Hay momentos en que me pregunto si de verdad estoy en el Carmelo; ¡a veces no puedo creerlo!
¿Qué he hecho yo por el buen Dios para que me colme de tantas gracias?
¡Ya hace un mes que estamos separadas!
Pero ¿por qué decir separadas? Aunque el océano estuviera entre nosotras, nuestras almas seguirían unidas.
Sin embargo, lo sé, sufres por no tenerme ya contigo, y si me dejara llevar, le pediría a Jesús que me diera tus tristezas; pero ¿ves?, no me dejo llevar, tendría miedo de ser egoísta, queriendo para mí la mejor parte, es decir, el sufrimiento.
Tienes razón, la vida suele ser pesada y amarga; cuesta empezar una jornada de trabajo, sobre todo cuando Jesús se oculta a nuestro amor. ¿Qué hace ese dulce Amigo?
¿Acaso no ve nuestra angustia, el peso que nos oprime? ¿Dónde está?
¿Por qué no viene a consolarnos?
Céline, ¡no temas nada, está ahí, muy cerca de nosotras!
Nos mira; es Él quien nos mendiga esta pena, estas lágrimas… las necesita para las almas, para nuestra alma; ¡quiere darnos una recompensa tan hermosa!
¡Ah! Te aseguro que Le cuesta mucho hacernos beber amargura, pero sabe que es el único medio de prepararnos para conocerlo como Él se conoce, ¡para convertirnos nosotros mismos en dioses! ¡Oh, qué destino!
¡Qué grande es nuestra alma! Elevémonos por encima de lo que pasa, mantengámonos alejadas de la tierra; ¡más arriba, el aire es tan puro! Jesús puede ocultarse, pero se le adivina…
¿Qué he hecho yo por el buen Dios para que me colme de tantas gracias?
¡Ya hace un mes que estamos separadas!
Pero ¿por qué decir separadas? Aunque el océano estuviera entre nosotras, nuestras almas seguirían unidas.
Sin embargo, lo sé, sufres por no tenerme ya contigo, y si me dejara llevar, le pediría a Jesús que me diera tus tristezas; pero ¿ves?, no me dejo llevar, tendría miedo de ser egoísta, queriendo para mí la mejor parte, es decir, el sufrimiento.
Tienes razón, la vida suele ser pesada y amarga; cuesta empezar una jornada de trabajo, sobre todo cuando Jesús se oculta a nuestro amor. ¿Qué hace ese dulce Amigo?
¿Acaso no ve nuestra angustia, el peso que nos oprime? ¿Dónde está?
¿Por qué no viene a consolarnos?
Céline, ¡no temas nada, está ahí, muy cerca de nosotras!
Nos mira; es Él quien nos mendiga esta pena, estas lágrimas… las necesita para las almas, para nuestra alma; ¡quiere darnos una recompensa tan hermosa!
¡Ah! Te aseguro que Le cuesta mucho hacernos beber amargura, pero sabe que es el único medio de prepararnos para conocerlo como Él se conoce, ¡para convertirnos nosotros mismos en dioses! ¡Oh, qué destino!
¡Qué grande es nuestra alma! Elevémonos por encima de lo que pasa, mantengámonos alejadas de la tierra; ¡más arriba, el aire es tan puro! Jesús puede ocultarse, pero se le adivina…
Que tu impotencia no te aflija.
Cuando por la mañana no sentimos ningún valor, ninguna fuerza para practicar la virtud, es una gracia, es el momento de poner el hacha en la raíz del árbol, contando solo con Jesús.
Si caemos, todo se repara en un acto de amor, ¡y Jesús sonríe!
Él nos ayuda sin que se note; y las lágrimas que los malvados Le hacen derramar son enjugadas por nuestro pobre y débil amor.
El amor puede hacerlo todo; las cosas más imposibles le parecen fáciles y dulces.
Bien sabes que Nuestro Señor no se fija tanto en la grandeza de las acciones, ni siquiera en su dificultad, como en el amor con que las realizamos.
¿Qué tenemos que temer?
Quisieras llegar a ser santa, y me preguntas si no es demasiado atrevido.
Céline, no te diré que aspires a la santidad seráfica de las almas más privilegiadas, sino a ser perfecta, como tu Padre celestial es perfecto.
Ves, pues, que tu sueño, que nuestros sueños y deseos no son quimeras, puesto que Jesús mismo nos los ha mandado.
Jesús te presenta la cruz, ¡una cruz muy pesada!, y temes no poder llevarla sin desfallecer; ¿por qué? Nuestro Bienamado, en el camino del Calvario, cayó tres veces; ¿por qué no imitaríamos a nuestro Esposo?
Cuando por la mañana no sentimos ningún valor, ninguna fuerza para practicar la virtud, es una gracia, es el momento de poner el hacha en la raíz del árbol, contando solo con Jesús.
Si caemos, todo se repara en un acto de amor, ¡y Jesús sonríe!
Él nos ayuda sin que se note; y las lágrimas que los malvados Le hacen derramar son enjugadas por nuestro pobre y débil amor.
El amor puede hacerlo todo; las cosas más imposibles le parecen fáciles y dulces.
Bien sabes que Nuestro Señor no se fija tanto en la grandeza de las acciones, ni siquiera en su dificultad, como en el amor con que las realizamos.
¿Qué tenemos que temer?
Quisieras llegar a ser santa, y me preguntas si no es demasiado atrevido.
Céline, no te diré que aspires a la santidad seráfica de las almas más privilegiadas, sino a ser perfecta, como tu Padre celestial es perfecto.
Ves, pues, que tu sueño, que nuestros sueños y deseos no son quimeras, puesto que Jesús mismo nos los ha mandado.
Jesús te presenta la cruz, ¡una cruz muy pesada!, y temes no poder llevarla sin desfallecer; ¿por qué? Nuestro Bienamado, en el camino del Calvario, cayó tres veces; ¿por qué no imitaríamos a nuestro Esposo?
¡Qué privilegio el de Jesús! ¡Cuánto nos ama para enviarnos un dolor tan grande!
¡Ah! La eternidad no será bastante larga para bendecirlo por ello.
Nos colma de Sus favores, como colmaba de ellos a los santos más grandes.
¿Cuáles son, pues, Sus designios de amor sobre nuestras almas?
Este es un secreto que solo nos será revelado en nuestra patria, el día en que el Señor enjugará todas nuestras lágrimas.
Ahora ya no tenemos nada que esperar en la tierra, las frescas mañanas han pasado, ¡solo nos queda el sufrimiento!
¡Oh! ¡Qué destino digno de envidia!
Los Serafines en el cielo tienen celos de nuestra felicidad.
Estos días he encontrado esta admirable frase:
«La resignación todavía se distingue de la voluntad de Dios; existe la misma diferencia que entre la unión y la unidad: en la unión aún se es dos, en la unidad ya no se es más que uno».
¡Oh, sí!, no seamos más que uno con Dios, ya desde este mundo; y para ello seamos más que resignadas, abracemos la cruz
con alegría.
Jesús es un Esposo de sangre, ¡Él quiere para Sí toda la sangre de nuestro corazón!
Tienes razón, cuesta darle lo que pide. ¡Y qué alegría que cueste!
¡Qué felicidad llevar nuestras cruces débilmente!
¡Ah! La eternidad no será bastante larga para bendecirlo por ello.
Nos colma de Sus favores, como colmaba de ellos a los santos más grandes.
¿Cuáles son, pues, Sus designios de amor sobre nuestras almas?
Este es un secreto que solo nos será revelado en nuestra patria, el día en que el Señor enjugará todas nuestras lágrimas.
Ahora ya no tenemos nada que esperar en la tierra, las frescas mañanas han pasado, ¡solo nos queda el sufrimiento!
¡Oh! ¡Qué destino digno de envidia!
Los Serafines en el cielo tienen celos de nuestra felicidad.
Estos días he encontrado esta admirable frase:
«La resignación todavía se distingue de la voluntad de Dios; existe la misma diferencia que entre la unión y la unidad: en la unión aún se es dos, en la unidad ya no se es más que uno».
¡Oh, sí!, no seamos más que uno con Dios, ya desde este mundo; y para ello seamos más que resignadas, abracemos la cruz
con alegría.
Jesús es un Esposo de sangre, ¡Él quiere para Sí toda la sangre de nuestro corazón!
Tienes razón, cuesta darle lo que pide. ¡Y qué alegría que cueste!
¡Qué felicidad llevar nuestras cruces débilmente!
Céline, lejos de quejarme a Nuestro Señor por esta cruz que nos envía, no puedo comprender el amor infinito que Lo llevó a tratarnos así.
¡Nuestro padre debe de ser muy amado por Dios para tener que sufrir tanto!
¡Qué delicia ser humilladas junto a él!
La humillación es el único camino que hace a los santos, lo sé; también sé que nuestra prueba es una mina de oro que hay que explotar.
Yo, pequeño grano de arena, quiero ponerme manos a la obra, sin valor, sin fuerzas; y esa misma impotencia me facilitará la tarea, quiero trabajar por amor.
El martirio comienza…
Juntas, hermana querida, entremos en la arena; ofrezcamos nuestros sufrimientos a Jesús para salvar almas…
… Céline, necesito olvidar la tierra; aquí abajo todo me cansa, solo encuentro una alegría, la de sufrir… y esa alegría que no se siente está por encima de toda alegría.
