1. En cuanto el hombre empieza a desear algo
desordenadamente, enseguida se inquieta en sí
mismo.
El soberbio y el avaro nunca tienen descanso; pero el pobre y el humilde de espíritu viven en la abundancia de la paz.
El hombre que aún no ha muerto perfectamente a sí mismo es muy pronto tentado; y sucumbe en las cosas más pequeñas.
Aquel cuyo espíritu aún es débil, agobiado por la
carne e inclinado hacia las cosas sensibles, tiene gran dificultad
para desprenderse por completo de los deseos terrenales.
Por eso, cuando se niega a satisfacerlos, a menudo
experimenta tristeza; y está dispuesto a la impaciencia
cuando se le resiste.
2. Pero si ha obtenido lo que codiciaba, enseguida el remordimiento de la conciencia pesa sobre él, porque ha seguido su
pasión, que de nada sirve para la paz que buscaba.
Es resistiendo a las pasiones, y no cediendo a ellas,
como se encuentra la verdadera paz del corazón.
No hay, pues, paz en el corazón del hombre carnal,
del hombre entregado a las cosas exteriores: la paz es el
patrimonio del hombre fervoroso y espiritual.
Un yugo pesado agobia a los hijos de Adán, fatigados sin descanso por las concupiscencias de la naturaleza corrompida. ¿Sucumben?
La tristeza, la turbación, la amargura y el remordimiento se apoderan enseguida
de su alma. «Todavía orgulloso en el fondo de la ignominia, inquieto
y cansado de mí mismo, dice San Agustín al contar los desórdenes de su juventud, me alejaba de Ti, ¡oh Dios mío!, por caminos todos sembrados de dolores estériles». Cuesta
más al hombre ceder a sus inclinaciones que vencerlas; y si
la lucha contra las pasiones es dura, una paz inefable es su
fruto. Invoquemos al Señor para que nos ayude en este santo combate;
no temamos el esfuerzo que exige, será breve: hoy, mañana;
¡y luego, el descanso eterno!
desordenadamente, enseguida se inquieta en sí
mismo.
El soberbio y el avaro nunca tienen descanso; pero el pobre y el humilde de espíritu viven en la abundancia de la paz.
El hombre que aún no ha muerto perfectamente a sí mismo es muy pronto tentado; y sucumbe en las cosas más pequeñas.
Aquel cuyo espíritu aún es débil, agobiado por la
carne e inclinado hacia las cosas sensibles, tiene gran dificultad
para desprenderse por completo de los deseos terrenales.
Por eso, cuando se niega a satisfacerlos, a menudo
experimenta tristeza; y está dispuesto a la impaciencia
cuando se le resiste.
2. Pero si ha obtenido lo que codiciaba, enseguida el remordimiento de la conciencia pesa sobre él, porque ha seguido su
pasión, que de nada sirve para la paz que buscaba.
Es resistiendo a las pasiones, y no cediendo a ellas,
como se encuentra la verdadera paz del corazón.
No hay, pues, paz en el corazón del hombre carnal,
del hombre entregado a las cosas exteriores: la paz es el
patrimonio del hombre fervoroso y espiritual.
Un yugo pesado agobia a los hijos de Adán, fatigados sin descanso por las concupiscencias de la naturaleza corrompida. ¿Sucumben?
La tristeza, la turbación, la amargura y el remordimiento se apoderan enseguida
de su alma. «Todavía orgulloso en el fondo de la ignominia, inquieto
y cansado de mí mismo, dice San Agustín al contar los desórdenes de su juventud, me alejaba de Ti, ¡oh Dios mío!, por caminos todos sembrados de dolores estériles». Cuesta
más al hombre ceder a sus inclinaciones que vencerlas; y si
la lucha contra las pasiones es dura, una paz inefable es su
fruto. Invoquemos al Señor para que nos ayude en este santo combate;
no temamos el esfuerzo que exige, será breve: hoy, mañana;
¡y luego, el descanso eterno!