Que la humildad nos hace amar nuestra propia bajeza.
Voy más adelante, Filotea, y digo que en todo y por todas partes usted debe amar su propia abyección. Pero ¿qué quiere decir eso, me pregunta usted: amar la propia abyección? En latín, abyección quiere decir humildad, y humildad quiere decir abyección; de modo que cuando la Santísima Virgen nos dice en su divino cántico que, porque el Señor vio la humildad de Su sierva, todas las generaciones la llamarán bienaventurada, quiere decir que el Señor se dignó mirar con favor su abyección, su nada, su bajeza, para colmarla de gracias y favores. Sin embargo, hay diferencia entre la virtud de la humildad y la abyección. Pues la abyección es la pequeñez, la bajeza y la debilidad que hay en nosotros, sin que pensemos en ello; pero la virtud de la humildad es el conocimiento verdadero y voluntario de nuestra abyección. Ahora bien, el grado más alto de esta humildad consiste, no solo en querer reconocer que uno es abyecto, sino también en amar esa abyección y complacerse en ella, no por falta de valor y generosidad, sino con el propósito de exaltar más la divina Majestad y estimar al prójimo mucho más que a nosotros mismos. Y a esto la exhorto, Filotea; y para entenderlo mejor, sepa que, entre los males que sufrimos, unos son abyectos y otros honorables: muchas personas se avienen bastante bien con los honorables, pero casi nadie quiere avenirse con los abyectos. Mire a ese buen ermitaño, todo desgarrado y aterido de frío; todos honran su hábito gastado y se compadecen de su sufrimiento; pero si un pobre artesano, un pobre caballero o una pobre señorita estuviera en el mismo estado, se burlarían de él y se reirían de él: así de abyecta es la pobreza. Una religiosa recibe devotamente una áspera reprensión de su superior, y un niño, de su padre: todos llamarán a eso mortificación, obediencia, sabiduría; pero si un caballero o una dama sufriera otro tanto de alguien, aunque fuese por amor de Dios, dirían que es bajeza y cobardía: he aquí, pues, otro mal abyecto. Una persona tiene una úlcera en el brazo, y otra tiene una en el rostro; aquella no tiene más que el mal, pero esta, junto con el mal, tiene el desprecio, la abyección y el desdén. Ahora bien, digo que no solo hay que amar el mal, lo cual se hace por la virtud de la paciencia, sino que también hay que apreciar la abyección, lo cual se hace por la virtud de la humildad. Además, hay virtudes abyectas y virtudes honorables. La paciencia, la dulzura, la sencillez y hasta la humildad son virtudes que los mundanos consideran viles y abyectas. Por el contrario, estiman mucho la prudencia, la valentía y la generosidad. También hay acciones de una misma virtud, de las cuales unas son despreciadas y otras honradas; dar limosna y perdonar una ofensa son dos acciones de caridad: la primera es honrada por todos, y la otra, por el contrario, es mirada con desprecio. Un joven caballero o una joven dama que huya de la compañía de esas personas frívolas que no saben más que hablar, jugar, bailar, beber y acicalarse, será objeto de sarcasmos y burlas, y su recato pasará por afectación y beatería: amar eso es amar la propia abyección. He aquí otro caso de distinta clase: vamos a visitar a los enfermos; si me envían al más pobre, eso será una abyección según el mundo, y por eso la amaré. Si me envían al más distinguido, eso será una abyección según el espíritu, pues no hay en ello tanta virtud ni mérito; amaré también esa abyección. Me caigo en la calle y, además del daño que me hago, siento también vergüenza: hay que amar esta abyección. Hay incluso faltas en las que no hay mal alguno, salvo la abyección que de ellas resulta, y la humildad no exige que se cometan adrede, sino que uno no se turbe cuando las ha cometido. Tales son ciertas tonterías, descortesías o torpezas que hay que evitar cuidadosamente para obedecer a la cortesía y a la prudencia; pero, una vez cometidas, hay que aceptar la abyección que de ellas nos sobreviene y acogerla de buen corazón para seguir la santa humildad. Más aún, si me he dejado llevar por la cólera o de otro modo a decir palabras ofensivas, con las que Dios y el prójimo han sido ofendidos, me arrepentiré vivamente de esa ofensa y procuraré repararla lo mejor que pueda; pero no dejaré de aceptar la abyección que me sobreviene por ello; y si se pudiera separar una de la otra, rechazaría con ardor el pecado y conservaría humildemente la abyección que lo acompaña.
Pero, aunque amemos la abyección que proviene del mal, no por eso hay que dejar de remediar el mal que la ha causado, por medios convenientes y legítimos, sobre todo si el mal tiene consecuencias. Si tengo una dolencia abyecta en el rostro, buscaré su curación, pero sin renunciar a la abyección que de ella he recibido. Si he cometido una falta que no ofende a nadie, no me disculparé por ella, porque, aunque sea una falta, como no tiene otra consecuencia que la vergüenza que lleva aparejada, no podría disculparme sino para huir de la abyección que me acarrea; y eso es lo que la humildad no permite. Pero si por descuido o por necedad he ofendido o escandalizado a alguien, repararé mi falta con alguna disculpa sincera, tanto más cuanto que el mal aún persiste y la caridad me obliga a borrarlo. Finalmente, a veces la caridad exige que remediemos la abyección, por el bien del prójimo, para quien nuestra reputación es necesaria; pero, en ese caso, aunque apartemos nuestra abyección de la vista del prójimo para impedir que se escandalice por ella, debemos guardarla y ocultarla en nuestro corazón, para que se edifique con ella.
Si después de esto usted quiere saber, Filotea, cuáles son las mejores abyecciones, le diré con toda claridad que las más provechosas para el alma y las más agradables a Dios son las que nos sobrevienen accidentalmente, o las que van unidas a nuestro estado, porque no las recibimos de nosotros mismos, sino de la mano de Dios, cuya elección es siempre mejor que la nuestra. Y si hubiera que elegirlas, las más grandes son las mejores; y se consideran más grandes las que más contrarían nuestras inclinaciones, siempre que sean conformes a nuestra vocación; pues, para decirlo de una vez por todas, nuestra elección y nuestra voluntad propia echan a perder y disminuyen casi todas nuestras virtudes. ¡Ah!, ¿quién nos concederá la gracia de poder decir con el rey Profeta: _¡He elegido ser abyecto en la casa de mi Dios antes que habitar en las tiendas de los pecadores!_ Nadie puede hacerlo, querida Filotea, sino Aquel que, para elevar nuestra naturaleza, fue en Su vida y en Su muerte el oprobio de los hombres y la abyección del pueblo. En todo esto le he dicho muchas cosas que le parecerán duras a primera vista; pero, créame, serán más dulces que el azúcar y la miel cuando las practique.