La vida pasa, la eternidad se acerca; pronto viviremos de la misma vida de Dios.
Después de haber bebido hasta saciarnos de la fuente de las amarguras, saciaremos nuestra sed en la fuente misma de todas las
dulzuras.
Sí, la figura de este mundo pasa, pronto veremos nuevos cielos; «un sol más radiante iluminará con sus esplendores mares etéreos y horizontes infinitos…»
Ya no seremos prisioneras en una tierra de exilio, todo habrá pasado Con nuestro Esposo celestial, navegaremos por lagos sin orillas; nuestras arpas están suspendidas de los sauces que bordean el río de Babilonia; pero, ¡en el día de nuestra liberación, qué armonías haremos oír!
¡Con qué alegría haremos vibrar todas las cuerdas de nuestros instrumentos!
Hoy derramamos lágrimas al acordarnos de Sion, ¿cómo podríamos cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera?
¡Nuestro padre debe de ser muy amado por Dios para tener que sufrir tanto!
¡Qué delicia ser humilladas junto a él!
La humillación es el único camino que hace a los santos, lo sé; también sé que nuestra prueba es una mina de oro que hay que explotar.
Yo, pequeño grano de arena, quiero ponerme manos a la obra, sin valor, sin fuerzas; y esa misma impotencia me facilitará la tarea, quiero trabajar por amor.
El martirio comienza…
Juntas, hermana querida, entremos en la arena; ofrezcamos nuestros sufrimientos a Jesús para salvar almas…
… Céline, necesito olvidar la tierra; aquí abajo todo me cansa, solo encuentro una alegría, la de sufrir… y esa alegría que no se siente está por encima de toda alegría.
La vida pasa, la eternidad se acerca; pronto viviremos de la misma vida de Dios.
Después de haber bebido hasta saciarnos de la fuente de las amarguras, saciaremos nuestra sed en la fuente misma de todas las
dulzuras.
Sí, la figura de este mundo pasa, pronto veremos nuevos cielos; «un sol más radiante iluminará con sus esplendores mares etéreos y horizontes infinitos…»
Ya no seremos prisioneras en una tierra de exilio, todo habrá pasado Con nuestro Esposo celestial, navegaremos por lagos sin orillas; nuestras arpas están suspendidas de los sauces que bordean el río de Babilonia; pero, ¡en el día de nuestra liberación, qué armonías haremos oír!
¡Con qué alegría haremos vibrar todas las cuerdas de nuestros instrumentos!
Hoy derramamos lágrimas al acordarnos de Sion, ¿cómo podríamos cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera?
Nuestro estribillo es el cántico del sufrimiento.
Jesús nos presenta un cáliz muy amargo; ¡no apartemos de él nuestros labios, suframos en paz!
Quien dice paz no dice alegría, o al menos alegría sentida; para sufrir en paz, basta con querer de veras todo lo que quiere Nuestro Señor.
No creamos que podemos encontrar el amor sin el sufrimiento.
Nuestra naturaleza está ahí, no es por nada; ¡pero qué tesoros nos hace adquirir!
Es nuestro sustento; es tan preciosa que Jesús bajó a la tierra expresamente para poseerla. Querríamos sufrir generosamente, grandemente; querríamos no caer nunca: ¡qué ilusión!
¿Y qué me importa a mí caer a cada instante? Siento así mi debilidad y saco de ello un gran provecho.
Dios mío, Tú ves lo que puedo hacer si no me llevas en Tus brazos; y si me dejas sola, pues bien, es que te complace verme en el suelo: ¿por qué, entonces, inquietarme?
Si quieres soportar en paz la prueba de no complacerte a ti misma, darás al divino Maestro un dulce asilo; es verdad que sufrirás, puesto que estarás a la puerta de tu casa, pero no temas: cuanto más pobre seas, más te amará Jesús.
Sé bien que Él prefiere verte tropezar en la noche con las piedras del camino antes que caminar a plena luz del día por un sendero esmaltado de flores, porque esas flores podrían retrasar tu marcha.
Jesús nos presenta un cáliz muy amargo; ¡no apartemos de él nuestros labios, suframos en paz!
Quien dice paz no dice alegría, o al menos alegría sentida; para sufrir en paz, basta con querer de veras todo lo que quiere Nuestro Señor.
No creamos que podemos encontrar el amor sin el sufrimiento.
Nuestra naturaleza está ahí, no es por nada; ¡pero qué tesoros nos hace adquirir!
Es nuestro sustento; es tan preciosa que Jesús bajó a la tierra expresamente para poseerla. Querríamos sufrir generosamente, grandemente; querríamos no caer nunca: ¡qué ilusión!
¿Y qué me importa a mí caer a cada instante? Siento así mi debilidad y saco de ello un gran provecho.
Dios mío, Tú ves lo que puedo hacer si no me llevas en Tus brazos; y si me dejas sola, pues bien, es que te complace verme en el suelo: ¿por qué, entonces, inquietarme?
Si quieres soportar en paz la prueba de no complacerte a ti misma, darás al divino Maestro un dulce asilo; es verdad que sufrirás, puesto que estarás a la puerta de tu casa, pero no temas: cuanto más pobre seas, más te amará Jesús.
Sé bien que Él prefiere verte tropezar en la noche con las piedras del camino antes que caminar a plena luz del día por un sendero esmaltado de flores, porque esas flores podrían retrasar tu marcha.
Mi alma no Te abandona. ¡Oh, sí, es muy duro vivir en esta tierra!
Pero mañana, dentro de una hora, ¡estaremos en el puerto!
Dios mío, ¿qué veremos entonces? ¿Qué es, pues, esta vida que no tendrá fin?…
El Señor será el alma de nuestra alma. ¡Misterio insondable!
«El ojo del hombre no ha visto la luz increada, su oído no ha escuchado las incomparables melodías de los cielos, y su corazón no puede comprender lo que Le está reservado para el futuro».
¡Y todo esto llegará pronto! Sí, pronto, si amamos apasionadamente a Jesús.
Me parece que el buen Dios no necesita años para realizar Su obra de amor en un alma; un rayo de Su Corazón puede, en un instante, hacer florecer su flor para la eternidad…
Céline, durante los breves instantes que nos quedan, salvemos almas; siento que nuestro Esposo nos pide almas, almas de sacerdotes, sobre todo…
Es Él quien quiere que te diga esto.
No hay más que una sola cosa que hacer aquí abajo: amar a Jesús y salvarle almas para que sea amado.
Aprovechemos con celo hasta las menores ocasiones de alegrarlo, no Le neguemos nada.
¡Tiene tanta necesidad de amor!
Somos Sus lirios preferidos; Él reside en medio de nosotras, reside allí como Rey y nos hace compartir los honores de Su realeza: Su Sangre divina riega nuestras corolas; y Sus espinas, al desgarrarnos, dejan exhalar el perfume de nuestro amor.
Pero mañana, dentro de una hora, ¡estaremos en el puerto!
Dios mío, ¿qué veremos entonces? ¿Qué es, pues, esta vida que no tendrá fin?…
El Señor será el alma de nuestra alma. ¡Misterio insondable!
«El ojo del hombre no ha visto la luz increada, su oído no ha escuchado las incomparables melodías de los cielos, y su corazón no puede comprender lo que Le está reservado para el futuro».
¡Y todo esto llegará pronto! Sí, pronto, si amamos apasionadamente a Jesús.
Me parece que el buen Dios no necesita años para realizar Su obra de amor en un alma; un rayo de Su Corazón puede, en un instante, hacer florecer su flor para la eternidad…
Céline, durante los breves instantes que nos quedan, salvemos almas; siento que nuestro Esposo nos pide almas, almas de sacerdotes, sobre todo…
Es Él quien quiere que te diga esto.
No hay más que una sola cosa que hacer aquí abajo: amar a Jesús y salvarle almas para que sea amado.
Aprovechemos con celo hasta las menores ocasiones de alegrarlo, no Le neguemos nada.
¡Tiene tanta necesidad de amor!
Somos Sus lirios preferidos; Él reside en medio de nosotras, reside allí como Rey y nos hace compartir los honores de Su realeza: Su Sangre divina riega nuestras corolas; y Sus espinas, al desgarrarnos, dejan exhalar el perfume de nuestro amor.
Te envío una imagen de la Santa Faz; me parece que este tema divino le va tan perfectamente a la verdadera hermanita de mi alma…
¡Oh! ¡Que sea otra Verónica!
¡Que seque toda la sangre y las lágrimas de Jesús, su único Bien Amado!
¡Que Le dé almas!
¡Que se abra paso entre los soldados, es decir, el mundo, para llegar hasta Él!…
¡Oh! ¡Qué feliz será cuando vea un día, en la gloria, el valor de esta bebida misteriosa con la que habrá saciado la sed de su Esposo celestial; cuando vea sus labios, antaño resecos por una sed ardiente, decirle la única y eterna palabra del Amor! El agradecimiento que no tendrá fin…
Hasta pronto, querida Verónica; mañana, sin duda, el Bien Amado te pedirá un nuevo sacrificio, un nuevo alivio para Su sed; pero «vayamos y muramos con Él».
Te envío un pasaje de Isaías que te consolará.
Mira, ¡desde hace tanto tiempo! y ya el alma del profeta se sumergía, como la nuestra, en las bellezas ocultas de la Faz divina…
¡Hace siglos! ¡Ah! me pregunto qué es el tiempo.
