Recuerda que antaño en la tierra
Tu única dicha era querernos;
De tus hijos escucha la oración,
¡Protégelos, dígnate bendecirnos una vez más!
Allá arriba vuelves a encontrar a nuestra querida madre,
Desde hace mucho tiempo ya en la santa patria;
Ahora, en los cielos,
Reinan ustedes dos…
¡Velen por nosotros!
Recuerda a tu ardiente María,
A aquella que fue la más querida de tu corazón;
Recuerda que llenó tu vida,
Con su amor, de encanto y felicidad.
Por Dios, renunciaste a su dulce presencia,
Y bendijiste la mano que te ofrecía el sufrimiento.
De tu bello «diamante»
Cada vez más resplandeciente,
¡Oh, acuérdate!
Recuerda a tu hermosa «perla fina»,
A quien conociste como un corderito débil y tímido;
Mírala, confiando en la fuerza divina,
Y guiando desde el Carmelo al rebaño.
Hoy es madre de tus otros hijos,
Ven a guiar aquí abajo a aquella que tanto quieres;
Y sin dejar el cielo,
Desde tu pequeño Carmelo,
Oh, acuérdate…
Recuerda aquella ardiente oración
Que elevaste por tu tercera hija.
¡Dios la escuchó!… Ella considera la tierra
Un lugar de exilio y destierro.
La Visitación la oculta a los ojos del mundo,
Ella ama al Señor, Su dulce paz la inunda;
De sus ardientes suspiros,
De sus ardientes deseos,
Oh, acuérdate…
Recuerda a tu fiel Celina,
Que fue para ti como un ángel del cielo,
Cuando una mirada del Rostro divino
Vino a probarte con una elección gloriosa.
Reinas en el cielo… su tarea está cumplida;
Ahora entrega su vida a Jesús…
Protege a tu hija,
Que repite muy a menudo:
¡Acuérdate!…
Oh, acuérdate de tu «pequeña reina»,
Del tierno amor que desbordaba su corazón…
Recuerda que, en su andar vacilante,
Siempre fue tu mano la que la guio.
Papá, recuerda que en los días de su infancia
Quisiste guardar su inocencia solo para Dios.
Sus rizos,
Que deleitaban tus ojos,
¡Acuérdate!
Recuerda que en el mirador
A menudo la sentabas sobre tus rodillas,
Y, murmurando entonces una oración,
¡La mecías con tu estribillo tan dulce!
Ella veía un reflejo del cielo en tu rostro,
Cuando tu mirada profunda se sumergía en el espacio…
Y de la eternidad
Cantabas la belleza,
¡Acuérdate!
Tu única dicha era querernos;
De tus hijos escucha la oración,
¡Protégelos, dígnate bendecirnos una vez más!
Allá arriba vuelves a encontrar a nuestra querida madre,
Desde hace mucho tiempo ya en la santa patria;
Ahora, en los cielos,
Reinan ustedes dos…
¡Velen por nosotros!
Recuerda a tu ardiente María,
A aquella que fue la más querida de tu corazón;
Recuerda que llenó tu vida,
Con su amor, de encanto y felicidad.
Por Dios, renunciaste a su dulce presencia,
Y bendijiste la mano que te ofrecía el sufrimiento.
De tu bello «diamante»
Cada vez más resplandeciente,
¡Oh, acuérdate!
Recuerda a tu hermosa «perla fina»,
A quien conociste como un corderito débil y tímido;
Mírala, confiando en la fuerza divina,
Y guiando desde el Carmelo al rebaño.
Hoy es madre de tus otros hijos,
Ven a guiar aquí abajo a aquella que tanto quieres;
Y sin dejar el cielo,
Desde tu pequeño Carmelo,
Oh, acuérdate…
Recuerda aquella ardiente oración
Que elevaste por tu tercera hija.
¡Dios la escuchó!… Ella considera la tierra
Un lugar de exilio y destierro.
La Visitación la oculta a los ojos del mundo,
Ella ama al Señor, Su dulce paz la inunda;
De sus ardientes suspiros,
De sus ardientes deseos,
Oh, acuérdate…
Recuerda a tu fiel Celina,
Que fue para ti como un ángel del cielo,
Cuando una mirada del Rostro divino
Vino a probarte con una elección gloriosa.
Reinas en el cielo… su tarea está cumplida;
Ahora entrega su vida a Jesús…
Protege a tu hija,
Que repite muy a menudo:
¡Acuérdate!…
Oh, acuérdate de tu «pequeña reina»,
Del tierno amor que desbordaba su corazón…
Recuerda que, en su andar vacilante,
Siempre fue tu mano la que la guio.
Papá, recuerda que en los días de su infancia
Quisiste guardar su inocencia solo para Dios.
Sus rizos,
Que deleitaban tus ojos,
¡Acuérdate!
Recuerda que en el mirador
A menudo la sentabas sobre tus rodillas,
Y, murmurando entonces una oración,
¡La mecías con tu estribillo tan dulce!
Ella veía un reflejo del cielo en tu rostro,
Cuando tu mirada profunda se sumergía en el espacio…
Y de la eternidad
Cantabas la belleza,
¡Acuérdate!
Recuerda aquel radiante domingo
En que, estrechándola contra Tu corazón paterno,
Le diste una florecilla blanca,
Y Le permitiste volar al Carmelo.
¡Oh padre, recuerda que en sus grandes pruebas,
Con el amor más sincero Le diste pruebas de cariño;
En Roma, después de Bayeux,
Le mostraste los cielos;
¡Recuerda!
Recuerda que la mano del Santo Padre,
En el Vaticano, se posó sobre Tu frente;
Pero no pudiste comprender el misterio
Del sello divino que quedó impreso en ti.
Ahora tus hijos Te dirigen su oración;
¡Bendicen tu cruz y tu amargo dolor!
Sobre tu frente gloriosa
Resplandecen en los cielos
¡Nueve lirios en flor!
En que, estrechándola contra Tu corazón paterno,
Le diste una florecilla blanca,
Y Le permitiste volar al Carmelo.
¡Oh padre, recuerda que en sus grandes pruebas,
Con el amor más sincero Le diste pruebas de cariño;
En Roma, después de Bayeux,
Le mostraste los cielos;
¡Recuerda!
Recuerda que la mano del Santo Padre,
En el Vaticano, se posó sobre Tu frente;
Pero no pudiste comprender el misterio
Del sello divino que quedó impreso en ti.
Ahora tus hijos Te dirigen su oración;
¡Bendicen tu cruz y tu amargo dolor!
Sobre tu frente gloriosa
Resplandecen en los cielos
¡Nueve lirios en flor!