1. No hay que creer toda palabra ni obedecer todo
movimiento interior, sino sopesar cada cosa según Dios,
con prudencia y con detenida atención.
¡Ay! creemos y decimos más fácilmente el mal que el bien
de los demás, ¡tan débiles somos!
Pero los perfectos no dan fácilmente crédito a todo lo
que oyen, porque conocen la debilidad del
hombre, inclinado al mal y ligero en sus palabras.
2. Es gran sabiduría no obrar con
precipitación ni aferrarse obstinadamente al propio parecer.
También es sabiduría no creer indistintamente todo lo que dicen los hombres; y no ir enseguida a contar a los demás lo que se ha oído
o creído.
Pida consejo a un hombre sabio y de conciencia; y déjese guiar por otro que valga más que usted,
en vez de seguir sus propios pensamientos.
Una buena vida hace al hombre sabio según Dios y le
da gran experiencia.
Cuanto más humilde y sumiso a Dios sea uno, más sabiduría y paz tendrá en todas las cosas.
Puesto que Dios debe ser el fin último de nuestras acciones y de nuestros
deseos, es necesario que, al obrar, evitemos abandonarnos a los impulsos precipitados de la naturaleza, cuya inclinación es
referirlo todo a sí misma. Y como nadie se conoce a sí mismo ni
puede, por consiguiente, ser su propio guía, la sabiduría quiere que no
arriesguemos ningún paso de cierta importancia antes de haber
pedido consejo, con espíritu de sumisión y humildad. Esta justa desconfianza de uno mismo previene las caídas y purifica el corazón. El consejo te guardará, dice la Escritura, y te apartará del mal camino.
movimiento interior, sino sopesar cada cosa según Dios,
con prudencia y con detenida atención.
¡Ay! creemos y decimos más fácilmente el mal que el bien
de los demás, ¡tan débiles somos!
Pero los perfectos no dan fácilmente crédito a todo lo
que oyen, porque conocen la debilidad del
hombre, inclinado al mal y ligero en sus palabras.
2. Es gran sabiduría no obrar con
precipitación ni aferrarse obstinadamente al propio parecer.
También es sabiduría no creer indistintamente todo lo que dicen los hombres; y no ir enseguida a contar a los demás lo que se ha oído
o creído.
Pida consejo a un hombre sabio y de conciencia; y déjese guiar por otro que valga más que usted,
en vez de seguir sus propios pensamientos.
Una buena vida hace al hombre sabio según Dios y le
da gran experiencia.
Cuanto más humilde y sumiso a Dios sea uno, más sabiduría y paz tendrá en todas las cosas.
Puesto que Dios debe ser el fin último de nuestras acciones y de nuestros
deseos, es necesario que, al obrar, evitemos abandonarnos a los impulsos precipitados de la naturaleza, cuya inclinación es
referirlo todo a sí misma. Y como nadie se conoce a sí mismo ni
puede, por consiguiente, ser su propio guía, la sabiduría quiere que no
arriesguemos ningún paso de cierta importancia antes de haber
pedido consejo, con espíritu de sumisión y humildad. Esta justa desconfianza de uno mismo previene las caídas y purifica el corazón. El consejo te guardará, dice la Escritura, y te apartará del mal camino.