El tiempo no es más que un espejismo, un sueño; Dios ya nos ve en la gloria, disfruta de nuestra bienaventuranza eterna. ¡Cuánto bien le hace este pensamiento a mi alma! Entonces comprendo por qué nos deja sufrir…
¡Oh! ¡Que sea otra Verónica!
¡Que seque toda la sangre y las lágrimas de Jesús, su único Bien Amado!
¡Que Le dé almas!
¡Que se abra paso entre los soldados, es decir, el mundo, para llegar hasta Él!…
¡Oh! ¡Qué feliz será cuando vea un día, en la gloria, el valor de esta bebida misteriosa con la que habrá saciado la sed de su Esposo celestial; cuando vea sus labios, antaño resecos por una sed ardiente, decirle la única y eterna palabra del Amor! El agradecimiento que no tendrá fin…
Hasta pronto, querida Verónica; mañana, sin duda, el Bien Amado te pedirá un nuevo sacrificio, un nuevo alivio para Su sed; pero «vayamos y muramos con Él».
Te envío un pasaje de Isaías que te consolará.
Mira, ¡desde hace tanto tiempo! y ya el alma del profeta se sumergía, como la nuestra, en las bellezas ocultas de la Faz divina…
¡Hace siglos! ¡Ah! me pregunto qué es el tiempo.
El tiempo no es más que un espejismo, un sueño; Dios ya nos ve en la gloria, disfruta de nuestra bienaventuranza eterna. ¡Cuánto bien le hace este pensamiento a mi alma! Entonces comprendo por qué nos deja sufrir…
Pues bien, ya que nuestro Bienamado fue el único en pisar el lagar del vino que nos da a beber, a nuestra vez, no nos neguemos a llevar vestidos teñidos de sangre, pisemos para Jesús un vino nuevo que Le refresque, y, al mirar a Su alrededor,
ya no podrá decir que está solo, estaremos allí para ayudarle.
Su rostro estaba oculto, ¡ay!, y aún lo está hoy, nadie comprende sus lágrimas…
«Ábreme, hermana mía, esposa mía —nos dice—, porque mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos, húmedos por las gotas de la noche».
Sí, eso es lo que Jesús le dice a nuestra alma cuando está abandonado, olvidado…
El olvido, me parece, es todavía lo que más Le hace sufrir.
¡Y nuestro querido padre! ¡Ah! Mi corazón está desgarrado; pero ¿cómo quejarnos, si Nuestro Señor mismo fue considerado como un hombre herido por Dios y humillado?
En este gran dolor, olvidémonos de nosotras mismas y oremos por los sacerdotes; que nuestra vida esté consagrada a ellos.
El divino Maestro me hace sentir cada vez más que quiere esto de las dos…
¡Oh, Céline, cómo decirte lo que pasa en mi alma?…
¡Qué herida! Pero siento que está hecha por una mano amiga, por una mano divinamente celosa…
ya no podrá decir que está solo, estaremos allí para ayudarle.
Su rostro estaba oculto, ¡ay!, y aún lo está hoy, nadie comprende sus lágrimas…
«Ábreme, hermana mía, esposa mía —nos dice—, porque mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos, húmedos por las gotas de la noche».
Sí, eso es lo que Jesús le dice a nuestra alma cuando está abandonado, olvidado…
El olvido, me parece, es todavía lo que más Le hace sufrir.
¡Y nuestro querido padre! ¡Ah! Mi corazón está desgarrado; pero ¿cómo quejarnos, si Nuestro Señor mismo fue considerado como un hombre herido por Dios y humillado?
En este gran dolor, olvidémonos de nosotras mismas y oremos por los sacerdotes; que nuestra vida esté consagrada a ellos.
El divino Maestro me hace sentir cada vez más que quiere esto de las dos…
¡Oh, Céline, cómo decirte lo que pasa en mi alma?…
¡Qué herida! Pero siento que está hecha por una mano amiga, por una mano divinamente celosa…
Todo estaba listo para mi boda; sin embargo, ¿no te parece que le faltaba algo a la fiesta?
Es verdad que Jesús ya había puesto muchas joyas en mi canastilla, pero hacía falta una, sin duda, de una belleza incomparable, y ese diamante precioso, Jesús me lo ha dado hoy…
¡Papá no vendrá mañana!
Céline, te lo confieso, mis lágrimas han corrido… siguen corriendo mientras te escribo, apenas puedo sostener la pluma.
Sabes cuánto deseaba volver a ver a nuestro querido Padre; pues bien, ahora siento que es la voluntad del buen Dios que no esté en mi fiesta.
Él lo ha permitido simplemente para poner a prueba nuestro amor…
Jesús me quiere huérfana, quiere que esté sola con Él solo, para unirse más íntimamente a mí; y también quiere devolverme, en la Patria, las alegrías tan legítimas que me ha negado en el exilio.
La prueba de hoy es un dolor difícil de comprender: se nos ofrecía una alegría, era posible, natural, extendemos la mano… ¡y no podemos recibir ese consuelo tan deseado!
Pero no ha sido una mano humana la que ha hecho esto, ¡ha sido Jesús!
¡Céline, comprende a tu Teresa! y, juntas, aceptemos de buen corazón la espina que se nos presenta; la fiesta de mañana será una fiesta de lágrimas para nosotras, ¡pero siento que Jesús estará tan Consolado!…
Es verdad que Jesús ya había puesto muchas joyas en mi canastilla, pero hacía falta una, sin duda, de una belleza incomparable, y ese diamante precioso, Jesús me lo ha dado hoy…
¡Papá no vendrá mañana!
Céline, te lo confieso, mis lágrimas han corrido… siguen corriendo mientras te escribo, apenas puedo sostener la pluma.
Sabes cuánto deseaba volver a ver a nuestro querido Padre; pues bien, ahora siento que es la voluntad del buen Dios que no esté en mi fiesta.
Él lo ha permitido simplemente para poner a prueba nuestro amor…
Jesús me quiere huérfana, quiere que esté sola con Él solo, para unirse más íntimamente a mí; y también quiere devolverme, en la Patria, las alegrías tan legítimas que me ha negado en el exilio.
La prueba de hoy es un dolor difícil de comprender: se nos ofrecía una alegría, era posible, natural, extendemos la mano… ¡y no podemos recibir ese consuelo tan deseado!
Pero no ha sido una mano humana la que ha hecho esto, ¡ha sido Jesús!
¡Céline, comprende a tu Teresa! y, juntas, aceptemos de buen corazón la espina que se nos presenta; la fiesta de mañana será una fiesta de lágrimas para nosotras, ¡pero siento que Jesús estará tan Consolado!…
Comprendo todo lo que sufres, comprendo tus desgarramientos y los comparto.
¡Ah! Si pudiera comunicarte la paz que Jesús puso en mi alma en medio de mis lágrimas…
¡Consuélate! Todo pasa. Nuestra vida de antes ya pasó; la muerte también pasará, y entonces gozaremos de la vida, de la verdadera vida, durante millones de siglos, ¡para siempre!
Mientras tanto, hagamos de nuestro corazón un jardín de delicias donde nuestro dulce Salvador venga a descansar…
Plantemos en él solo lirios, y luego cantemos con San Juan de la Cruz:
Con el rostro inclinado sobre mi Amado,
Me quedé allí y me olvidé;
Todo desapareció para mí y me abandoné,
Dejando todas mis preocupaciones
Perdidas en medio de los lirios.
Hace tres años, nuestras almas aún no habían sido quebrantadas, la felicidad nos sonreía aquí abajo; pero Jesús nos miró, y esa mirada se convirtió para nosotras en un océano de lágrimas, pero también en un océano de gracias y de amor. El buen Dios nos arrebató a aquel a quien amábamos con tanta ternura; ¿no fue para que pudiéramos decir verdaderamente: «Padre nuestro que estás en los cielos»?
¡Qué consoladora es esta divina palabra! ¡Qué horizontes abre ante nuestros ojos!
¡Ah! Si pudiera comunicarte la paz que Jesús puso en mi alma en medio de mis lágrimas…
¡Consuélate! Todo pasa. Nuestra vida de antes ya pasó; la muerte también pasará, y entonces gozaremos de la vida, de la verdadera vida, durante millones de siglos, ¡para siempre!
Mientras tanto, hagamos de nuestro corazón un jardín de delicias donde nuestro dulce Salvador venga a descansar…
Plantemos en él solo lirios, y luego cantemos con San Juan de la Cruz:
Con el rostro inclinado sobre mi Amado,
Me quedé allí y me olvidé;
Todo desapareció para mí y me abandoné,
Dejando todas mis preocupaciones
Perdidas en medio de los lirios.
Hace tres años, nuestras almas aún no habían sido quebrantadas, la felicidad nos sonreía aquí abajo; pero Jesús nos miró, y esa mirada se convirtió para nosotras en un océano de lágrimas, pero también en un océano de gracias y de amor. El buen Dios nos arrebató a aquel a quien amábamos con tanta ternura; ¿no fue para que pudiéramos decir verdaderamente: «Padre nuestro que estás en los cielos»?
¡Qué consoladora es esta divina palabra! ¡Qué horizontes abre ante nuestros ojos!
Mi querida Céline, Tú que me hacías tantas preguntas cuando eras pequeña, me pregunto cómo nunca me hiciste esta: «¿Por qué no me creó Dios buena un ángel?»
