establecen a una persona en el estado de perfección, pero hay una gran diferencia entre el estado de perfección y la perfección, pues todos los obispos y los religiosos están en el estado de perfección, y, sin embargo, no todos están en la perfección, como se ve demasiado bien. Procuremos, pues, Filotea, practicar bien estas tres virtudes, cada uno según nuestra vocación; porque, aunque no nos pongan en el estado de perfección, nos darán, no obstante, la perfección misma; y por eso todos estamos obligados a practicar estas tres virtudes, aunque no todos estemos obligados a practicarlas de la misma manera.
La sola caridad constituye la perfección, pero la obediencia, la castidad y la pobreza son los tres grandes medios que tenemos para alcanzarla: la obediencia consagra nuestro corazón, la castidad nuestro cuerpo y la pobreza nuestros bienes al amor y al servicio de Dios. Estas son las tres ramas de la cruz espiritual, todas ellas, sin embargo, fundadas en la cuarta, que es la humildad. No pretendo hablarle de estas tres virtudes con relación a los votos solemnes que hacen quienes entran en la vida religiosa, ni con relación a los votos simples que se pueden hacer en el mundo; las consideraré solamente en sí mismas, pues, aunque el voto les añada un aumento de gracia y de mérito, bastan, no obstante, sin el voto para conducir a la perfección, con tal de que se practiquen bien.
Es cierto que los votos que se hacen sobre ellas establecen a una persona en el estado de perfección, pero hay una gran diferencia entre el estado de perfección y la perfección, pues todos los obispos y los religiosos están en el estado de perfección, y, sin embargo, no todos están en la perfección, como se ve demasiado bien. Procuremos, pues, Filotea, practicar bien estas tres virtudes, cada uno según nuestra vocación; porque, aunque no nos pongan en el estado de perfección, nos darán, no obstante, la perfección misma; y por eso todos estamos obligados a practicar estas tres virtudes, aunque no todos estemos obligados a practicarlas de la misma manera.
Hay dos clases de obediencia: una necesaria y otra voluntaria. Por la necesaria, usted debe obedecer humildemente a sus superiores eclesiásticos, como al Papa y al obispo, al párroco y a quienes los representan. Usted debe obedecer a sus superiores políticos, es decir, a su príncipe y a los magistrados que él ha establecido sobre su país; por último, debe obedecer a sus superiores domésticos, es decir, a su padre, a su madre, a su marido, a su amo y a su ama. Ahora bien, esta obediencia se llama necesaria porque nadie puede eximirse de obedecer a esos superiores, puesto que Dios les ha encargado mandarnos y gobernarnos, a cada uno según la autoridad que tiene sobre nosotros. Obedezca, pues, sus mandatos, pues es necesario; pero, además, si quiere ser perfecta, siga también sus consejos, e incluso sus deseos e inclinaciones, en la medida en que la caridad y la prudencia se lo permitan: obedezca cuando le ordenen algo agradable, como comer o recrearse; pues, aunque parezca que no hay gran mérito en obedecer en ese caso, desobedecer sería, no obstante, un gran vicio. Obedezca en las cosas indiferentes, como llevar tal o cual vestido, ir por un camino o por otro, cantar o guardar silencio, y será ya una obediencia muy digna de recomendación. Obedezca en las cosas difíciles, ásperas y duras, y será una obediencia perfecta. Obedezca, en fin, con dulzura, sin réplica, prontamente, sin demora, alegremente, sin disgusto y, sobre todo, obedezca con amor, por amor de Aquel que, por amor a nosotros, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; y que, como dice San Bernardo, prefirió perder la vida antes que la obediencia.
Para aprender a obedecer fácilmente a sus superiores, ceda fácilmente a la voluntad de sus iguales, sometiéndose a sus opiniones en lo que no sea malo, sin ser discutidora ni obstinada; acomódese de buen grado a los deseos de sus inferiores, en la medida en que la razón lo permita, sin ejercer sobre ellos ninguna autoridad imperiosa mientras se mantengan en su deber.
Es un error creer que, si se fuera religioso o religiosa, se obedecería fácilmente, cuando se siente dificultad y repugnancia en obedecer a las personas que Dios ha puesto por encima de nosotros.
Llamamos obediencia voluntaria a aquella a la que nos obligamos por elección propia y que nadie nos impone. Por lo general, uno no elige a su príncipe o a su obispo, ni a su padre y a su madre, ni siquiera a menudo a su marido; pero sí elige a su confesor, a su director. Ahora bien, tanto si al elegirlo se hace voto de obedecerle, como hizo la madre Teresa, quien, además de la obediencia prometida solemnemente al superior de su orden, se obligó también mediante un voto simple a obedecer al padre Gracián, como si, sin voto, uno se somete a la obediencia de alguien, esta obediencia siempre se llama voluntaria, por razón de su fundamento, que depende de nuestra voluntad y de nuestra elección.
Hay que obedecer a todos los superiores, y a cada uno en particular, según la clase de autoridad que tenga sobre nosotros: a los príncipes, en lo que se refiere al orden público y a los asuntos públicos; a los prelados, en lo que se refiere a la disciplina eclesiástica; en los asuntos domésticos, al padre, al amo, al marido; y, en cuanto a la dirección particular del alma, al confesor y al director espiritual. Haga que su padre espiritual le indique las prácticas de piedad que debe observar, porque serán mejores y tendrán doble gracia y bondad: una, por sí mismas, puesto que son piadosas, y la otra, por la obediencia en virtud de la cual habrán sido prescritas y cumplidas. Bienaventurados los obedientes, porque Dios nunca permitirá que se extravíen.
Es un error creer que, si se fuera religioso o religiosa, se obedecería fácilmente, cuando se siente dificultad y repugnancia en obedecer a las personas que Dios ha puesto por encima de nosotros.
Llamamos obediencia voluntaria a aquella a la que nos obligamos por elección propia y que nadie nos impone. Por lo general, uno no elige a su príncipe o a su obispo, ni a su padre y a su madre, ni siquiera a menudo a su marido; pero sí elige a su confesor, a su director. Ahora bien, tanto si al elegirlo se hace voto de obedecerle, como hizo la madre Teresa, quien, además de la obediencia prometida solemnemente al superior de su orden, se obligó también mediante un voto simple a obedecer al padre Gracián, como si, sin voto, uno se somete a la obediencia de alguien, esta obediencia siempre se llama voluntaria, por razón de su fundamento, que depende de nuestra voluntad y de nuestra elección.
Hay que obedecer a todos los superiores, y a cada uno en particular, según la clase de autoridad que tenga sobre nosotros: a los príncipes, en lo que se refiere al orden público y a los asuntos públicos; a los prelados, en lo que se refiere a la disciplina eclesiástica; en los asuntos domésticos, al padre, al amo, al marido; y, en cuanto a la dirección particular del alma, al confesor y al director espiritual. Haga que su padre espiritual le indique las prácticas de piedad que debe observar, porque serán mejores y tendrán doble gracia y bondad: una, por sí mismas, puesto que son piadosas, y la otra, por la obediencia en virtud de la cual habrán sido prescritas y cumplidas. Bienaventurados los obedientes, porque Dios nunca permitirá que se extravíen.