Conclusión de lo dicho sobre el primer grado de pureza del alma.
Hecha esta protesta, esté atenta, abra los oídos de su corazón para escuchar la sentencia de absolución que Jesucristo, su amable Salvador, pronunciará sobre usted en el Cielo, en presencia de los ángeles y de los santos, al mismo tiempo que el sacerdote la absolverá aquí abajo, en la tierra, en Su nombre. Entonces toda la multitud de los bienaventurados se alegrará de su dicha: entonces, en medio de los santos cánticos de un júbilo sin igual, todos darán a su corazón curado y reconciliado el dulce beso de la amistad y de la paz.
¡Oh Dios! Filotea, ¡qué admirable es este contrato por el cual, al entregarse usted a la divina Majestad, Ella se entrega a usted y le devuelve la vida eterna! Ahora no queda más que tomar la pluma en la mano y firmar de buen corazón el acta de su protesta: después, vaya al altar, donde Dios, a su vez, firmará y sellará su gracia y la promesa que le ha hecho de Su paraíso, poniéndose Él mismo sobre su corazón mediante la comunión, como un sello divino.
Así, me parece, Filotea, su alma quedará liberada del pecado y de todas las afecciones al pecado. Pero como esas afecciones renacen fácilmente en el alma, a causa de nuestra debilidad natural y de nuestras pasiones, que bien pueden ser encadenadas aquí abajo, pero nunca son destruidas por completo, le daré algunos consejos con los cuales se preservará en adelante del pecado mortal y de toda afección a este pecado, de modo que nunca pueda entrar en su corazón. Ahora bien, estos mismos consejos le servirán también para una purificación más perfecta; por eso, antes de dárselos, quiero decirle algo sobre esta pureza más absoluta, a la que deseo conducirla.
Hecha esta protesta, esté atenta, abra los oídos de su corazón para escuchar la sentencia de absolución que Jesucristo, su amable Salvador, pronunciará sobre usted en el Cielo, en presencia de los ángeles y de los santos, al mismo tiempo que el sacerdote la absolverá aquí abajo, en la tierra, en Su nombre. Entonces toda la multitud de los bienaventurados se alegrará de su dicha: entonces, en medio de los santos cánticos de un júbilo sin igual, todos darán a su corazón curado y reconciliado el dulce beso de la amistad y de la paz.
¡Oh Dios! Filotea, ¡qué admirable es este contrato por el cual, al entregarse usted a la divina Majestad, Ella se entrega a usted y le devuelve la vida eterna! Ahora no queda más que tomar la pluma en la mano y firmar de buen corazón el acta de su protesta: después, vaya al altar, donde Dios, a su vez, firmará y sellará su gracia y la promesa que le ha hecho de Su paraíso, poniéndose Él mismo sobre su corazón mediante la comunión, como un sello divino.
Así, me parece, Filotea, su alma quedará liberada del pecado y de todas las afecciones al pecado. Pero como esas afecciones renacen fácilmente en el alma, a causa de nuestra debilidad natural y de nuestras pasiones, que bien pueden ser encadenadas aquí abajo, pero nunca son destruidas por completo, le daré algunos consejos con los cuales se preservará en adelante del pecado mortal y de toda afección a este pecado, de modo que nunca pueda entrar en su corazón. Ahora bien, estos mismos consejos le servirán también para una purificación más perfecta; por eso, antes de dárselos, quiero decirle algo sobre esta pureza más absoluta, a la que deseo conducirla.