Pues bien, te responderé de todos modos: —El Señor quiere tener aquí abajo su corte como allá arriba; quiere ángeles mártires, ángeles apóstoles; y si no te creó un ángel del cielo, es porque te quiere un ángel de la tierra, para
que puedas sufrir por Su amor.
¡Céline, hermana mía querida! Pronto se habrán disipado las sombras, a las duras heladas del invierno sucederán los resplandores del sol eterno… ¡pronto estaremos en nuestra tierra natal; pronto nos serán devueltas para siempre las alegrías de nuestra infancia, las veladas del domingo, las efusiones íntimas!
Para escribirte hoy, me veo obligada a robarle unos instantes a Nuestro Señor; no me lo tendrá en cuenta, pues es de Él de quien vamos a hablar juntas.
¡Céline! Las vastas soledades, los horizontes encantadores que se abren ante ti en la hermosa campiña donde vives deben elevar mucho tu alma.
Yo no veo todo eso; me contento con decir, con San Juan de la Cruz, en su Cántico espiritual:
Tengo en mi Amado las montañas,
Los valles solitarios y boscosos…
Pues bien, te responderé de todos modos: —El Señor quiere tener aquí abajo su corte como allá arriba; quiere ángeles mártires, ángeles apóstoles; y si no te creó un ángel del cielo, es porque te quiere un ángel de la tierra, para
que puedas sufrir por Su amor.
¡Céline, hermana mía querida! Pronto se habrán disipado las sombras, a las duras heladas del invierno sucederán los resplandores del sol eterno… ¡pronto estaremos en nuestra tierra natal; pronto nos serán devueltas para siempre las alegrías de nuestra infancia, las veladas del domingo, las efusiones íntimas!
Para escribirte hoy, me veo obligada a robarle unos instantes a Nuestro Señor; no me lo tendrá en cuenta, pues es de Él de quien vamos a hablar juntas.
¡Céline! Las vastas soledades, los horizontes encantadores que se abren ante ti en la hermosa campiña donde vives deben elevar mucho tu alma.
Yo no veo todo eso; me contento con decir, con San Juan de la Cruz, en su Cántico espiritual:
Tengo en mi Amado las montañas,
Los valles solitarios y boscosos…
Últimamente, pensaba en lo que me era posible emprender para salvar a las almas; y esta sencilla palabra del
Evangelio me dio la luz.
Antiguamente, Jesús decía a Sus discípulos, mostrándoles los campos de trigo maduro:
«Levanten los ojos y vean cómo los campos ya están bastante blancos para ser cosechados», y un poco más adelante:
«La cosecha es abundante, pero el número de los obreros es pequeño; pidan, pues, al Dueño de la cosecha que envíe obreros».
¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Acaso las criaturas no pertenecen a Aquel que las creó?
¿Por qué se rebaja a decir: «Pidan al Dueño de la cosecha que envíe obreros»?…
—¡Ah, es que nos tiene un amor tan incomprensible, tan delicado, que no quiere hacer nada sin asociarnos a ello!
El Creador del universo espera la oración de una pobre almita para salvar a una multitud de otras almas, redimidas como ella al precio de Su sangre.
Nuestra vocación no es ir a cosechar en los campos del Padre de familia; Jesús no nos dice: «Bajen los ojos, cosechen los campos»; nuestra misión es aún más sublime.
He aquí las palabras del divino Maestro:
«Levanten los ojos y vean…»
Vean cómo en el cielo hay lugares vacíos; a ustedes les corresponde llenarlos… ustedes son mis Moisés, que oran en la montaña; pídanme obreros y los enviaré, ¡no espero más que una oración, un suspiro de su corazón!
Evangelio me dio la luz.
Antiguamente, Jesús decía a Sus discípulos, mostrándoles los campos de trigo maduro:
«Levanten los ojos y vean cómo los campos ya están bastante blancos para ser cosechados», y un poco más adelante:
«La cosecha es abundante, pero el número de los obreros es pequeño; pidan, pues, al Dueño de la cosecha que envíe obreros».
¡Qué misterio! ¿Acaso Jesús no es todopoderoso? ¿Acaso las criaturas no pertenecen a Aquel que las creó?
¿Por qué se rebaja a decir: «Pidan al Dueño de la cosecha que envíe obreros»?…
—¡Ah, es que nos tiene un amor tan incomprensible, tan delicado, que no quiere hacer nada sin asociarnos a ello!
El Creador del universo espera la oración de una pobre almita para salvar a una multitud de otras almas, redimidas como ella al precio de Su sangre.
Nuestra vocación no es ir a cosechar en los campos del Padre de familia; Jesús no nos dice: «Bajen los ojos, cosechen los campos»; nuestra misión es aún más sublime.
He aquí las palabras del divino Maestro:
«Levanten los ojos y vean…»
Vean cómo en el cielo hay lugares vacíos; a ustedes les corresponde llenarlos… ustedes son mis Moisés, que oran en la montaña; pídanme obreros y los enviaré, ¡no espero más que una oración, un suspiro de su corazón!
¿No es el apostolado de la oración, por así decirlo, más elevado que el de la palabra?
A nosotras nos corresponde formar obreros evangélicos que salvarán a miles de almas cuyas madres llegaremos a ser; ¿qué tenemos, pues, que envidiar a los sacerdotes del Señor?
Nuestra ternura de niñas se ha convertido en una unión muy grande de pensamientos y sentimientos.
Jesús nos ha atraído juntas, pues ¿acaso no eres ya Suya?
Él ha puesto el mundo bajo nuestros pies.
Como Zaqueo, hemos subido a un árbol para verlo; árbol misterioso que nos eleva muy por encima de todas las cosas; entonces podemos decir: Todo es mío, todo es para mí: la tierra es mía, los cielos son míos, Dios es mío, y la Madre de mi Dios es mía».
A propósito de la Santísima Virgen, tengo que confiarte una de mis ingenuidades: a veces me sorprendo diciéndole: «¿Sabe, querida Madre mía, que me encuentro más feliz que usted?
Yo la tengo a usted por Madre, ¡y usted no tiene, como yo, una Santísima Virgen a quien amar!…
Es verdad que usted es la Madre de Jesús, pero usted me lo ha dado; y Él, en la cruz, la ha dado a usted a nosotros como nuestra Madre; así que somos más ricas que usted.
Antiguamente, en su humildad, usted deseaba convertirse en la pequeña servidora de la Madre de Dios; y yo, pobre criaturita, soy, no su servidora, ¡sino su hija!
¡Usted es la Madre de Jesús y es mi Madre!»
A nosotras nos corresponde formar obreros evangélicos que salvarán a miles de almas cuyas madres llegaremos a ser; ¿qué tenemos, pues, que envidiar a los sacerdotes del Señor?
Nuestra ternura de niñas se ha convertido en una unión muy grande de pensamientos y sentimientos.
Jesús nos ha atraído juntas, pues ¿acaso no eres ya Suya?
Él ha puesto el mundo bajo nuestros pies.
Como Zaqueo, hemos subido a un árbol para verlo; árbol misterioso que nos eleva muy por encima de todas las cosas; entonces podemos decir: Todo es mío, todo es para mí: la tierra es mía, los cielos son míos, Dios es mío, y la Madre de mi Dios es mía».
A propósito de la Santísima Virgen, tengo que confiarte una de mis ingenuidades: a veces me sorprendo diciéndole: «¿Sabe, querida Madre mía, que me encuentro más feliz que usted?
Yo la tengo a usted por Madre, ¡y usted no tiene, como yo, una Santísima Virgen a quien amar!…
Es verdad que usted es la Madre de Jesús, pero usted me lo ha dado; y Él, en la cruz, la ha dado a usted a nosotros como nuestra Madre; así que somos más ricas que usted.
Antiguamente, en su humildad, usted deseaba convertirse en la pequeña servidora de la Madre de Dios; y yo, pobre criaturita, soy, no su servidora, ¡sino su hija!
¡Usted es la Madre de Jesús y es mi Madre!»
¡Céline, qué admirable es nuestra grandeza en Jesús!
¡Cuántos misterios nos ha revelado haciéndonos subir al árbol simbólico del que te hablaba hace un momento!
¿Y ahora qué ciencia va a enseñarnos?
¿No nos lo ha enseñado todo? Escuchemos:
«Date prisa en bajar, porque hoy debo hospedarme en tu casa».
¡Cómo! ¡Jesús nos dice que bajemos!
¿Adónde habrá que ir?
Antiguamente, los judíos le preguntaban:
«Maestro, ¿dónde vives?» y Él les respondía:
«Los zorros tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos; pero Yo no tengo dónde reclinar la cabeza».
Hasta aquí debemos bajar para poder servir de morada a Jesús:
ser tan pobres que no tengamos dónde reclinar la cabeza.
Esta luz me fue dada durante mi retiro.
Nuestro Señor desea que lo recibamos en nuestros corazones; sin duda, están vacíos de criaturas, pero ¡ay!, el mío no está vacío de mí misma, y por eso se me manda bajar. ¡Oh! Quiero bajar muy hondo, para que Jesús pueda reclinar Su cabeza divina en mi corazón, y para que allí se sienta amado y comprendido.
Vengo a compartir contigo los deseos de Jesús para tu alma.
Recuerda que Él no dijo: Soy la flor de los jardines, la rosa cultivada, sino:
«Soy la Flor de los campos y el Lirio de los valles».
