1. J.-C. Hijo mío, diga en todas las cosas: Señor,
que así sea, si es Tu voluntad. Señor, que esto se
haga en Tu nombre, si Tú debes ser glorificado.
Si ves que esto me conviene, si juzgas que
me será útil, entonces dámelo, para que lo use
para Tu gloria.
Pero si sabes que me perjudicará, o no servirá
para la salvación de mi alma, aleja de mí este deseo.
Porque no todo deseo viene del Espíritu Santo, aun cuando
le parezca bueno y justo al hombre.
Es difícil discernir con certeza si es el espíritu
bueno o malo el que te impulsa a desear esto o aquello, o
incluso tu propio espíritu.
Al final se ha visto que muchos estaban engañados,
aunque al principio parecían guiados por el buen espíritu.
2. Así, todo lo que se presenta como deseable a tu espíritu,
debes desearlo siempre y pedirlo con
gran humildad de corazón, y sobre todo con plena
resignación, abandonándote a Mí sin reserva y diciendo:
Señor, Tú sabes qué es lo mejor; que esto o
aquello se haga como Tú quieras.
Da lo que quieras, tanto como quieras
y cuando quieras.
Haz de mí lo que Te plazca, según lo que
sabes que es bueno, y para Tu mayor gloria.
que así sea, si es Tu voluntad. Señor, que esto se
haga en Tu nombre, si Tú debes ser glorificado.
Si ves que esto me conviene, si juzgas que
me será útil, entonces dámelo, para que lo use
para Tu gloria.
Pero si sabes que me perjudicará, o no servirá
para la salvación de mi alma, aleja de mí este deseo.
Porque no todo deseo viene del Espíritu Santo, aun cuando
le parezca bueno y justo al hombre.
Es difícil discernir con certeza si es el espíritu
bueno o malo el que te impulsa a desear esto o aquello, o
incluso tu propio espíritu.
Al final se ha visto que muchos estaban engañados,
aunque al principio parecían guiados por el buen espíritu.
2. Así, todo lo que se presenta como deseable a tu espíritu,
debes desearlo siempre y pedirlo con
gran humildad de corazón, y sobre todo con plena
resignación, abandonándote a Mí sin reserva y diciendo:
Señor, Tú sabes qué es lo mejor; que esto o
aquello se haga como Tú quieras.
Da lo que quieras, tanto como quieras
y cuando quieras.
Haz de mí lo que Te plazca, según lo que
sabes que es bueno, y para Tu mayor gloria.
Colóqueme donde Usted quiera, y disponga absolutamente de mí en todas las cosas.
Estoy en Sus manos; vuélvame y revuélvame en todos los sentidos, a Su voluntad.
He aquí que estoy dispuesto a servirle en todo, pues no deseo vivir para mí, sino únicamente para Usted: ¡feliz si pudiera hacerlo digna y perfectamente!
3. El F. Concédame, oh buen Jesús, Su gracia; que esté en mí, que obre conmigo y que permanezca conmigo hasta el fin.
Haga que desee y quiera siempre lo que más Le agrada y lo que más ama.
Que Su voluntad sea la mía, y que mi voluntad siga siempre la Suya y nunca se aparte de ella en nada.
Que, unido a Usted, no quiera ni pueda querer sino lo que Usted quiere, y que lo mismo ocurra con lo que Usted no quiere.
Concédame morir a todo lo que pertenece al mundo y amar ser olvidado y despreciado por el siglo a causa de Usted.
Haga que descanse en Usted por encima de todo lo que se puede desear, y que mi corazón no busque su paz sino en Usted.
Usted es la verdadera paz del corazón, su único descanso: fuera de Usted, todo pesa e inquieta. En esta paz, es decir, en Usted solo, Dios eterno y soberano, dormiré y descansaré. Así sea.
Estoy en Sus manos; vuélvame y revuélvame en todos los sentidos, a Su voluntad.
He aquí que estoy dispuesto a servirle en todo, pues no deseo vivir para mí, sino únicamente para Usted: ¡feliz si pudiera hacerlo digna y perfectamente!
