De las sequedades de espíritu que sobrevienen en la meditación.
Si alguna vez le sucede, Filotea, que no sienta gusto ni consuelo al meditar, le suplico que no se inquiete por ello, sino que recurra sencillamente a los remedios que voy a indicarle. Algunas veces, abra la puerta a las palabras vocales, quéjese amorosamente a Nuestro Señor, confiésele su indignidad, ruéguele que la ayude, bese Su imagen, si la tiene; dígale estas palabras de Jacob: _No Te dejaré jamás, Señor, hasta que me hayas dado Tu bendición_; o bien estas otras de la Cananea: _Sí, Señor, soy una perra; pero los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos._ Otra vez, tome un libro y léalo con atención hasta que su espíritu despierte y esté dispuesto; o bien anime su corazón con algún acto de devoción exterior, postrándose en tierra, cruzando las manos sobre el pecho, besando un crucifijo: todo esto se entiende si está sola y fuera de toda mirada. Y si después de esto no se siente consolada, por grande que sea su sequedad, no se inquiete, sino continúe manteniéndose en una actitud devota ante Dios. ¡Cuántos cortesanos van cien veces al año a la audiencia del príncipe, sin esperanza de hablar con él, sino solamente para que él los vea y para rendirle sus respetos! Así debemos acudir, Filotea, a la santa oración, pura y sencillamente para cumplir con nuestro deber y dar testimonio de nuestra fidelidad. Si la divina Majestad se digna acercarse a nosotros y conversar con nosotros mediante Sus santas inspiraciones y Sus consuelos interiores, esto será sin duda un gran honor y un placer muy delicioso; pero si no le place concedernos esta gracia, dejándonos allí sin hablarnos, como si no nos viera y como si no estuviéramos en Su presencia, no debemos por ello marcharnos; al contrario, debemos permanecer allí ante esta soberana bondad, con una actitud respetuosa y serena, que al menos hará que nuestra paciencia le sea grata y nos dará el mérito de la asiduidad y la perseverancia. Así podemos esperar que otra vez, cuando volvamos ante Dios, quiera favorecernos con Sus divinas conversaciones y hacernos gustar las dulzuras de la santa oración. Y si, por lo demás, no lo hiciera, aun así deberíamos considerarnos demasiado honrados y demasiado felices por estar junto a Él y en Su presencia.