Pues bien, tú debes permanecer siempre como una gota de rocío escondida en la divina corola del hermoso Lirio de los valles.
¡Cuántos misterios nos ha revelado haciéndonos subir al árbol simbólico del que te hablaba hace un momento!
¿Y ahora qué ciencia va a enseñarnos?
¿No nos lo ha enseñado todo? Escuchemos:
«Date prisa en bajar, porque hoy debo hospedarme en tu casa».
¡Cómo! ¡Jesús nos dice que bajemos!
¿Adónde habrá que ir?
Antiguamente, los judíos le preguntaban:
«Maestro, ¿dónde vives?» y Él les respondía:
«Los zorros tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos; pero Yo no tengo dónde reclinar la cabeza».
Hasta aquí debemos bajar para poder servir de morada a Jesús:
ser tan pobres que no tengamos dónde reclinar la cabeza.
Esta luz me fue dada durante mi retiro.
Nuestro Señor desea que lo recibamos en nuestros corazones; sin duda, están vacíos de criaturas, pero ¡ay!, el mío no está vacío de mí misma, y por eso se me manda bajar. ¡Oh! Quiero bajar muy hondo, para que Jesús pueda reclinar Su cabeza divina en mi corazón, y para que allí se sienta amado y comprendido.
Vengo a compartir contigo los deseos de Jesús para tu alma.
Recuerda que Él no dijo: Soy la flor de los jardines, la rosa cultivada, sino:
«Soy la Flor de los campos y el Lirio de los valles».
Pues bien, tú debes permanecer siempre como una gota de rocío escondida en la divina corola del hermoso Lirio de los valles.
Una gota de rocío, ¿qué hay más sencillo y más puro?
No son las nubes las que la han formado; nace bajo el cielo estrellado.
El rocío solo existe de noche; cuando el sol lanza sus cálidos rayos, las encantadoras perlas que brillan en las puntas de las briznas de hierba pronto se transforman en vapor ligero.
Este es el retrato de mi pequeña Celina…
Celina es una gota de rocío descendida del hermoso cielo, su patria.
Durante la noche de esta vida, debe esconderse en el cáliz bermejo de la Flor del campo: ninguna mirada debe descubrirla allí.
Feliz gotita de rocío, conocida solo por Dios, no te detengas a contemplar el curso resonante de los ríos de este mundo; ni siquiera envidies el claro arroyo que serpentea por la pradera.
Sin duda su murmullo es muy dulce, pero las criaturas pueden oírlo, y además el cáliz de la Flor del campo no podría contenerlo.
¡Para acercarse a Jesús hay que ser tan pequeño! ¡Oh, qué pocas almas aspiran a ser pequeñas y desconocidas! «Pero —dicen ellas—, ¿acaso el río y el arroyo no son más útiles que la gota de rocío?
¿Qué hace ella? La juzgamos buena para nada, salvo para refrescar por un instante la frágil corola de una flor silvestre».
No son las nubes las que la han formado; nace bajo el cielo estrellado.
El rocío solo existe de noche; cuando el sol lanza sus cálidos rayos, las encantadoras perlas que brillan en las puntas de las briznas de hierba pronto se transforman en vapor ligero.
Este es el retrato de mi pequeña Celina…
Celina es una gota de rocío descendida del hermoso cielo, su patria.
Durante la noche de esta vida, debe esconderse en el cáliz bermejo de la Flor del campo: ninguna mirada debe descubrirla allí.
Feliz gotita de rocío, conocida solo por Dios, no te detengas a contemplar el curso resonante de los ríos de este mundo; ni siquiera envidies el claro arroyo que serpentea por la pradera.
Sin duda su murmullo es muy dulce, pero las criaturas pueden oírlo, y además el cáliz de la Flor del campo no podría contenerlo.
¡Para acercarse a Jesús hay que ser tan pequeño! ¡Oh, qué pocas almas aspiran a ser pequeñas y desconocidas! «Pero —dicen ellas—, ¿acaso el río y el arroyo no son más útiles que la gota de rocío?
¿Qué hace ella? La juzgamos buena para nada, salvo para refrescar por un instante la frágil corola de una flor silvestre».
¡Ah! ¡usted no conoce la verdadera Flor silvestre!
Si la conociera, comprendería mejor el reproche de Nuestro Señor a Marta.
El Bienamado no necesita ni nuestras obras brillantes ni nuestros hermosos pensamientos; si quiere concepciones sublimes, ¿acaso no tiene a Sus Ángeles, cuya ciencia supera infinitamente la de los mayores genios de este mundo?
No son, pues, ni el espíritu ni los talentos lo que viene a buscar aquí abajo…
No Se hizo la Flor de los campos sino para mostrarnos cuánto ama la sencillez.
El Lirio del valle solo pide una gota de rocío, que, durante una sola noche, permanecerá oculta a las miradas humanas.
Pero cuando las sombras comiencen a declinar, cuando la Flor de los campos se haya convertido en el Sol de
Justicia, la humilde compañera de Su exilio subirá hasta Él como un vapor de amor; Él detendrá sobre ella uno de Sus rayos y, ante toda la corte celestial, ella brillará eternamente, como una perla preciosa, deslumbrante espejo del Sol divino.
Lo que me escribes me colma de alegría, vas por un camino real.
La esposa del Cantar de los Cantares, al no haber podido encontrar a su Bienamado en el reposo, se levantó, dice, para buscarlo en la ciudad, pero en vano… solo pudo encontrarlo fuera de las murallas.
Jesús no quiere que encontremos en el reposo Su presencia adorable; Se esconde, Se envuelve en tinieblas…
No es así como actúa con las multitudes, pues leemos en el santo Evangelio que el pueblo quedaba arrebatado cuando Él hablaba.
Si la conociera, comprendería mejor el reproche de Nuestro Señor a Marta.
El Bienamado no necesita ni nuestras obras brillantes ni nuestros hermosos pensamientos; si quiere concepciones sublimes, ¿acaso no tiene a Sus Ángeles, cuya ciencia supera infinitamente la de los mayores genios de este mundo?
No son, pues, ni el espíritu ni los talentos lo que viene a buscar aquí abajo…
No Se hizo la Flor de los campos sino para mostrarnos cuánto ama la sencillez.
El Lirio del valle solo pide una gota de rocío, que, durante una sola noche, permanecerá oculta a las miradas humanas.
Pero cuando las sombras comiencen a declinar, cuando la Flor de los campos se haya convertido en el Sol de
Justicia, la humilde compañera de Su exilio subirá hasta Él como un vapor de amor; Él detendrá sobre ella uno de Sus rayos y, ante toda la corte celestial, ella brillará eternamente, como una perla preciosa, deslumbrante espejo del Sol divino.
Lo que me escribes me colma de alegría, vas por un camino real.
La esposa del Cantar de los Cantares, al no haber podido encontrar a su Bienamado en el reposo, se levantó, dice, para buscarlo en la ciudad, pero en vano… solo pudo encontrarlo fuera de las murallas.
Jesús no quiere que encontremos en el reposo Su presencia adorable; Se esconde, Se envuelve en tinieblas…
No es así como actúa con las multitudes, pues leemos en el santo Evangelio que el pueblo quedaba arrebatado cuando Él hablaba.
Jesús cautivaba a las almas débiles con Sus divinas palabras, trataba de hacerlas fuertes para el día de la tentación y de la prueba; pero ¡qué pequeño fue el número de Sus amigos fieles cuando calló ante Sus jueces! ¡Oh! ¡Qué melodía para mi corazón es ese silencio del divino Maestro!
Él quiere que tengamos caridad con Él como con un pobre; por así decirlo, se pone a nuestra merced; no quiere tomar nada sin que se lo demos de buen corazón, y la más pequeña moneda es preciosa a Sus ojos divinos.
Nos tiende la mano para recibir un poco de amor, a fin de que, en el día radiante del Juicio, este dulce Salvador pueda dirigirnos estas palabras inefables:
«Vengan, benditos de Mi Padre; porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber; no sabía dónde alojarme y ustedes me dieron refugio; estaba en la cárcel, enfermo, y ustedes me socorrieron».
Mi querida Céline, alegrémonos de nuestra parte; demos, demos al Bienamado, seamos generosas con Él, pero
no olvidemos nunca que es un Tesoro escondido: pocas almas saben descubrirlo.
Para encontrar una cosa escondida, hay que esconderse una misma; que nuestra vida sea un misterio.
«¿Quieres aprender algo que te sirva?, dice el autor de la Imitación: ama ser desconocido y tenido por nada…
Después de haberlo dejado todo, todavía hay que dejarse a uno mismo; que este se gloríe de una cosa, aquel de otra; tú no pongas tu alegría sino en el desprecio de ti misma».
Él quiere que tengamos caridad con Él como con un pobre; por así decirlo, se pone a nuestra merced; no quiere tomar nada sin que se lo demos de buen corazón, y la más pequeña moneda es preciosa a Sus ojos divinos.
Nos tiende la mano para recibir un poco de amor, a fin de que, en el día radiante del Juicio, este dulce Salvador pueda dirigirnos estas palabras inefables:
«Vengan, benditos de Mi Padre; porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber; no sabía dónde alojarme y ustedes me dieron refugio; estaba en la cárcel, enfermo, y ustedes me socorrieron».