3. El F. Concédame, oh buen Jesús, Su gracia; que esté en mí, que obre conmigo y que permanezca conmigo hasta el fin.
Haga que desee y quiera siempre lo que más Le agrada y lo que más ama.
Que Su voluntad sea la mía, y que mi voluntad siga siempre la Suya y nunca se aparte de ella en nada.
Que, unido a Usted, no quiera ni pueda querer sino lo que Usted quiere, y que lo mismo ocurra con lo que Usted no quiere.
Concédame morir a todo lo que pertenece al mundo y amar ser olvidado y despreciado por el siglo a causa de Usted.
Haga que descanse en Usted por encima de todo lo que se puede desear, y que mi corazón no busque su paz sino en Usted.
Usted es la verdadera paz del corazón, su único descanso: fuera de Usted, todo pesa e inquieta. En esta paz, es decir, en Usted solo, Dios eterno y soberano, dormiré y descansaré. Así sea.
Nunca plenamente satisfecho de lo que es y de lo que posee,
cansado del vacío de su corazón, siempre inquieto, siempre aspirando a
no sé qué bien que siempre se le escapa, el hombre no tiene un momento
de verdadero reposo, y su vida transcurre entre deseos. Esto no es
solo una gran miseria, sino también un gran peligro;
pues la raíz de todos los males es la codicia, y muchos, al entregarse a ella, han perdido la fe y se han sumido en multitud de dolores. La imaginación, que, en este estado, se dirige con fuerza
hacia todo lo que la atrae, oscurece la razón, sacude y arrastra la
misma voluntad; y así debemos esforzarnos cuidadosamente por
reprimirla, incluso cuando los objetos que la ocupan parezcan
exentos de toda especie de mal, y creyéramos no buscar en
nuestros sueños sino un alivio permitido y una distracción inocente.
La piedad misma se extravía fácilmente, si no está en guardia contra
los deseos en apariencia más santos. No sabemos ni qué
nos es bueno, ni qué nos es perjudicial. A veces desearemos
ser librados de una cruz quizá necesaria para nuestra salvación; otras,
en un movimiento indiscreto de fervor, desearemos otra
bajo la cual nuestras fuerzas sucumbirían si nos fuera
impuesta. ¿Qué hacer, pues? Pedir a Dios que se haga Su voluntad
en nosotros y fuera de nosotros, conformar a ella la nuestra por
completo y encerrar en ella todos nuestros deseos. No encontraremos paz ni
seguridad sino en este perfecto abandono en manos de nuestro Padre.
Padre mío, no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres.
cansado del vacío de su corazón, siempre inquieto, siempre aspirando a
no sé qué bien que siempre se le escapa, el hombre no tiene un momento
de verdadero reposo, y su vida transcurre entre deseos. Esto no es
solo una gran miseria, sino también un gran peligro;
pues la raíz de todos los males es la codicia, y muchos, al entregarse a ella, han perdido la fe y se han sumido en multitud de dolores. La imaginación, que, en este estado, se dirige con fuerza
hacia todo lo que la atrae, oscurece la razón, sacude y arrastra la
misma voluntad; y así debemos esforzarnos cuidadosamente por
reprimirla, incluso cuando los objetos que la ocupan parezcan
exentos de toda especie de mal, y creyéramos no buscar en
nuestros sueños sino un alivio permitido y una distracción inocente.
La piedad misma se extravía fácilmente, si no está en guardia contra
los deseos en apariencia más santos. No sabemos ni qué
nos es bueno, ni qué nos es perjudicial. A veces desearemos
ser librados de una cruz quizá necesaria para nuestra salvación; otras,
en un movimiento indiscreto de fervor, desearemos otra
bajo la cual nuestras fuerzas sucumbirían si nos fuera
impuesta. ¿Qué hacer, pues? Pedir a Dios que se haga Su voluntad
en nosotros y fuera de nosotros, conformar a ella la nuestra por
completo y encerrar en ella todos nuestros deseos. No encontraremos paz ni
seguridad sino en este perfecto abandono en manos de nuestro Padre.
Padre mío, no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres.