De la santa confesión.
Nuestro Salvador dejó a Su Iglesia el sacramento de la penitencia o de la confesión, para lavarnos de todas nuestras manchas, tantas veces como hayamos incurrido en ellas. No permita nunca, pues, Filotea, que su corazón permanezca mucho tiempo infectado por el pecado, puesto que tiene un remedio tan seguro y tan fácil. Un alma que ha consentido en el pecado debe tener horror de sí misma y purificarse cuanto antes, por respeto a la divina Majestad, que la mira. ¡Ay! ¿No sería el colmo de la locura dejarnos morir de muerte espiritual mientras tenemos en nuestras manos un remedio tan eficaz para curarnos?
Confiésese humilde y devotamente cada ocho días, y siempre que sea posible, cuando vaya a comulgar, aunque no tenga en la conciencia ningún pecado mortal, pues por la confesión no recibirá solamente la absolución de los pecados veniales que confiese, sino también una gran fortaleza para evitarlos en adelante, una gran luz para discernirlos bien y una gracia abundante para reparar todo el daño que le hayan causado. Practicará, además, las virtudes de la humildad, la obediencia, la sencillez y la caridad, de modo que con esta sola acción practicará más virtudes que con ninguna otra.
Tenga siempre verdadero dolor de los pecados que confiese, por pequeños que sean, y esté bien resuelta a corregirse de ellos en adelante. Muchos, al confesarse por costumbre de los pecados veniales y hacer de ellos como el aderezo obligado de todas sus confesiones, sin pensar en absoluto en corregirse, permanecen cargados con ellos toda su vida y pierden así muchos bienes y provechos espirituales. Por tanto, si se confiesa de haber mentido, aunque sin perjudicar al prójimo, o de haber dicho alguna palabra ligera, o de haber jugado demasiado, arrepiéntase de ello y haga el firme propósito de enmendarse. Pues es un abuso confesarse de cualquier clase de pecado, mortal o venial, sin querer librarse de él, ya que la confesión no ha sido instituida sino para eso.
Nuestro Salvador dejó a Su Iglesia el sacramento de la penitencia o de la confesión, para lavarnos de todas nuestras manchas, tantas veces como hayamos incurrido en ellas. No permita nunca, pues, Filotea, que su corazón permanezca mucho tiempo infectado por el pecado, puesto que tiene un remedio tan seguro y tan fácil. Un alma que ha consentido en el pecado debe tener horror de sí misma y purificarse cuanto antes, por respeto a la divina Majestad, que la mira. ¡Ay! ¿No sería el colmo de la locura dejarnos morir de muerte espiritual mientras tenemos en nuestras manos un remedio tan eficaz para curarnos?
Confiésese humilde y devotamente cada ocho días, y siempre que sea posible, cuando vaya a comulgar, aunque no tenga en la conciencia ningún pecado mortal, pues por la confesión no recibirá solamente la absolución de los pecados veniales que confiese, sino también una gran fortaleza para evitarlos en adelante, una gran luz para discernirlos bien y una gracia abundante para reparar todo el daño que le hayan causado. Practicará, además, las virtudes de la humildad, la obediencia, la sencillez y la caridad, de modo que con esta sola acción practicará más virtudes que con ninguna otra.
Tenga siempre verdadero dolor de los pecados que confiese, por pequeños que sean, y esté bien resuelta a corregirse de ellos en adelante. Muchos, al confesarse por costumbre de los pecados veniales y hacer de ellos como el aderezo obligado de todas sus confesiones, sin pensar en absoluto en corregirse, permanecen cargados con ellos toda su vida y pierden así muchos bienes y provechos espirituales. Por tanto, si se confiesa de haber mentido, aunque sin perjudicar al prójimo, o de haber dicho alguna palabra ligera, o de haber jugado demasiado, arrepiéntase de ello y haga el firme propósito de enmendarse. Pues es un abuso confesarse de cualquier clase de pecado, mortal o venial, sin querer librarse de él, ya que la confesión no ha sido instituida sino para eso.