Mi querida Céline, alegrémonos de nuestra parte; demos, demos al Bienamado, seamos generosas con Él, pero
no olvidemos nunca que es un Tesoro escondido: pocas almas saben descubrirlo.
Para encontrar una cosa escondida, hay que esconderse una misma; que nuestra vida sea un misterio.
«¿Quieres aprender algo que te sirva?, dice el autor de la Imitación: ama ser desconocido y tenido por nada…
Después de haberlo dejado todo, todavía hay que dejarse a uno mismo; que este se gloríe de una cosa, aquel de otra; tú no pongas tu alegría sino en el desprecio de ti misma».
Me dices, querida Céline, que mis cartas te hacen bien; me alegra, pero te aseguro que no me hago ilusiones. «Si el Señor no construye Él mismo la casa, en vano trabajan quienes la edifican».
Los discursos más hermosos serían incapaces de hacer brotar un acto de amor sin la gracia que toca el corazón.
He aquí un hermoso melocotón rosado y tan suave que todos los confiteros serían incapaces de preparar un néctar semejante.
Dime, Céline, ¿fue por el melocotón por lo que el Buen Dios creó ese bonito color y esa textura aterciopelada tan agradable?
¿Fue por él también por lo que gastó tanta azúcar?
Pero no, fue por nosotros; lo que le pertenece únicamente, lo que constituye la esencia de su ser, es su hueso; no posee más que eso.
Así, Jesús se complace en prodigar Sus dones a algunas de Sus criaturas, con el fin de atraer a otras almas; pero, interiormente, las humilla por misericordia, las fuerza suavemente a reconocer su nada y Su omnipotencia.
Estos sentimientos forman en ellas como un núcleo de gracia que Él se apresura a desarrollar para el día bienaventurado en que, revestidas de una belleza inmortal e imperecedera, serán servidas sin peligro en la mesa de los cielos.
Querida hermanita, dulce eco de mi alma, tu Teresa no se encuentra en las alturas en este momento; pero, ¿sabes?, cuando estoy en la sequedad, incapaz de rezar, de practicar la virtud, busco pequeñas ocasiones, insignificancias, para complacer a mi Jesús: por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable, cuando quisiera callar y mostrar hastío.
Si no tengo ocasiones, al menos quiero repetirle a menudo que lo amo; no es difícil y eso mantiene el fuego en mi corazón.
Aunque me pareciera que ese fuego de amor se hubiera apagado, echaría todavía unas pajitas sobre las cenizas y estoy segura de que volvería a encenderse.
Los discursos más hermosos serían incapaces de hacer brotar un acto de amor sin la gracia que toca el corazón.
He aquí un hermoso melocotón rosado y tan suave que todos los confiteros serían incapaces de preparar un néctar semejante.
Dime, Céline, ¿fue por el melocotón por lo que el Buen Dios creó ese bonito color y esa textura aterciopelada tan agradable?
¿Fue por él también por lo que gastó tanta azúcar?
Pero no, fue por nosotros; lo que le pertenece únicamente, lo que constituye la esencia de su ser, es su hueso; no posee más que eso.
Así, Jesús se complace en prodigar Sus dones a algunas de Sus criaturas, con el fin de atraer a otras almas; pero, interiormente, las humilla por misericordia, las fuerza suavemente a reconocer su nada y Su omnipotencia.
Estos sentimientos forman en ellas como un núcleo de gracia que Él se apresura a desarrollar para el día bienaventurado en que, revestidas de una belleza inmortal e imperecedera, serán servidas sin peligro en la mesa de los cielos.
Querida hermanita, dulce eco de mi alma, tu Teresa no se encuentra en las alturas en este momento; pero, ¿sabes?, cuando estoy en la sequedad, incapaz de rezar, de practicar la virtud, busco pequeñas ocasiones, insignificancias, para complacer a mi Jesús: por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable, cuando quisiera callar y mostrar hastío.
Si no tengo ocasiones, al menos quiero repetirle a menudo que lo amo; no es difícil y eso mantiene el fuego en mi corazón.
Aunque me pareciera que ese fuego de amor se hubiera apagado, echaría todavía unas pajitas sobre las cenizas y estoy segura de que volvería a encenderse.
Es cierto que no siempre soy fiel; pero nunca me desanimo, me abandono en los brazos del Señor; Él me enseña a sacar provecho de todo, del bien y del mal que encuentra en mí, me enseña a jugar en el banco del amor, o más bien, es Él quien juega por mí, sin decirme cómo se las arregla: ese es asunto Suyo, y no mío; lo que me corresponde es entregarme por completo, sin reservarme nada, ni siquiera el gozo de saber cuánto me produce el banco…
Después de todo, no soy el hijo pródigo, no hace falta que Jesús me prepare un banquete, puesto que estoy
siempre con Él.
He leído en el santo Evangelio que el divino Pastor deja a todas las ovejas fieles en el desierto para correr tras la oveja perdida.
¡Cuánto me conmueve esta confianza!
¡Mira, pues, está seguro de ellas! ¿Cómo podrían escapar? Están cautivas del amor.
Así, el amado Pastor de nuestras almas nos arrebata Su presencia sensible para dar Sus consuelos a los pecadores; o bien, si nos conduce al Tabor, es por un instante… los valles son casi siempre el lugar de los pastos, «allí descansa al mediodía».
Después de todo, no soy el hijo pródigo, no hace falta que Jesús me prepare un banquete, puesto que estoy
siempre con Él.
He leído en el santo Evangelio que el divino Pastor deja a todas las ovejas fieles en el desierto para correr tras la oveja perdida.
¡Cuánto me conmueve esta confianza!
¡Mira, pues, está seguro de ellas! ¿Cómo podrían escapar? Están cautivas del amor.
Así, el amado Pastor de nuestras almas nos arrebata Su presencia sensible para dar Sus consuelos a los pecadores; o bien, si nos conduce al Tabor, es por un instante… los valles son casi siempre el lugar de los pastos, «allí descansa al mediodía».
Encuentro en los Cánticos sagrados este pasaje que te conviene perfectamente:
«¿Qué ven en la esposa, sino un coro de música en un campamento militar?»
Por el sufrimiento, tu vida es en efecto un campo de batalla; allí hace falta un coro de música, pues bien, Tú serás la pequeña lira de Jesús.
Pero ¿está completo un concierto cuando nadie canta?
Puesto que Jesús toca, ¿no es necesario que Céline cante?
Cuando la melodía sea triste, cantará los cánticos del exilio; cuando la melodía sea alegre, entonará algunos estribillos de lo alto…
Todo lo que suceda, favorable o desfavorable, todos los acontecimientos de la tierra no serán más que ruidos lejanos, incapaces de hacer vibrar la lira de Jesús; Él solo se reserva el derecho de pulsar suavemente sus cuerdas.
No puedo pensar sin arrobamiento en la querida pequeña santa Cecilia; ¡qué modelo! En medio de un mundo pagano, en medio del peligro, en el momento de unirse a un mortal que solo respira amor profano, me parece que debería haber temblado y llorado.
Pero no; mientras los instrumentos de alegría celebraban sus bodas, Cecilia cantaba en su corazón.
¡Qué abandono! Sin duda escuchaba otras melodías que las de la tierra; su Esposo divino también cantaba, y los Ángeles repetían en coro este estribillo de una noche bendita:
«Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a las almas de buena voluntad.»
«¿Qué ven en la esposa, sino un coro de música en un campamento militar?»
Por el sufrimiento, tu vida es en efecto un campo de batalla; allí hace falta un coro de música, pues bien, Tú serás la pequeña lira de Jesús.
Pero ¿está completo un concierto cuando nadie canta?
Puesto que Jesús toca, ¿no es necesario que Céline cante?
Cuando la melodía sea triste, cantará los cánticos del exilio; cuando la melodía sea alegre, entonará algunos estribillos de lo alto…
Todo lo que suceda, favorable o desfavorable, todos los acontecimientos de la tierra no serán más que ruidos lejanos, incapaces de hacer vibrar la lira de Jesús; Él solo se reserva el derecho de pulsar suavemente sus cuerdas.
No puedo pensar sin arrobamiento en la querida pequeña santa Cecilia; ¡qué modelo! En medio de un mundo pagano, en medio del peligro, en el momento de unirse a un mortal que solo respira amor profano, me parece que debería haber temblado y llorado.
Pero no; mientras los instrumentos de alegría celebraban sus bodas, Cecilia cantaba en su corazón.
¡Qué abandono! Sin duda escuchaba otras melodías que las de la tierra; su Esposo divino también cantaba, y los Ángeles repetían en coro este estribillo de una noche bendita:
«Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a las almas de buena voluntad.»
¡La gloria de Dios! ¡Oh! Cecilia la comprendía, la deseaba con todo su corazón, presentía que su Jesús tenía sed de las almas…
Por eso todo su deseo era llevarle pronto la del joven romano que solo pensaba en la gloria humana; esta virgen prudente hará de él un mártir, y multitudes seguirán sus huellas.
No teme nada: los Ángeles han prometido y cantado la paz; sabe que el Príncipe de la paz está obligado a protegerla, a guardar su virginidad y a darle su recompensa.
«¡Oh, qué hermosa es la generación de las almas vírgenes!»
Hermana mía querida, no sé muy bien lo que te digo, me dejo llevar por la corriente de mi corazón.
