Catolicismo

Historia de un alma, parte 2, capítulo 8

¡Oh Jesús, cuando eras un viajero en la tierra, dijiste:
«Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas».
Poderoso Monarca de los Cielos, sí, mi alma encuentra descanso al verte revestido de la forma y la naturaleza de esclavo, rebajándote hasta lavar los pies de Tus apóstoles.
Entonces recuerdo aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad:
«Les he dado ejemplo, para que ustedes mismos hagan lo que Yo he hecho. El discípulo no es más grande que el Maestro… Si comprenden esto, serán felices al practicarlo».
Las comprendo, Señor, esas palabras que brotaron de Tu Corazón manso y humilde; quiero ponerlas en práctica con la ayuda de Tu gracia.
Quiero rebajarme humildemente y someter mi voluntad a la de mis hermanas, sin contradecirlas en nada y sin averiguar si tienen o no derecho a darme órdenes.
Nadie, oh Bienamado mío, tenía ese derecho sobre Ti y, sin embargo, obedeciste, no solo a la Santísima Virgen y a San José, sino también a Tus verdugos.
Ahora es en la Hostia donde Te veo llevar al colmo Tus anonadamientos.
¡Con qué humildad, oh divino Rey de gloria, Te sometes a todos Tus sacerdotes, sin hacer distinción alguna entre quienes Te aman y quienes, ¡ay!, son tibios o fríos en Tu servicio!
Ellos pueden adelantar o retrasar la hora del santo Sacrificio; Tú siempre estás dispuesto a descender del cielo cuando Te llaman.
¡Oh, Amado mío, bajo el velo de la blanca Hostia, qué dulce y humilde de corazón Te me muestras!
Para enseñarme la humildad, no puedes abajarte más; por eso quiero, para corresponder a Tu amor, ponerme en el último lugar, compartir Tus humillaciones, a fin de «tener parte Contigo» en el reino de los Cielos.
Te suplico, mi divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que intente elevarme por encima de los demás.
Pero, Señor, conoces mi debilidad; cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad y, por la noche, reconozco que he cometido todavía muchas faltas de orgullo.
Al ver esto, me siento tentada a desanimarme; pero sé que el desánimo también es orgullo; por eso quiero, Dios mío, fundar solo en Ti mi esperanza: puesto que Tú puedes todo, dígnate hacer nacer en mi alma la virtud que deseo.
Para obtener esta gracia de Tu infinita misericordia, Te repetiré a menudo:
«Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al Tuyo».

Fuente Thérèse de Lisieux, Histoire d’une âme (1898), fr.wikisource.org — traducción I Choose Peace desde el francés · Índice