Retire de su confesión esas acusaciones superfluas que muchos hacen por rutina: No he amado a Dios como debía; no he rezado con tanta devoción como debía; no he amado al prójimo como debía; no he recibido los sacramentos con el respeto que debía, y otras semejantes. La razón es que, al decir eso, usted no dice nada concreto que pueda dar a conocer al confesor el estado de su conciencia; tanto más cuanto que todos los santos del Paraíso y todos los hombres de la tierra podrían decir las mismas cosas si se confesaran. Examine, pues, qué motivo particular tiene para hacer esta clase de acusaciones; y cuando lo haya descubierto, acúsese de su falta con sencillez y franqueza. Por ejemplo, usted se acusa de no haber amado al prójimo como debía; quizá sea porque, al ver a algún pobre en gran necesidad a quien podía socorrer y aliviar fácilmente, no se ocupó de él. Pues bien, acúsese de este hecho concreto y diga: al ver a un pobre necesitado, no lo socorrí como podía, por negligencia, por dureza de corazón o por desprecio, según cuál haya sido, como usted reconocerá, el motivo que dio lugar a su falta. Del mismo modo, no se acuse de no haber rezado a Dios con toda la devoción que debía; pero si tuvo distracciones voluntarias o descuidó elegir el lugar, el momento y la postura convenientes para rezar con atención, acúsese de ello con sencillez, según en qué haya faltado, sin hablar de esas cosas generales que no hacen ni bien ni mal en la confesión.
No se limite a decir sus pecados veniales en cuanto al hecho, sino acúsese también del motivo que la indujo a cometerlos. Por ejemplo, no se limite a decir que mintió sin perjudicar a nadie; diga también si fue por vanagloria, para que la elogiaran o para excusarse, o por una alegría vana, o por obstinación. Si pecó con ocasión del juego, diga si fue por deseo de ganar o por el placer de la conversación, y lo mismo en los demás casos. Diga además si se detuvo mucho tiempo en su pecado, pues la duración suele aumentar mucho la culpa, ya que hay una gran diferencia entre una vanidad pasajera, que habrá atravesado nuestro espíritu durante un cuarto de hora, y aquella en la que nuestro corazón se habrá deleitado durante un día, dos días, tres días. Hay que decir, pues, el hecho, el motivo y la duración de nuestros pecados. No es que siempre se esté obligado a ser tan exacto al declarar los pecados veniales; ni siquiera se está absolutamente obligado a confesarlos. Pero quienes desean purificar su alma para alcanzar mejor la santa devoción deben ser muy cuidadosos en dar a conocer exactamente al médico espiritual todas sus heridas, hasta las más pequeñas, para que sean curados de todas.
No deje de decir lo que sea necesario para dar a entender bien la naturaleza de su falta, como el motivo que tuvo para enojarse o para mostrarse indulgente con tal vicio. Por ejemplo, un hombre que me desagrada me dirá alguna palabra ligera en broma; la tomaré a mal y me enojaré. Pero si otro que me hubiera sido agradable hubiera dicho otro tanto e incluso más, lo habría tomado a bien y no me habría enfadado en absoluto. Diré, pues, al acusarme, que me dejé llevar por palabras ásperas, al tomar a mal algo que me decían, no por las palabras en sí mismas, sino por quien me las decía y me desagradaba; y, si aún hace falta precisar las palabras para que usted comprenda bien, pienso que habría que decirlas. Pues, al acusarse así con sencillez, no se descubren solamente los pecados cometidos, sino también las malas inclinaciones, las costumbres, las ocasiones y otras raíces del pecado; gracias a ello, el padre espiritual juzga mejor el estado del corazón que trata y los remedios que hay que aplicar. Sin embargo, siempre hay que proteger a las personas que hayan tomado parte en su pecado, al menos tanto como le sea posible.
Tenga cuidado con cierta cantidad de pecados que a menudo viven y reinan en la conciencia sin que uno se dé cuenta. Son materia de confesión, y es preciso procurar librarse de ellos. Para ello, lea atentamente los capítulos VI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXXV y XXXVI de la tercera parte, y el capítulo VIII de la cuarta.
No cambie de confesor con facilidad; pero, después de haber elegido uno, siga dándole cuenta de su conciencia en los días fijados para ello, diciéndole sencilla y francamente los pecados que ha cometido; y de vez en cuando, por ejemplo, una vez al mes o cada dos meses, hágale conocer el estado de sus inclinaciones, incluso cuando no haya cometido ningún pecado, como si estuviera atormentada por la tristeza o la aflicción, o se sintiera inclinada a la alegría o al deseo de acumular bienes, y así sucesivamente.
No cambie de confesor con facilidad; pero, después de haber elegido uno, siga dándole cuenta de su conciencia en los días fijados para ello, diciéndole sencilla y francamente los pecados que ha cometido; y de vez en cuando, por ejemplo, una vez al mes o cada dos meses, hágale conocer el estado de sus inclinaciones, incluso cuando no haya cometido ningún pecado, como si estuviera atormentada por la tristeza o la aflicción, o se sintiera inclinada a la alegría o al deseo de acumular bienes, y así sucesivamente.