Me escribes que sientes tu debilidad; es una gracia; es Nuestro Señor quien imprime en tu alma estos sentimientos de desconfianza en ti misma.
No temas; si permaneces fiel a complacerle en las pequeñas ocasiones, Él se verá obligado a ayudarte en las grandes.
Los Apóstoles, sin Él, trabajaron durante mucho tiempo, toda una noche, sin pescar nada; sin embargo, su trabajo le agradaba, pero quería demostrar que solo Él puede darnos algo.
Solo pedía un acto de humildad:
«Hijos, ¿no tienen nada para comer?» y el buen San Pedro confiesa su impotencia:
«¡Señor, hemos pescado toda la noche sin sacar nada!»
¡Basta! El Corazón de Jesús está conmovido, se emociona…
Quizá, si el apóstol hubiera pescado algunos pececillos, el divino Maestro no habría hecho ningún milagro; pero no había pescado nada; así, por el poder y la bondad divinos, sus redes pronto se llenaron de grandes peces.
Por eso todo su deseo era llevarle pronto la del joven romano que solo pensaba en la gloria humana; esta virgen prudente hará de él un mártir, y multitudes seguirán sus huellas.
No teme nada: los Ángeles han prometido y cantado la paz; sabe que el Príncipe de la paz está obligado a protegerla, a guardar su virginidad y a darle su recompensa.
«¡Oh, qué hermosa es la generación de las almas vírgenes!»
Hermana mía querida, no sé muy bien lo que te digo, me dejo llevar por la corriente de mi corazón.
Me escribes que sientes tu debilidad; es una gracia; es Nuestro Señor quien imprime en tu alma estos sentimientos de desconfianza en ti misma.
No temas; si permaneces fiel a complacerle en las pequeñas ocasiones, Él se verá obligado a ayudarte en las grandes.
Los Apóstoles, sin Él, trabajaron durante mucho tiempo, toda una noche, sin pescar nada; sin embargo, su trabajo le agradaba, pero quería demostrar que solo Él puede darnos algo.
Solo pedía un acto de humildad:
«Hijos, ¿no tienen nada para comer?» y el buen San Pedro confiesa su impotencia:
«¡Señor, hemos pescado toda la noche sin sacar nada!»
¡Basta! El Corazón de Jesús está conmovido, se emociona…
Quizá, si el apóstol hubiera pescado algunos pececillos, el divino Maestro no habría hecho ningún milagro; pero no había pescado nada; así, por el poder y la bondad divinos, sus redes pronto se llenaron de grandes peces.
He aquí el carácter de Nuestro Señor: da como Dios, pero quiere la humildad del corazón.
No sé si todavía te encuentras en las mismas disposiciones de ánimo que manifestabas en tu última carta; lo supongo, y te respondo con este pasaje del Cantar de los Cantares, que explica perfectamente el estado de un alma sumida en la sequedad, de un alma a la que nada puede alegrar ni consolar:
«Bajé al jardín de los nogales, para ver los frutos del valle, para considerar si había florecido la vid y si habían brotado los granados. Ya no supe dónde estaba; mi alma se turbó a causa de los carros de Aminadab».
Esta es la imagen de nuestras almas.
A menudo bajamos a los valles fértiles donde nuestro corazón gusta de alimentarse; y el vasto campo de las Sagradas Escrituras, que tantas veces se ha abierto para derramar en nuestro favor sus más ricos tesoros, ese mismo campo nos parece un desierto árido y sin agua; ni siquiera sabemos ya dónde estamos: en lugar de paz y luz, nos toca en suerte la turbación y las tinieblas…
Pero, como la esposa, conocemos la causa de esta prueba:
«Nuestra alma está turbada a causa de los carros de Aminadab».
Todavía no estamos en nuestra patria, y la tentación debe purificarnos como el oro bajo la acción del fuego; a veces nos creemos abandonadas, ¡ay!, los carros, es decir, los vanos ruidos que nos asedian y nos afligen, ¿están dentro de nosotras o fuera de nosotras? ¡No lo sabemos! Pero Jesús lo sabe; Él es testigo de nuestra tristeza, y en la noche su voz se hace oír de pronto:
No sé si todavía te encuentras en las mismas disposiciones de ánimo que manifestabas en tu última carta; lo supongo, y te respondo con este pasaje del Cantar de los Cantares, que explica perfectamente el estado de un alma sumida en la sequedad, de un alma a la que nada puede alegrar ni consolar:
«Bajé al jardín de los nogales, para ver los frutos del valle, para considerar si había florecido la vid y si habían brotado los granados. Ya no supe dónde estaba; mi alma se turbó a causa de los carros de Aminadab».
Esta es la imagen de nuestras almas.
A menudo bajamos a los valles fértiles donde nuestro corazón gusta de alimentarse; y el vasto campo de las Sagradas Escrituras, que tantas veces se ha abierto para derramar en nuestro favor sus más ricos tesoros, ese mismo campo nos parece un desierto árido y sin agua; ni siquiera sabemos ya dónde estamos: en lugar de paz y luz, nos toca en suerte la turbación y las tinieblas…
Pero, como la esposa, conocemos la causa de esta prueba:
«Nuestra alma está turbada a causa de los carros de Aminadab».
Todavía no estamos en nuestra patria, y la tentación debe purificarnos como el oro bajo la acción del fuego; a veces nos creemos abandonadas, ¡ay!, los carros, es decir, los vanos ruidos que nos asedian y nos afligen, ¿están dentro de nosotras o fuera de nosotras? ¡No lo sabemos! Pero Jesús lo sabe; Él es testigo de nuestra tristeza, y en la noche su voz se hace oír de pronto:
«¡Vuelve, vuelve, Sulamita mía, vuelve para que te contemplemos!»
¡Qué llamado! ¡Cómo! Ya ni siquiera nos atrevíamos a mirarnos, nuestro estado nos horrorizaba, y Jesús nos llama para contemplarnos a Su gusto…
Él quiere vernos, viene, y las otras dos adorables Personas de la Santísima Trinidad vienen con Él a tomar posesión de nuestra alma.
Nuestro Señor lo había prometido tiempo atrás, cuando decía con una ternura inefable:
«Si alguien me ama, guardará Mi palabra; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada».
Guardar la palabra de Jesús, esa es la única condición de nuestra felicidad, la prueba de nuestro amor por Él; y esa palabra, me parece que es Él mismo, puesto que se llama el Verbo o Palabra increada del Padre.
En el mismo Evangelio de San Juan, Él hace esta sublime oración:
«Santifícalos por Tu palabra: Tu palabra es la verdad».
En otro lugar, Jesús nos enseña que Él es el camino, la verdad y la vida.
Sabemos, pues, cuál es la palabra que debemos guardar; no podemos decir como Pilato:
«¿Qué es la verdad?» — La verdad la poseemos, puesto que el Bienamado habita en nuestros corazones.
A menudo, este Bienamado es para nosotros un ramo de mirra, compartimos el cáliz de Sus dolores; pero ¡qué dulce nos será escuchar un día esta suave palabra:
«Ustedes son los que han permanecido conmigo en todas las pruebas que he tenido; por eso les preparo Mi reino, como Mi Padre me lo ha preparado a Mí!»
¡Qué llamado! ¡Cómo! Ya ni siquiera nos atrevíamos a mirarnos, nuestro estado nos horrorizaba, y Jesús nos llama para contemplarnos a Su gusto…
Él quiere vernos, viene, y las otras dos adorables Personas de la Santísima Trinidad vienen con Él a tomar posesión de nuestra alma.
Nuestro Señor lo había prometido tiempo atrás, cuando decía con una ternura inefable:
«Si alguien me ama, guardará Mi palabra; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada».
Guardar la palabra de Jesús, esa es la única condición de nuestra felicidad, la prueba de nuestro amor por Él; y esa palabra, me parece que es Él mismo, puesto que se llama el Verbo o Palabra increada del Padre.
En el mismo Evangelio de San Juan, Él hace esta sublime oración:
«Santifícalos por Tu palabra: Tu palabra es la verdad».
En otro lugar, Jesús nos enseña que Él es el camino, la verdad y la vida.
Sabemos, pues, cuál es la palabra que debemos guardar; no podemos decir como Pilato:
«¿Qué es la verdad?» — La verdad la poseemos, puesto que el Bienamado habita en nuestros corazones.
A menudo, este Bienamado es para nosotros un ramo de mirra, compartimos el cáliz de Sus dolores; pero ¡qué dulce nos será escuchar un día esta suave palabra:
«Ustedes son los que han permanecido conmigo en todas las pruebas que he tenido; por eso les preparo Mi reino, como Mi Padre me lo ha preparado a Mí!»
Quizá sea la última vez, querida hermanita mía, que me sirva de la pluma para hablar contigo; ¡el buen Dios ha escuchado mi deseo más querido!
Ven, sufriremos juntas… y luego Jesús se llevará a una de nosotras, y las demás permanecerán por un poco de tiempo en el exilio. Escucha bien lo que voy a decirte:
Jamás, jamás nos separará el buen Dios; si muero antes que tú, no creas que me alejaré de tu alma, jamás habremos estado más unidas.
Sobre todo, no te apenes por mi profecía, ¡es una niñería! no estoy enferma, tengo una salud de hierro; pero el Señor puede quebrar el hierro como la arcilla…
Nuestro querido padre nos hace sentir su presencia de una manera que me conmueve profundamente.
