Que es preciso desprenderse del apego a las cosas inútiles y peligrosas.
Los juegos, los bailes, los banquetes, los adornos, las comedias, en sí mismos no son cosas malas, sino cosas indiferentes, de las que se puede hacer un buen o mal uso. Sin embargo, siempre hay en ellas más o menos peligro, y el peligro se hace aún mucho mayor cuando uno se apega a ellas. Así pues, Filotea, aunque esté permitido jugar, bailar, adornarse, ver comedias honestas y asistir a un banquete, digo que poner en ello el propio afecto es hacer algo contrario a la devoción, algo muy perjudicial y peligroso. No está mal hacerlo, pero está mal apegarse a ello. Y verdaderamente es una gran lástima sembrar en la tierra de nuestro corazón afectos tan frívolos, pues ocupan el lugar del buen grano e impiden que nuestra alma produzca buenas inclinaciones.
Los juegos, los bailes, los banquetes, los adornos, las comedias, en sí mismos no son cosas malas, sino cosas indiferentes, de las que se puede hacer un buen o mal uso. Sin embargo, siempre hay en ellas más o menos peligro, y el peligro se hace aún mucho mayor cuando uno se apega a ellas. Así pues, Filotea, aunque esté permitido jugar, bailar, adornarse, ver comedias honestas y asistir a un banquete, digo que poner en ello el propio afecto es hacer algo contrario a la devoción, algo muy perjudicial y peligroso. No está mal hacerlo, pero está mal apegarse a ello. Y verdaderamente es una gran lástima sembrar en la tierra de nuestro corazón afectos tan frívolos, pues ocupan el lugar del buen grano e impiden que nuestra alma produzca buenas inclinaciones.
Así, los antiguos nazarenos se abstenían no solo de todo lo que puede embriagar, sino también de las uvas y hasta del agraz. No porque las uvas y el agraz embriaguen, sino porque temían que el agraz les diera gusto por las uvas y las uvas, gusto por el vino. Ahora bien, no digo que nunca podamos hacer uso de cosas peligrosas, sino que digo que nunca podemos poner en ellas nuestro afecto sin poner en peligro la devoción. Los ciervos que están demasiado cebados se retiran y se esconden entre los matorrales, pues bien saben que su gordura los hace pesados y que, por eso, no podrían correr si llegaran a ser atacados; del mismo modo, el corazón del hombre, cargado de afectos inútiles y peligrosos, no puede correr tras su dios con esa prontitud, esa facilidad y ese ardor que son la verdadera esencia de la devoción sólida. Que los niños pequeños se apeguen a perseguir mariposas y se entusiasmen con ello no le parecerá mal a nadie, porque son niños; pero ¿no es cosa ridícula, o más bien lamentable, ver a hombres adultos preocuparse y apasionarse por bagatelas tan pequeñas como las que he nombrado, las cuales, además de ser inútiles, entrañan el peligro de desviar y arruinar a quienes las persiguen? Por eso tengo razón al decir, mi querida Filotea, que hay que desprenderse de tales afectos; pues, aunque sus actos no sean siempre contrarios a la devoción, el afecto que se les pone siempre le causa un gran perjuicio.