1. Hay que buscar la verdad en la Sagrada Escritura, y
no la elocuencia.
Toda la Escritura debe leerse con el mismo espíritu que
la dictó.
Debemos buscar en ella la utilidad, más que la delicadeza
del lenguaje.
Debemos leer con igual gusto los libros sencillos y
piadosos que los libros profundos y sublimes.
No se prevenga contra el autor; sino que, sin preocuparse
de si tiene poca o mucha ciencia, el puro
amor a la verdad le impulse a leerlo.
Considere lo que se le dice, sin averiguar quién lo dice.
2. Los hombres pasan; pero la verdad del Señor permanece eternamente.
Dios nos habla de diversas maneras y por personas muy diversas.
En la lectura de la Sagrada Escritura, a menudo nos perjudica la curiosidad, pues queremos examinar y comprender cuando
deberíamos pasar adelante con sencillez.
Si quiere sacar fruto de ella, lea con humildad,
con sencillez, con fe; y no busque nunca
pasar por sabio.
Guste de preguntar; escuche en silencio las palabras de los
Santos y no desprecie las sentencias de los ancianos,
pues no se profieren en vano.
¿Qué comprende la razón? Casi nada; pero la fe abarca el infinito. Por tanto, quien cree está muy por encima de quien
razona, y la sencillez del corazón es muy preferible a la ciencia que
alimenta el orgullo. El deseo de saber fue lo que perdió al primer
hombre: buscaba la ciencia, encontró la muerte. Dios, que nos
habla en la Escritura, no quiso satisfacer nuestra vana curiosidad,
sino iluminarnos acerca de nuestros deberes, ejercitar nuestra fe, purificar y
nutrir nuestra alma mediante el amor a los verdaderos bienes, que están todos encerrados en Él. La humildad de espíritu es, pues, la disposición más
necesaria para leer con fruto los libros santos, y ya se ha
sacado mucho provecho al comprender cuánto están por encima de
nuestra razón débil y limitada.
no la elocuencia.
Toda la Escritura debe leerse con el mismo espíritu que
la dictó.
Debemos buscar en ella la utilidad, más que la delicadeza
del lenguaje.
Debemos leer con igual gusto los libros sencillos y
piadosos que los libros profundos y sublimes.
No se prevenga contra el autor; sino que, sin preocuparse
de si tiene poca o mucha ciencia, el puro
amor a la verdad le impulse a leerlo.
Considere lo que se le dice, sin averiguar quién lo dice.
2. Los hombres pasan; pero la verdad del Señor permanece eternamente.
Dios nos habla de diversas maneras y por personas muy diversas.
En la lectura de la Sagrada Escritura, a menudo nos perjudica la curiosidad, pues queremos examinar y comprender cuando
deberíamos pasar adelante con sencillez.
Si quiere sacar fruto de ella, lea con humildad,
con sencillez, con fe; y no busque nunca
pasar por sabio.
Guste de preguntar; escuche en silencio las palabras de los
Santos y no desprecie las sentencias de los ancianos,
pues no se profieren en vano.
¿Qué comprende la razón? Casi nada; pero la fe abarca el infinito. Por tanto, quien cree está muy por encima de quien
razona, y la sencillez del corazón es muy preferible a la ciencia que
alimenta el orgullo. El deseo de saber fue lo que perdió al primer
hombre: buscaba la ciencia, encontró la muerte. Dios, que nos
habla en la Escritura, no quiso satisfacer nuestra vana curiosidad,
sino iluminarnos acerca de nuestros deberes, ejercitar nuestra fe, purificar y
nutrir nuestra alma mediante el amor a los verdaderos bienes, que están todos encerrados en Él. La humildad de espíritu es, pues, la disposición más
necesaria para leer con fruto los libros santos, y ya se ha
sacado mucho provecho al comprender cuánto están por encima de
nuestra razón débil y limitada.