Después de una muerte de cinco largos años, ¡qué alegría volver a encontrarlo como antes, y aún más paternal!
¡Oh! ¡Cómo te recompensará los cuidados que le prodigaste!
Tú fuiste su ángel, él será tu ángel a su vez.
Mira, no hace ni un mes que está en el cielo, y ya, gracias a su poderosa intervención, todas tus gestiones salen bien.
Ahora le resulta fácil arreglar nuestros asuntos; por eso tuvo menos trabajo con su Céline que con su pobre reinita.
Ven, sufriremos juntas… y luego Jesús se llevará a una de nosotras, y las demás permanecerán por un poco de tiempo en el exilio. Escucha bien lo que voy a decirte:
Jamás, jamás nos separará el buen Dios; si muero antes que tú, no creas que me alejaré de tu alma, jamás habremos estado más unidas.
Sobre todo, no te apenes por mi profecía, ¡es una niñería! no estoy enferma, tengo una salud de hierro; pero el Señor puede quebrar el hierro como la arcilla…
Nuestro querido padre nos hace sentir su presencia de una manera que me conmueve profundamente.
Después de una muerte de cinco largos años, ¡qué alegría volver a encontrarlo como antes, y aún más paternal!
¡Oh! ¡Cómo te recompensará los cuidados que le prodigaste!
Tú fuiste su ángel, él será tu ángel a su vez.
Mira, no hace ni un mes que está en el cielo, y ya, gracias a su poderosa intervención, todas tus gestiones salen bien.
Ahora le resulta fácil arreglar nuestros asuntos; por eso tuvo menos trabajo con su Céline que con su pobre reinita.
Desde hace mucho tiempo me pides noticias del noviciado, sobre todo noticias de mi oficio; voy a complacerte:
Soy un perrito de caza, y este título me da muchas preocupaciones, debido a las funciones que exige, ya lo juzgarás: todo el día, desde la mañana hasta la noche, corro tras la caza.
Los cazadores —la Reverenda Madre Priora y la Maestra de novicias— son demasiado grandes para meterse entre los arbustos; mientras que un perrito se cuela por todas partes… ¡y además tiene buen olfato!
Por eso vigilo de cerca a mis conejitos; no quiero hacerles daño; pero los lamo diciéndoles, a veces, que su pelaje no es lo bastante liso, otras veces que su mirada se parece demasiado a la de los conejos silvestres… en fin, trato de hacerlos como el Cazador los desea: conejitos muy sencillos, ocupados solamente en la hierbecita que deben comer.
Me río, pero en el fondo pienso muy sinceramente que uno de esos conejitos —el que tú conoces— vale cien veces más que el perrito: ha corrido muchos peligros…
Te confieso que, en su lugar, hace mucho tiempo que me habría perdido para siempre en el vasto bosque del mundo.
Soy un perrito de caza, y este título me da muchas preocupaciones, debido a las funciones que exige, ya lo juzgarás: todo el día, desde la mañana hasta la noche, corro tras la caza.
Los cazadores —la Reverenda Madre Priora y la Maestra de novicias— son demasiado grandes para meterse entre los arbustos; mientras que un perrito se cuela por todas partes… ¡y además tiene buen olfato!
Por eso vigilo de cerca a mis conejitos; no quiero hacerles daño; pero los lamo diciéndoles, a veces, que su pelaje no es lo bastante liso, otras veces que su mirada se parece demasiado a la de los conejos silvestres… en fin, trato de hacerlos como el Cazador los desea: conejitos muy sencillos, ocupados solamente en la hierbecita que deben comer.
Me río, pero en el fondo pienso muy sinceramente que uno de esos conejitos —el que tú conoces— vale cien veces más que el perrito: ha corrido muchos peligros…
Te confieso que, en su lugar, hace mucho tiempo que me habría perdido para siempre en el vasto bosque del mundo.
Me alegra, mi pequeña Celina, que no sientas ningún atractivo sensible al venir al Carmelo; es una delicadeza de Jesús, que quiere recibir de ti un regalo.
Él sabe que es mucho más dulce dar que recibir.
¡Qué felicidad sufrir por Aquel que nos ama con locura y pasar por locas a los ojos del mundo!
Se juzga a los demás según uno mismo, y como el mundo es insensato, naturalmente nos llama con ese nombre.
¡Consolémonos, no somos las primeras!
El único crimen que Herodes le reprochó a Nuestro Señor fue el de estar loco… ¡y, francamente, era verdad!
Sí, ¡fue una locura venir a buscar los pobres corazoncitos de los mortales para hacer de ellos Sus tronos, Él, el Rey de gloria que está sentado por encima de los Querubines!
¿No era perfectamente feliz en compañía de Su Padre y del Espíritu de amor?
¿Por qué venir aquí abajo a buscar pecadores para hacer de ellos Sus amigos, Sus íntimos?
Nunca podremos hacer por nuestro Esposo las locuras que Él hizo por nosotras; nuestros actos son muy razonables en comparación con los Suyos.
¡Que el mundo nos deje tranquilas!
Lo repito, es él quien está loco, pues ignora lo que Jesús hizo y sufrió para salvarlo de la condenación.
Él sabe que es mucho más dulce dar que recibir.
¡Qué felicidad sufrir por Aquel que nos ama con locura y pasar por locas a los ojos del mundo!
Se juzga a los demás según uno mismo, y como el mundo es insensato, naturalmente nos llama con ese nombre.
¡Consolémonos, no somos las primeras!
El único crimen que Herodes le reprochó a Nuestro Señor fue el de estar loco… ¡y, francamente, era verdad!
Sí, ¡fue una locura venir a buscar los pobres corazoncitos de los mortales para hacer de ellos Sus tronos, Él, el Rey de gloria que está sentado por encima de los Querubines!
¿No era perfectamente feliz en compañía de Su Padre y del Espíritu de amor?
¿Por qué venir aquí abajo a buscar pecadores para hacer de ellos Sus amigos, Sus íntimos?
Nunca podremos hacer por nuestro Esposo las locuras que Él hizo por nosotras; nuestros actos son muy razonables en comparación con los Suyos.
¡Que el mundo nos deje tranquilas!
Lo repito, es él quien está loco, pues ignora lo que Jesús hizo y sufrió para salvarlo de la condenación.
Tampoco somos holgazanas ni derrochadoras; el divino Maestro se ha encargado de defendernos.
Escucha: Estaba sentado a la mesa con Lázaro y Sus discípulos; Marta servía; en cuanto a María, no pensaba en tomar alimento, sino en complacer a su Bienamado, por eso derramó sobre la cabeza del Salvador un perfume de gran precio y, al romperse el frágil frasco, toda la casa quedó perfumada con aquel ungüento.
Los Apóstoles murmuraron contra Magdalena; eso es también lo que nos ocurre a nosotras: los cristianos más fervorosos encuentran que somos exageradas, que deberíamos servir a Jesús con Marta, en lugar de consagrarle los frascos de nuestras vidas con los perfumes que contienen.
Y, sin embargo, ¿qué importa que esos frascos se rompan, puesto que Nuestro Señor se siente consolado y que, a pesar Suyo, el mundo se ve obligado a percibir los perfumes que de ellos se exhalan?
¡Oh, esos perfumes son muy necesarios para purificar la atmósfera malsana que respira!
Hasta pronto, hermanita querida.
He aquí tu barca cerca del puerto; el viento que la impulsa es un viento de amor, ¡y ese viento es más rápido que el relámpago!
Adiós, dentro de unos días estaremos reunidas en el Carmelo, ¡y luego allá arriba!
¿Acaso Jesús no dijo durante Su Pasión:
«Además, pronto verán al Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios y viniendo sobre las nubes del cielo»?
Escucha: Estaba sentado a la mesa con Lázaro y Sus discípulos; Marta servía; en cuanto a María, no pensaba en tomar alimento, sino en complacer a su Bienamado, por eso derramó sobre la cabeza del Salvador un perfume de gran precio y, al romperse el frágil frasco, toda la casa quedó perfumada con aquel ungüento.
Los Apóstoles murmuraron contra Magdalena; eso es también lo que nos ocurre a nosotras: los cristianos más fervorosos encuentran que somos exageradas, que deberíamos servir a Jesús con Marta, en lugar de consagrarle los frascos de nuestras vidas con los perfumes que contienen.
Y, sin embargo, ¿qué importa que esos frascos se rompan, puesto que Nuestro Señor se siente consolado y que, a pesar Suyo, el mundo se ve obligado a percibir los perfumes que de ellos se exhalan?
¡Oh, esos perfumes son muy necesarios para purificar la atmósfera malsana que respira!
Hasta pronto, hermanita querida.
He aquí tu barca cerca del puerto; el viento que la impulsa es un viento de amor, ¡y ese viento es más rápido que el relámpago!
Adiós, dentro de unos días estaremos reunidas en el Carmelo, ¡y luego allá arriba!
¿Acaso Jesús no dijo durante Su Pasión:
«Además, pronto verán al Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios y viniendo sobre las nubes del cielo»?
Entonces nuestras voces estaban mezcladas,
Nuestras manos encadenadas una a la otra;
Juntas, cantando las bodas sagradas.
Ya soñábamos con el Carmelo,
¡El Cielo!
Nuestras manos encadenadas una a la otra;
Juntas, cantando las bodas sagradas.
Ya soñábamos con el Carmelo,
¡El Cielo!